Columnistas
23/02/2019

EMOCIONES ENCONTRADAS: La tapera

EMOCIONES ENCONTRADAS: La tapera

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Américo, andate para Las Cortaderas a buscar el doradillo”, le dijo el patrón de paso hacia la casa, viéndolo entrar al galpón de peones. “Bueno patrón”, le contestó. Miró de soslayo al cielo y lo vio gris. Recién estaba aclarando pero la poca luz reinante de esa mañana de julio dejaba ver ese aspecto inconfundible de la nieve cercana.

- ¿Vendrá nieve, che? – dijo al entrar, soltando la pregunta a todos los peones reunidos en rueda, alrededor del fuego.
- Ganas tiene – contestó Orencio, mirando también hacia afuera. - ¿Te vas a buscar al padrillo? – concluyó.
- Sí. Si salgo ahora pa ´la nochecita estoy de vuelta – dijo Américo, apurando el último mate que le alcanzaron.
- ¡Américo, si nieva alojá allá y volvé cuando aclare! – le gritó el patrón desde el alero de la casa.

Salió bien aperado, con su poncho y bastante abrigo. Siguió el cauce del río. En el bajo, tomó hacia la izquierda rumbo a Las Cortaderas, la estancia desde donde debía regresar con el padrillo que le había ordenado buscar su patrón. Con suerte, allá abajo no nevaría, capaz que era sólo en lo alto. Sacó la tabaquera y el papel, armó un cigarro y lo saboreó mientras marchaba. Cerca del mediodía, llegó a Las Cortaderas. Lo estaba esperando el capataz, quien lo recibió y guió hasta el corral donde estaba aquel padrillo atado, esperándolo. Era un doradillo plantado, que lo miraba altanero, desconfiado.

- Comé algo y largáte de vuelta – le dijo el hombre.

Antes de entrar a la cocina, Américo vio caer del cielo algunas plumitas que presagiaban la nevada.

- Va a tener que peludiar, cumpa – le dijo el cocinero, alcanzándole un plato de guiso humeante.
- No ha de ser tanta, che – contestó Américo.

Entró el capataz, seguido por un hombre.

Este es Catrileo, llegó de Quetrequile. Le dije que te acompañe. Anda de paso; por ahí, tu patrón tiene algún conchabo para él – dijo.

Cuando salieron para el corral ya la nieve caía uniforme y empezaba a blanquear. No se veía muy tupida, pero estaba helando. Américo miró el cielo evaluando la situación, le pareció que no iba a cargar mucho más y le daría tiempo a llegar. Salieron.

Los dos hombres marchaban a la par, dejando al padrillo entre ellos, tomándolo de la rienda. A un par de horas de andar, Américo se dio cuenta de que había sido un error salir, cada vez nevaba con mayor intensidad y ya comenzaba a juntarse. No se veía mucho hacia adelante. Al tranco, fueron acercándose a los cerros. Debían bordearlos y luego internarse por el valle hasta encontrar el río; de ahí, subir hasta la estancia. Poco a poco, algunos árboles cerraban la huella, apenas se la veía, por la nieve que se iba acumulando. Américo le ordenó a Catrileo que marchara por detrás del padrillo, que lo hicieran en hilera. Él hacía punta, con el mentón apoyado contra el pecho para que el sombrero haga frente a la nieve. Llevaba una mano en la rienda y la otra bajo el poncho, turnándolas para apaciguar el frío que las entumecían. No sentía la cara y ya sus piernas comenzaban a humedecerse debajo de la bombacha y el calzoncillo largo. Le habló un par de veces a su acompañante pero no le contestó. Detuvo la marcha debajo de un ñire, que lucía sus ramas cargadas de nieve, una de ellas se había quebrado por el peso. Miró su reloj, eran casi las seis, en un rato más comenzaría a oscurecer. La marcha lenta los había demorado y los encontraría la noche.

- ¿Cómo viene, compañero? – dijo, acercándose a Catrileo, que estaba quieto.
- Está bravo, eh – contestó aquel hombre con la voz apenas perceptible y entrecortada, tiritando por el frío.

Le pidió que descendiera del caballo y caminara un poco. Así lo hizo, pero comprobó que lo hacía torpemente. Estaba muy entumido. Américo, mientras daba pequeños saltos y movía los hombros y brazos, miró alrededor. No estaba muy seguro de dónde se hallaban. Sabía que, si mantenía los cerros a su izquierda, llegaría al río y ahí se iba a ubicar, pero no podía calcular a cuánto estaban y la noche se acercaba. Además de todo ello, veía que su compañero estaba realmente muy desmejorado por el frío. Se acordó de una tapera que había visto en el camino de ida, pero vaya a saber dónde estaba. Volvieron a montar y retomaron la marcha, la peor decisión sería quedarse quietos. No se veía más que unos metros delante de ellos, sólo se escuchaban las pisadas de los caballos. El silencio era total. Ya Catrileo no le contestaba y Américo temía que “el sueño blanco” se apoderara de él.

Se divisaba algo bajo unos ñires; allí estaba la tapera. Américo desmontó, casi no sentía sus piernas, entumidas por estar inmóviles sobre el recado. Tuvo que apoyarse en su caballo para no caer. Ayudó a desmontar a su compañero, lo tuvo que sostener para que no se desplomara y lo hizo ingresar. No emitía palabra; su cuerpo entumecido. Estaba grave, a punto de la hipotermia. Adentro no había nada. Lo único que permitía aquel cascarón de madera era guarecerlos de la nieve que seguía cayendo. Américo ató al padrillo en unas ramas e hizo lo mismo con los dos caballos. Con mucho esfuerzo, sacó los recados y los ingresó a la tapera, para que no se siguieran mojando. Se acordó que, entre sus ropas, guardaba la caja de fósforos que utilizaba para encender sus cigarrillos. Rogó que no estuvieran humedecidos.

No había nada con que hacer fuego, salvo las maderas de la tapera, las que por el lado de adentro estaban secas. Sacó su cuchillo de la cintura y haciendo palanca logro desclavar algunas que crujieron al abandonar los clavos que las sostenían. Sacó las que daban al lado contrario al sentido del viento, que arremolinaba, envuelto en los copos que seguían cayendo. Quebró en varios pedazos a la tabla y, ayudado por el cuchillo, sacó de uno de los cantos unas astillas. Armó una pequeña pirámide de madera y, por debajo, le puso algunos papeles de los que utilizaba para armar los cigarrillos. Por suerte, encendieron y pronto el crujir de las tablas quemándose sonó a música celestial en el espíritu de Américo, pero seguía preocupado por Catrileo, que dormía apoyado en uno de los rincones, ya abatido por el frío. Desparramó los cueros del recado alrededor del fuego, improvisando una cama y allí lo acostó. Desclavó otra tabla para que se vaya calentando cerca y ardiera más fácil. Ya su cuerpo le respondía mejor. Miró alrededor, evaluando la cantidad de madera de la tapera y calculó que quemándola toda podrían pasar la noche. Al día siguiente, vería qué hacer. Sintió el relincho de uno de los caballos y se le ocurrió una idea, atrevida pero, si salía bien, los podía sacar de allí. Miró su reloj, vio que eran las nueve de la noche. Salió de la tapera y soltó su caballo, intuyó que si lo espantaba, el animal se ubicaría e iría a la casa, la gente seguramente, al verlo llegar, se daría cuenta de que estaba en apuro. Le cruzó las riendas sobre el cogote y lo espantó. Lo vio alejarse en dirección adonde intuía que estaba el río, era una buena señal. Encomendó su alma a que el animal entendiera ese gesto que fue casi una súplica. Entró al improvisado refugio y sintió el calor de la fogata. Acercó su mano a la cara de Catrileo y comprobó que ya estaba tibio. Sacó un par de tablas más, las dejó cerca, para ir agregando durante la noche y así mantener el fuego encendido. Antes de dormirse, repasó esas últimas horas, que le parecieron una eternidad. Nunca en su vida había sentido miedo, pero una sensación extraña lo embargaba y entendió que de eso se trataba. Era miedo. Vio a su lado a ese hombre a quien no conocía y se sintió responsable de él. No había estado preparado para aquella contingencia. “Me tendría que haber quedado cuando vi que estaba cargando la nieve”, pensó. Se entregó al sueño.

Lo despertó Catrileo, zamarreándolo. “Se escuchan voces”. El hombre se levantó de un salto y gritó; su voz sonó apagada, sin eco, por la nieve acumulada y la que seguía cayendo. Cuando Américo se asomó, vio que algo más de medio metro se había acumulado. Eran tres jinetes, el patrón y dos peones. “Vimos el caballo tuyo esta mañana y nos dimos cuenta de que algo había pasado”, le dijo su patrón, mientras lo envolvía en un poncho. Alguien le acercó un porrón de ginebra. De la tapera, sólo quedaban dos paredes en pie, las otras dos habían sido consumidas en la fogata, únicamente quedaban los postes que sostenían el techo. Seguía nevando.

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