Editorial
30/06/2019

La lógica mercantilista se lleva por delante el agua

La relación entre agua y alimentación es más que estrecha. Si escaseara el bien común, al que también llaman “recurso natural” desde una perspectiva estrictamente económica, es muy probable que repercuta en la producción de alimentos. Al parecer, no existe conciencia sobre el carácter íntimo del vínculo porque la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) llama la atención sobre la problemática.

Más del 70 por ciento del agua que se consume en el planeta se invierte en la producción rural. El problema radica en que, según se estima, el agua disponible para la agricultura sufrirá una merma del 40 por ciento hacia 2050.

Tan preocupante pronóstico se elaboró a partir de estadísticas que están en poder de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un ámbito que no puede acusarse de fundamentalista de la ecología...

La disponibilidad de agua potable exhibe una tendencia similar a la que experimenta el “recurso natural” tierra. No es que falte, pero su distribución tiene mucho que ver con la inequidad. La situación se agudiza cuando sale a la luz que, en un número creciente de países o bien en algunas regiones, se profundiza la escasez de agua. Para la FAO, son especialmente vulnerables las áreas costeras, la cuenca del Mediterráneo, los países del norte de África y de Asia Central. Esos sitios deberían considerarse prioridad a la hora de intentar la promoción de la productividad agrícola, a través de nuevas metodologías de manejo del agua.

La problemática encierra varias facetas. Para los expertos, resulta obvio que, en ecosistemas como los desiertos, no es posible la producción sustantiva de alimentos. Pero como caracterizan al agua como un recurso renovable, estiman que el ciclo hidrológico siempre continuará. El asunto es que cada vez se torna más difícil, costoso y peligroso desviar agua de ríos o lagos, por no hablar de su extracción desde reservas subterráneas.

En forma simultánea y a raíz del ritmo que adquirió el crecimiento económico en términos globales, se incrementa la demanda de agua por habitante. Es que hace falta para producir prácticamente todo aquello que el humano supone necesitar. Por ejemplo, para producir una hamburguesa promedio, es decir, dos rodajas de pan, carne, tomate, lechuga, cebolla y queso, se requieren 2.839 litros de agua.

¿Parece mucho? Pues bien, para una taza de café hacen falta 140 litros y para un huevo, 135. Cuando ingerimos un plato de arroz con carne y verduras, estaría bueno que tuviéramos presente que hicieron falta 4.230 litros para su producción. En los países del norte industrializado, para que un bife relativamente grueso pueda llegar al plato, se requieren nada más y nada menos que siete mil litros de agua.

El problema es político. La agricultura que funciona a partir de la irrigación es la que mayor extracción de agua requiere. En consecuencia, es posible prevenir la anunciada escasez si se modifican las prácticas agrícolas industrializadas, con una modificación de los tipos de cultivo, la incorporación de otros métodos de riego y un criterio restrictivo en la fijación de tarifas para incidir en la demanda. Desde ya, si los gobiernos no toman nota de la problemática, difícilmente puedan actuar.

Para garantizar la seguridad del agua, se necesita una correcta administración de los recursos y de infraestructuras para su provisión, como bombas, cañerías y tanques de reserva. Es que la escasez del elemento vital ya es una realidad para más de 760 millones de personas. Y como decíamos, lejos de su reversión, la tendencia es creciente. Para afrontar la crisis en el suministro, sería necesario presionar sobre la demanda en las áreas donde el consumo es más elevado para extender la oferta en los sitios donde se presentan dificultades de acceso.

Si el agua escasea, la producción de alimentos no podrá permanecer impasible. Además, no hay que olvidar que, con la creciente urbanización, tanto la industria como los hogares requieren de agua adicional. La escasez no solo avanza porque el volumen global de agua se redujo sino también porque la demanda asciende. Como bien sabemos, en Río Negro, el patrón de precipitaciones se tornará cada vez más azaroso y difícil de predecir.

La incertidumbre y los riesgos aumentarán aún más para los agricultores y ganaderos. Por otro lado, ya sabemos que las sequías e inundaciones tienden a convertirse en más frecuentes e intensas. El aumento global de la temperatura acelera la evaporación del agua, hecho que también complica a los agricultores. Estamos entonces frente a otra faceta del problema que siempre denunciamos: la manera predominante de entender la economía ya no tiene que ver con la satisfacción de las necesidades humanas, sino con una lógica propia que, además, es perversa.

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