Cultura
02/03/2019

Aunque en silencio, hubo galeses que se opusieron a la Conquista del Desierto

Aunque en silencio, hubo galeses que se opusieron a la Conquista del Desierto
Abraham Matthews.

Gracias al testimonio escrito que dejaron tres pastores y otros integrantes de las colonias, es posible reconstruir los sentimientos que albergaron al producirse la llegada del Ejército Argentino.

Al menos para algunos de los colonos galeses que poblaron las zonas litorales del Chubut, la Conquista del Desierto “fue algo condenable y sin justificativos casi sin excepción”. Como se sabe, los inmigrantes que llegaron de allende el mar establecieron una relación de cercanía con los gününa küna o tehuelches del norte, con quienes lograron convivir en relativa armonía. Ante sus ojos, la irrupción de las tropas argentinas resultó no sólo innecesaria, también execrable.

Así se desprende de la lectura del trabajo “La conquista espiritual: el aporte protestante”, que elaboró Arnoldo Canclini en ocasión de llevarse a cabo el Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto, que tuvo lugar en General Roca entre el 6 y el 10 de noviembre de 1979. Canclini se detuvo en varios tópicos, como la “pacificación” de los canales fueguinos y la actuación de los galeses del Chubut.

El historiador consultó fuentes bibliográficas valiosas. “Aparte de la (información) que se tiene en elementos aislados, contamos con cinco calificados testigos, que nos han dejado hermosas obras. Tres de ellos son pastores: Abraham Matthews, William Hughes y William Casnodyn Rhys (inédito). Los otros son el fundador, Lewis Jones, y su hija menor Eluned Morgan, que demuestra profunda piedad y que la adjudica a su padre, quien hace más bien una obra documental”.

En esos trabajos, subyace una “opinión sobre la campaña militar”, según apuntaba Canclini. “Para el espíritu pacífico y casi místico de los colonos, que consideraban que Dios les había protegido de los salvajes al demostrarles amor, la campaña militar fue algo condenable y sin justificativos casi sin excepción. Ya hemos visto que hay una voz algo distinta en Hughes, que era el único que parecía entender el punto esencial de la diferencia entre los araucanos, objetivo principal de los ataques, y los tehuelches, con quien ellos tenían verdadero contacto”.

Con cierta culpa, el autor del trabajo sostenía que “naturalmente, no podemos negar que, como en toda guerra, debe haber habido numerosos episodios de excesos, inclusive con gente amiga. Veamos qué nos dicen los distintos autores. Muy vehemente es el pastor Rhys, en una conferencia en 1902, naturalmente en Gales, donde ya se había retirado. Cuenta episodios según los cuales los indios amigos se interpusieron salvándoles de un ataque”.

Simpatía silenciosa

Así vio las cosas el pastor Rhys: “Hace algunos años, bajo el pretexto de limpiar para la colonización el fondo del país, se hizo un raid contra estos pobres inofensivos hijos de la naturaleza y muchas tribus fueron borradas de la existencia. Los argentinos dejaron sueltos los perros de la guerra contra ellos; muchos fueron muertos y el resto –hombres, mujeres y niños- fueron deportados por mar; el hombre a las plantaciones de azúcar de Tucumán y las mujeres y niños, al abrumamiento (sic) de las ciudades”.

Según el galés, aquellos “fueron días terribles para la colonia, porque nuestras simpatías estaban con los indios, pero no nos atrevíamos a decir una palabra en su favor. Algunos de los más bravos pelearon hasta el fin, prefiriendo la muerte al cautiverio. Entre éstos, estaba el hijo de un jefe bien amado por los galeses. Tenía un hermoso físico de más de seis pies de altura, abstinente total y con mucha influencia sobre su tribu. Lo conocíamos como ‘Y brawd mawr’. Bravo y sin temor hasta el fin, cayó en batalla, luchando en defensa de su hogar y pueblo”.

Canclini comentaba que, según Rhys, “nunca hubo una política más insensata y corta de vista que la de tratar de hacer avanzar la civilización por la implacable destrucción de los aborígenes”. Desafortunadamente, aquella simpatía no pudo expresarse. En tanto y por su parte, Matthews también le consagró unas líneas al despojo territorial que sufrieron las comunidades indígenas libres de Patagonia.

Según el pastor, “a medida que triunfaba nuestra colonia sobre el río Chubut, la Patagonia como región se hacía cada vez más conocida y el gobierno comprendió que no estaba lejano el día en que hubiera demanda por sus tierras y para darles más valor resolvió liberarlas del indio. Los criollos le tienen más miedo al indio que los galeses y este temor había surgido, sin duda, de los crueles ataques realizados en el pasado por indios en distintas partes del país. La crueldad de los españoles con los aborígenes de América del Sur era proverbial, y era por lo tanto natural que los indios se vengaran de ellos cada vez que se les presentara la oportunidad”.

Matthews afirmaba que “los galeses habíamos sido, al contrario, caritativos con los indios desde el principio y habíamos ganado su confianza y su buena voluntad. Lo cierto es que el gobierno argentino envió, desde Buenos Aires, un ejército, que pasó por Bahía Blanca y Río Negro y luego a lo largo de toda la cordillera hasta Santa Cruz, capturando y trasladando todos los indios que se entregaban, y matando a los que se resistían, excepto un número pequeño que logró esquivarles y huir”.

Por su parte y siempre según la reproducción de Canclini, Jones enfocaba así el tema: “Cuando se vio el fracaso en el malecón de Alsina y el considerable aumento de muertos y cautivos, el general Roca, entonces ministro de guerra, resolvió realizar una expedición militar general hacia las guaridas de los aborígenes y capturarlos o exterminarlos. La historia de esta campaña militar es un galardón en la carrera del general. Pero penoso es hollar así a pueblos que luchan por su libertad. En esta extensa barrida, quedó comprendida la mayor parte del territorio de la Colonia, y por mero accidente, muchos de los viejos aborígenes más inocuos cayeron en poder de los militares.

Al recoger esa red, fueron capturados indios de diverso origen, que habían logrado evitar la primera gran partida, huyendo a los confines más lejanos, donde se refugiaron los viejos conocidos de la colonia, con la idea de que se hallaban bien seguros”. Visión enriquecedora.

El testimonio de una mujer

Eluned Morgan, hija de Lewis Jones, fue un poco más allá en sus recuerdos. “Los ilustres senadores de la Argentina juzgaban que el único camino para obtener el desarrollo y el progreso de la Patagonia era eliminar a los antiguos nativos y a ello tendía la gran campaña que se realizaba en aquel tiempo de los cuatro mozos (1833). La caza había sido tremenda y el trato que les daban los soldados a los cautivos era tan inenarrablemente cruel que los pobres indios se tiraban por centenares montaña abajo a los lagos y ríos antes de caer en manos de tan horrendos enemigos. Los pocos centenares que lograron eludir a los soldados estaban refugiados en las montañas, enloquecidos por el miedo, todas sus facultades poseídas por el demonio, y todos los corazones repletos de un sólo deseo: el de vengar la sangre de sus seres queridos. ¿Y qué galés podrá culparlos por ello?”.

La mujer añadía: “Es inmensamente triste el pensar que a antiguas razas tan pacíficas, tan mansas, de fuertes facultades, sanos de cuerpo y alma, de tan antiguo origen, de tan encantadora historia, el hombre blanco con su cristianismo y su maldita bebida asola y destruye cual fuego arrasador por donde quiera que vaya. ¿Acaso es necesario que ello sea? Es la pregunta que ha atravesado mi corazón cien veces al meditar sobre la suerte de los nativos nómades de todo el país: los pieles rojas de Norte América, los maoríes llenos de encantos de Oceanía y los antiguos amigos de mi niñez en Sud América. La conquista española no ha sido peor que la del yanqui o la del inglés en esta cuestión, porque ambos son culpables de buscar el exterminio de los nativos y de las pequeñas naciones, pero ¿de qué manera se puede conciliar sus acciones con la doctrina del Nuevo Testamento? Es un tema demasiado difícil para que me anime a tocarlo. Pero el dolor y la tristeza ha penetrado en los más hondo de mi corazón mil veces al viajar a través de las limpias y silenciosas extensiones en la tranquilidad de la noche a la blanca luz de la luna”.

Según Morgan, “cuando el gobierno comenzó a perseguir a los viejos nativos en 1880, la colonia apeló a su favor repetidas veces, mas fue en vano todo intento de suavizar algo el férreo veredicto de los gobernantes.

Centenares fueron muertos en la guerra injusta y desigual, centenares más fueron llevados prisioneros a la ciudad de Buenos Aires y repartidos como esclavos entre las grandes ciudades”. No hacen falta más palabras.

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