Sobre Klimt, Goya, Frida Kahlo y otros grandes, “variaron” 22 artistas de Bariloche
Si los músicos toman determinada canción relativamente consagrada y la recrean con arreglos propios o la versionan en otro género diferente del original, ¿por qué no harían los plásticos otro tanto? Esa es la idea detrás de “Variaciones sobre una obra de arte”, la espléndida muestra que congrega a 22 artistas de Bariloche, quienes se entusiasmaron y siguieron con fervor el concepto que alumbró sobre fines del año pasado, el fotógrafo y editor Jorge Piccini.
En los últimos tramos de 2025, “la idea surgió como una inquietud mía como fotógrafo, en versionar obras de arte clásicas”, dijo en intercambio con El Cordillerano. “Al pertenecer a la Asociación de Artistas Plásticos se me ocurrió invitar a distintos artistas que se sumen a interpretar una obra dada. Comencé con El despertar de la criada, obra de Eduardo Sívori que siempre admiré. Cada vez que puedo y ando por Buenos Aires, paso por el (Museo Nacional de) Bellas Artes a visitarla”, confió.
Otro tanto ocurrió con “Sin pan y sin trabajo”, de Ernesto de la Cárcova. Después, “a medida que se iban sumando artistas para el proyecto propusimos otros autores y de esa manera fue que se eligieron los ocho trabajados. Cada artista los abordó con su técnica: acuarela, óleo, collage, fotografía, arte textil” y otros. Como se verá, hubo ocasiones en que un mismo plástico se valió de diversos lenguajes.
En definitiva, además de versionar a Sívori y De la Cárcova, los barilochenses también proyectaron trabajos propios a partir de creaciones muy referenciadas de Gustav Klimt, Amedeo Modigliani, Frida Kahlo, Tamara de Lempicka, Francisco Goya y Edward Hopper. Los que aceptaron el convite de Jorge fueron Tessi Arce; Estela Bruera; Remmy Calancha Jurado; Cecilia Ezcurra; Juan Manuel Ferrarini; Susana Krause; Perla León; Lozano Acero; Soledad Marchese; Mónica Miliauskas; Adriana Pediroda; Estela Rivas; Beatriz Romano; Scalerandi – Souto; Diego Urruty; Miguel Vitaliti; Miriam Vivas y Valeria Zaza.
De las postales y fanzines quedaron pocos. Foto: Facundo Pardo.
En el texto curatorial que recibe al visitante en Casa Bachmann, Piccini insiste: “siempre me ha interesado la posibilidad de volver a mirar una obra de arte. Descubrir en ella nuevos sentidos, imaginar otros caminos y preguntarme qué sucede cuando una imagen, creada en otro tiempo y bajo otra mirada, se encuentra con un nuevo artista”. Pues bien, en el histórico reducto de Bariloche están expuestas decenas de respuestas a ese interrogante.
“Me interesa especialmente ese espacio de encuentro entre la obra y quien la recrea: las decisiones, los gestos, las diferencias, las coincidencias y hasta los desvíos que aparecen durante el proceso. ¿Qué permanece de la imagen original? ¿Qué cambia cuando pasa por nuestras manos? ¿Cuánto de nosotros mismos aparece, incluso cuando intentamos representar la mirada de otro?”, completa.
Nuevas interpretaciones
El pública coincidirá: “toda obra de arte permanece abierta a nuevas interpretaciones. Cada época, cada técnica y cada artista pueden descubrir algo diferente en una misma imagen. En ese recorrido, la historia del arte deja de ser algo distante para convertirse en una experiencia viva, capaz de transformarse y multiplicarse”. En este y otros casos, “una obra nunca es solamente aquello que vemos. También es lo que somos capaces de hacer con ella”, invita el texto.
Fiel a su faceta de editor y aunque casi se agotaron en la inauguración, “a medida que se iban realizando las obras fui desarrollando un fanzine por cada artista”, compartió Piccini. “Se imprimieron y repartieron entre los participantes. El proyecto final va a ser un libro, quizá con todas las obras trabajadas. En el fanzine también se desarrolló el contexto histórico de la obra, una reseña del artista y análisis. También se mencionan videos, links de películas y podcasts” sobre cada talento.
Concurridísima la inauguración. Foto: Facundo Pardo.
Sus colegas barilochenses invirtieron entre dos y tres meses para desarrollar las variaciones propias. En su caso, Jorge trabajó “desde la fotografía sobre El despertar de la criada, de Sívori (1887), sobre Sin pan y sin trabajo, de Ernesto de la Cárcova (1894), sobre El perro semihundido, de Goya (1823), El beso, de Klimt (1909) y Desnudo sobre el diván, de Modigliani (1917)”.
El colectivo expositor estableció una suerte de guardia en la sala, en particular de 16 a 19, para que el ocasional visitante tenga la chance de interiorizarse sobre el proceso. Cuando El Cordillerano estuvo en La Bachmann, estaba Mónica Miliauskas de “encargada”, precisamente, una de las artistas que varió sobre todas las fuentes con distintas técnicas. “Jorge proponía las obras y los que queríamos, lo hacíamos”, aclaró. Vale decir que no todos los expositores versionaron a los ocho grandes maestros.
En consecuencia, “hay artistas que tienen más cantidad de variaciones de obra que otros, porque era libre. Por ejemplo, Perla León solo trabajo sobre El perro de Goya y yo, participé en todas. Me gustó la idea y fui haciéndolos todos. Pero Susana Krause trabajó en dos y así, cada cual era libre”, remarcó. Nuestra interlocutora tampoco se encasilló: “acá (El beso) es técnica mixta, con grafito y pan de oro; El perro de Goya es solo acuarela, el de Tamara, solo grafito… En cada una, sentí que quería trabajar de una forma en particular y así lo hice”.
Intriga
Para los participantes el proceso debió ser tan grato como intrigante, porque recién supieron a qué artista iban a versionar una vez concluido el precedente. “Las obras iban saliendo a medida que se terminaba la anterior”, confió Mónica. “Recién cuando se terminó El perro surgió la siguiente y ahí descubríamos cómo seguíamos. Por eso no todo el mundo se enganchó con todo. Cuando plantearon Hopper me gustó y justo estaba de viaje, entonces dejé el boceto armado y cuando volví, terminé”.
"El perro", de Goya. Una de las más "variadas". Foto: Facundo Pardo.
El desafío incluyó “buscar información y leer sobre la obra”, compartió la artista, quien disfrutó del proceso: “nunca se me hubiese ocurrido. A mí me gusta Klimt, pero nunca pensé en trabajar una obra de Goya o de Tamara. Entonces, significó conocer más de un artista, mirar la obra y leer”, rescató nuestra interlocutora, que quedó particularmente contenta con sus variaciones sobre “El beso” y “El perro semihundido”, aunque “no sé por qué”, admitió. Quizá porque sea certero el texto curatorial cuando afirma: “una obra nunca es solamente aquello que vemos. También es lo que somos capaces de hacer con ella”.