Editorial
10/06/2019

Eterna será la vergüenza para los fusiladores de Dorrego

Un día como hoy pero de 1787, lloraba por primera vez quien fue bautizado como Manuel Dorrego. Llegó al mundo como hijo de portugueses pero en Buenos Aires, situación relativamente difícil de acomodar, incomodidad que sería una constante en toda su existencia. Porque “Dorrego, entonces, es apenas el cruce de dos paralelas. Liberal, pero nacionalista. Federal, pero ilustrado. Porteño, pero federal. Ilustrado, pero popular. Nacional y popular, pero democrático y republicano. Nacionalista y localista, pero profundamente americanista, bolivariano y sanmartiniano. Por eso no encaja en los moldes de las líneas históricas”.

La precedente es la descripción que arriesga Hernán Brienza en “El loco Dorrego”. En el epílogo, intenta explicar por qué la figura del malogrado gobernador de Buenos Aires no era hasta hace poco reivindicada por ninguna de las dos grandes vertientes de la historiografía argentina, es decir, la liberal y la revisionista. “No encaja”, dice.

Dorrego se consagró como héroe en las batallas de Tucumán y Salta y murió durante un hecho de sangre tremendo que todavía no encuentra justificación, cuando el 13 de diciembre de 1828, Juan Lavalle -otro guerrero de la Independencia- ordenó su fusilamiento en el curso de un golpe de Estado. Esa vía de facto permitió que poco más tarde, Rosas se mostrara ante el resto de las provincias como Restaurador de las Leyes.

Según algunas interpretaciones, con ese fusilamiento se inauguró el prolongado ciclo de la violencia política que caracterizó a la Argentina durante el siglo XIX. En verdad, a nosotros nos parece que se entronca con la muerte de Mariano Moreno, la traición que hizo blanco en José Artigas y el pueblo oriental, la prisión de Castelli y muchos otros hechos lamentables que comenzaron a desatarse en las mismas jornadas de mayo de 1810.

Los sucesos de Navarro son poco conocidos y menos divulgados. Fue allí donde se sesgó la vida del gobernador de Buenos Aires, en el marco de una interrupción del orden constituido. Esa modalidad se tornó en costumbre y se instaló en el país, como bien sabemos, durante todo el siglo XX. En efecto, suele suponerse que el primer golpe de Estado que recuerda la Argentina tuvo lugar el 6 de septiembre de 1930, cuando los cadetes del Colegio Militar y grupos civiles desalojaron a Hipólito Yrigoyen. Pero la verdad es que ya en los tiempos del Triunvirato se había vulnerado la formalidad institucional. El fusilamiento de Dorrego se inscribió en unos de esos movimientos, en los cuales una minoría no trepidó en vulnerar la legalidad con tal de defender intereses de sector.

Suponían los verdugos que con su muerte, pondrían fin a la utopía federal y republicana que buena parte de los porteños siempre detestó, junto a representantes de varias de las aristocracias provinciales. Recordemos que ya desde mayo, Mariano Moreno y sus compañeros abogaron por una organización republicana y federal sobre bases democráticas y sufragio universal.

Pero para Rivadavia, Agüero, Del Carril, Martín Rodríguez y el propio Lavalle, quienes así pensaban eran los resabios del “barbarismo” criollo. Eran ellos los portadores de la civilización. Así, quienes antaño habían sido guerreros de la Independencia trabajaron para establecer un nuevo sistema que no admitía una distribución espacial del poder entre todas las Provincias Unidas. Buenos Aires sería mandamás.

Dorrego era porteño y por eso más peligroso. Se había alistado en las tropas patriotas para enfrentar a los realistas y participó en el Ejército del Norte. Se ganó sus jinetas de coronel en el campo de batalla, no en las aulas, como se estableció después de la presidencia de Sarmiento. Dicen que Belgrano afirmaba que si Dorrego hubiera participado en Vilcapugio y Ayohúma, otra hubiera sido la suerte de las armas.

Con la vocación americanista que caracterizó a muchos de los militantes de la causa federal, como Artigas o Felipe Varela, Dorrego no se contentó con llevar la lucha fronteras adentro del antiguo virreinato. Antes de ponerse a las órdenes de Belgrano colaboró con los patriotas chilenos y cuando las vicisitudes internas de las Provincias Unidas del Río de la Plata lo obligaron a marchar a Estados Unidos, se sumó a los colombianos que tomaron por asalto la isla Margarita, dentro de la estrategia bolivariana de emancipación.

En febrero de 1826 desembarcó en Colonia con los 33 Orientales, a la par de su amigo Lavalleja. La idea, recuperar esa porción del territorio que había sido usurpada por el imperio brasileño. Porque una vez más, su ideario republicano no admitía que una parte de las Provincias Unidas quedara bajo la égida de una monarquía. Triste destino entonces el de un hombre que se había jugado el cuero en tantas partidas contra el enemigo... ¡Morir fusilado por las armas propias! Eterna será la vergüenza para sus ejecutores.

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