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UN PANORAMA DESOLADOR

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28/08/2020

El dolor de ya no ser… la calle Mitre, cuesta abajo

El dolor de ya no ser… la calle Mitre, cuesta abajo
El dolor de ya no ser… la calle Mitre, cuesta abajo

 

Pararse donde están ubicadas las arcadas del Centro Cívico, y echar un vistazo hacia la calle Mitre, puede ser un ejercicio traumático… Es mediodía, en una jornada laborable, y se ve… casi, casi, la nada misma.

En vez del bullicio de conversaciones enredadas de otros tiempos, solo resaltan los “¡cambio-cambio!”, emitidos por los arbolitos, que, muchas veces, a través de su actividad (ilegal, pero aceptada), son los que aportan algo de vida en una arteria a la que le cuesta trasladar la sangre suficiente como para mantenerse con vida.

Ellos, los que intercambian pesos por moneda extranjera -o a la inversa-, incluso, suelen ser clientes de los comerciantes de la zona. Que tomar un cafecito acá, comer algo más allá… Al estar gran parte del día parados, en la vereda, se manejan con los locales del lugar; incluso, con los vendedores ambulantes que suelen atravesar Mitre.

Es el caso de Flor Villarreal y Nahuel Rubio, que salen a patear la calle cada dos días, con su oferta gastronómica a cuestas, que consiste en sándwiches de milanesa de pollo en distintas variedades: primaveral y napolitano (planean, pronto, sacar el provoleta).

Son amigos, y, ante la necesidad económica, buscaron una salida a través de este trabajo.

Les va bien. El precio de cada sándwich es de doscientos pesos, y suelen vender más de diez por día.

“Es un producto económico, hecho con amor y dedicación”, define Nahuel.

Su clientela está conformada por los jóvenes cobradores y fiscalizadores del estacionamiento medido, algunos empleados de los comercios de la zona, gente que camina por Mitre y les consulta qué venden… y, claro, los arbolitos, quienes, también, suelen ser consumidores del café que ofrecen algunos vendedores que deambulan con sus carritos personalizados.

Los cambiadores de dinero, que por estos días, con mínimas variantes, manejan las puntas de compra y venta de dólar en ciento veintisiete y ciento treinta y dos pesos (en ambos casos, cinco pesos menos que en Buenos Aires), viven también una “crisis”, ya que los mayoristas con los que trabajan solo les ofrecen un peso más por dólar recibido. La ganancia de verdad la obtienen cuando venden a clientes a los que pueden subirle el valor.

Un arbolito cuenta que la gente se acerca bastante, por lo que la actividad siempre está “viva”, y, aunque llegan interesados tanto en la adquisición como en la venta, observa que son más los que arriban para vender, porque necesitan liquidez en pesos para abonar algunas cosas.

“Te pelean el precio, pero cada uno tiene un límite… Si no, te quedás sin ganancia”, comenta.

Cita, además, a aquellos que buscan conseguir una pequeña diferencia al comprar los pocos dólares permitidos en el banco, para luego cambiarlos, con ellos, por unos pesos más.

Ante los rumores de futuras restricciones, más estrictas que las existentes, en lo referido a la compra del dólar oficial, el arbolito opina: “Eso nos va a favorecer, porque, al poner límites el banco, la gente va a comprar afuera; además, las entidades bancarias hacen seguimientos de las actividades… El Nación canceló treinta y cinco mil cuentas, porque notó que hacían operaciones de dólares en varias y, después, depositaban todo en una”.

Tristeza

Más allá de la presencia de los arbolitos, la calle Mitre respira tristeza.

Llegan recuerdos de épocas “normales”, cuando se dificultaba caminar, porque los visitantes se acumulaban, y los trabajadores de los comercios transportaban mercadería de una sucursal a otra. En ese entonces, la persona que tenía que hacer un trámite bancario aprovechaba para tomarse un cafecito en algún local, o bien en la vereda, porque lo compraba a un vendedor ambulante, que ofrecía una bebida caliente para generar “vaporcito” al ingerirla, ahí nomás, de parada, mientras se veía una vidriera, y se hacían cálculos mentales acerca de cómo hacer para regular el sueldo y que alcanzara para comprar ese regalo que el ser querido tanto añoraba…

Claro, en aquellos tiempos, los barbijos eran algo que, mayormente, utilizaba el personal médico, y solo en algunas ocasiones.

Ahora, que la pandemia puso todo patas arriba, caminar por la arteria provoca cierta pena.

De entrada, nomás, tras dejar atrás el Centro Cívico, se ven locales gastronómicos cerrados.

Y, enseguida, en uno de los lados, se observa la chocolatería El Arrayán, que, en realidad, ya no vende chocolates… Ante la necesidad de reinventarse, pasó a ser un “almacén natural”, donde se ofrecen cereales, frutos secos, especias, tés…

“Desde que reabrimos, en agosto, no se ve movimiento. Solo las personas de la zona, los vecinos, compran algo”, señala Marcela Calfuquir, empleada y amiga de la propietaria.
Para poder cumplir con los gastos generados por el local (impuestos y demás), durante el tiempo que permanecieron con las puertas cerradas, se dedicaron a la pastelería, y ellas mismas vendían tortas y otros productos vía online, o salían a la calle para ofrecerlos.

Unos pasos más allá se ve el hotel Flamingo, que, en vez de turistas, en la actualidad, aloja a personas aisladas a partir del COVID-19.

Frena una camioneta de Protección Civil; baja Jorge Aguilera, para dejar, en el hospedaje, alimentos provenientes del Hospital Zonal.

Cumple con su tarea y parte raudo a su próximo destino, donde continuará con el reparto de comida.
Mientras, desde el local de fotografía de “Capacho” Porcel de Peralta, el hombre, con sesenta y ocho años de experiencia en el rubro, mira el panorama desolador y dice: “La situación causa tristeza y angustia”.

“Al estar tanto tiempo acá, hemos pasado de todo… cenizas volcánicas, revoluciones… pero algo como esto, nunca”, asevera.

Afirma que, a nivel comercial, concurrir a trabajar no le conviene, que es casi un capricho insistir en la apertura del comercio: “Pero… ¿qué voy a hacer? ¿Quedarme en mi casa? ¡No! Algo quiero defender, no puedo tirar por la borda el trabajo de toda una vida”, sentencia.

Como los fotógrafos relacionados al turismo, a partir de la cuarentena, vieron frenada su labor, Porcel de Peralta sufrió, como un eslabón más de la cadena, el penar económico.

“Somos los que hacemos los trabajos fotográficos con los laboratorios, y, como nadie trabaja, nos quedamos sin actividad. Estoy en el límite, no sé si podré resistir, de esta manera, tres meses más”, indica.

Luego, vuelve a mirar hacia afuera y concluye: “La Mitre está como un cementerio un lunes a las ocho de la mañana”.

El costo de reinventarse

Para no ser parte del listado de locales cerrados y tapiados, Matilde Pacheco decidió darle una vuelta de tuerca a “Mimos y regalos”, que siempre estuvo dedicado a la venta de artículos regionales destinados a los turistas. Ante el panorama oscuro, se le ocurrió vender productos de limpieza. Tampoco es que tenga gran cantidad de cosas en ese rubro, solo posee un par de estantes donde se ubican elementos como líquidos desinfectantes.

Pero, aunque parezca increíble, para poder vender esas pocas cosas, con las que, con suerte, puede llegar a hacer una caja de quinientos pesos diarios, la señora tuvo que sacar una nueva habilitación, que le costó dieciocho mil pesos…

En el pasado, también tenía ropa de nieve que alquilaba a los turistas, pero este año decidió ponerla a la venta, y esos pocos ingresos ayudaron a que pudiera abonarle a sus dos empleadas.

Los impuestos también la acorralan, y, si bien el dueño del local, debido a la situación, está dándole tiempo para que regularice el pago del alquiler, Matilde, al pensar en el futuro, cuando tenga que desembolsar el dinero para pagar las deudas que se le están acumulando, se queda con la vista en blanco…
“La Mitre está fundida”, sostiene.

Desolación

Los que se dedican al rubro gastronómico, no son la excepción a la regla generalizada. Más allá de los restaurantes, que parecen postales angustiantes, aquellos sitios que ofrecen comida para llevar tampoco la pasan mejor. En un negocio de una franquicia de venta de empanadas, Lucas comenta que “todo está tranquilo… demasiado”. Hay pedidos para llevar, a través de una empresa de delivery online, y algunas compras que realizan vecinos de la zona… pero siempre se habla de números reducidos.
Incluso retiraron la oferta que tenían en lo que hace a sandwichería; dejaron solo pizzas y empanadas.

Mitre parece pasar un momento de gravedad, se mire por donde se la mire.
Varios comerciantes señalan que, al no poder estacionar sobre la arteria, la posibilidad de que la gente se acerque a sus negocios disminuye en forma notoria.

Además, quienes aparcan en las cercanías están obligados a pagar el estacionamiento medido, así que las personas tratan de evitar tener que dejar su auto en la zona.
Si los barilochenses, mayormente, siempre vieron a Mitre como un sendero de turistas, que se recorría como paseo o en una salida gastronómica, ahora ya casi ni le echan una mirada…

Las galerías son una clara muestra de los estragos que acarrea la pandemia. La otrora destacada Galería del Sol muestra una cara de pesadumbre, con locales cerrados, y una cafetería que suele trabajar con apenas cinco mesas ocupadas en todo el día. Así lo atestigua Brian Schulmeister, que está desde las 13 a las 19. El muchacho, al referirse a la poca gente que deambula, lo que también conlleva aburrimiento, afirma: “Lo más divertido que tengo para hacer es limpiar y desinfectar”.

 

Por Christian Masello Fotos: Facundo Pardo

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