Cultura
09/02/2019

Los viajeros del siglo XVIII encontraron manzanas, piñones y hortalizas por doquier

Los viajeros del siglo XVIII encontraron manzanas, piñones y hortalizas por doquier
Por aquí el marino español arrastró las tres embarcaciones que le quedaban.
Autor: Adrián Moyano

Cuando se aproximaba al Collón Cura, Basilio Villarino se asombró ante la presencia de tantos manzanos, cuyos frutos eran meticulosamente cosechados. También halló indígenas que cultivaban la tierra con esmero y buenos rendimientos.

Los testimonios de los expedicionarios o viajeros que visitaron la región siglos atrás, retrataron una abundancia de bienes entre los primeros habitantes de estas latitudes que invita a preguntarse qué pasó luego con tantas manzanas, piñones y animales. Evidentemente, la Conquista del Desierto no solo significó un despojo territorial sino también, una ruptura con la naturaleza que en definitiva, benefició a muy pocos.

Una de esas narraciones está en el “Diario del piloto de la Real Armada D. Basilio Villarino del reconocimiento que hizo del río Negro en la costa oriental de la Patagonia el año de 1782”. En realidad, el abnegado marino -muy criticado por Francisco de Viedma- también navegó por el Limay hasta la altura del actual Collón Cura, antes de pegar la vuelta hacia el emplazamiento donde hoy se levanta Carmen de Patagones.

Su trabajo aparece en la Colección de Obras y Documentos relativos la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata, que llevó adelante en 1836 Pedro de Ángelis. El 14 de abril de 1783, Villarino se creía en inmediaciones de la “laguna” Huechulafquen, desde donde suponía, podía pasar fácilmente hacia Valdivia, donde podría reabastecerse después de demasiadas peripecias.

En realidad, estaba navegando -es un decir- los saltos del Limay, a unas jornadas del Collón Cura. En esa época del año, las aguas todavía estaban bajas y las chalupas españolas tenían serios inconvenientes para avanzar. Los expedicionarios se valían de la sirga –tiraje por caballos o mulas desde la costa-, remos y otros complicados trámites para poder avanzar. Aunque desde que abandonaran Choele Choel, no contaban con caballos.

En eso estaban cuando “pasaron algunos indios sin llegar a bordo. A mediodía llegaron dos: estos traían algunas pieles de guanaco para vender, y una bolsa chiquita de piñones, lo que no se les compró, así porque esto no era lo más importante, como porque querían mucho por ello; y lo más, porque hallándome ya casi destituido de las bujerías (chucherías diríamos hoy) que traje para regalarlos, y de bastantes cosas mías propias, con que obsequié a unos y a otros, algún resto que queda lo voy resguardando hasta ver si hallo algún indio que quiera ir a Valdivia, en cuyo caso sería indispensable regalarle bien”.

Productos de la huerta

Pero al parecer, la zona que atravesaba Villarino era muy transitada. “Se fueron luego estos dos indios, y a las 3 de la tarde llegó un muchacho ladino con otros 4 indios y una china vieja: este trajo un cordero; la china y los otros compañeros trajeron algunas manzanas, y cada uno una bolsa chiquita con piñones. Vaciando estas bolsas advertí una mazorca de maíz y registrando cuidadosamente saqué de entre los piñones maíz muy bueno, trigo superior, chícharos blancos y otros casi negros algo mayores, habas y lentejas: las cuales semillas puse en una bolsa”.

Con intriga, el gallego –era oriundo de Galicia- quiso saber la proveniencia de tales frutos de la tierra. “Preguntándole a estos indios si estaba lejos la tierra en donde se sembraban y recogían estos frutos, me han dicho que distante aquí una jornada, pues en las llanuras de Huechum-lauquen sembraban y recogían los indios con mucha abundancia”. En la actualidad, los paisajes en derredor del Huechulafquen, difícilmente disfruten de tanta prodigalidad.

Claro que aquel pasado estaba lejos de ser idílico. “Parece que los peguenches (sic) defienden y estorban el que los indios, que habitan las márgenes de estos ríos y andan vagantes, entren en sus tierras ni pasen a la Cordillera a buscar piñones ni manzanas porque preguntándoles yo, porque no traían los caballos bien cargados de piñones, ya que los había en tanta abundancia, como me ponderaban, dijeron, que los dueños de los piñares (sic) se los vendían a estos y que valían bastante caros; y que las manzanas que había en estas inmediaciones ya se acababan por la mucha indiada que se junta por estos tiempos en la cosecha, y que consumen de esta fruta con exceso, porque hacen de ella (además de la que comen) sidra o chicha: y que para pasar a las faldas de la Cordillera a buscarlas, es menester que se les compren a los dueños de aquellas tierras...”

Siguió Villarino con sus especulaciones: “(...) yo presumo que como estos indios tehueletos, guilliches, leubus, chulilaquines, y otros pasan toda su vida vaqueando, cazando y robando, que es de lo que se mantienen, aquellos que siembran y tienen ganados, precisamente están de asiento en paraje fijo: y así, por venderles a los otros los frutos que se crían y los que recogen por medio de la agricultura, como asimismo por estorbar que estos vagabundos les roben sus haciendas, si les permitiesen la entrada a ellas, emplearán toda sus fuerzas, a fin de que no les entren”. Más allá de las cavilaciones del español, ¿dónde quedó tanta abundancia?

El País de las Manzanas

El piloto real Basilio Villarino dejó constancia del provecho que se sacaba de los productos de la tierra. “A estos indios agasajé y regalé, habiéndose ido a sus toldos ya puesto el sol; y yo me acampé en una isla grande que divide el río en iguales proporciones. En esta isla hay cantidad de grandes manzanos, pero sin siquiera una manzana: tan expertos son los indios en el arte de recoger que no se les olvida una siquiera encima, y al pie del árbol”.

Al día siguiente y después de otros pormenores, escribía el marino. “A la orilla del río casi toda la distancia de hoy parece todo campamento de indios, que hace poco lo levantaron. Las islas están llenas de manzanos, pero las manzanas ya las recogieron los indios; y es cosa admirable el ver entre poca tierra mezclada con chinos y arena, unos árboles tan grandes, tan poblados de ramas y hermosos, que no los vi mejores en ninguna parte”.

Veinticuatro horas más tarde, “hallaron los maestros calafate, sangrador y marinero, un manzano chico, del que recogieron como 100 manzanas; junto a dicho árbol había otros muy grandes, pero ya les habían quitado la fruta los cosecheros de estos países”. Hallazgos similares aparecen en sucesivas páginas, al igual que los portadores de piñones y animales. De hecho fue el gallego el primero en consignar la expresión Tierra de las Manzanas, que se generalizaría en el siglo siguiente.

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