LA PAREJA ESTUVO 22 AÑOS SEPARADA POR MILES DE KILÓMETROS
La historia de amor que venció al fascismo y floreció en las montañas de Bariloche
Hubo un tiempo en que los vecinos de determinados poblados europeos se vieron obligados a cambiar de ciudadanía y pasaporte, aunque nunca se movieran de la calle donde habían nacido. Fue el caso de un joven esloveno que, al advertir el ascenso del fascismo al poder en Italia, decidió esquivar a la violencia que se avecinaba por segunda vez y poner rumbo a la Argentina. Cuando llegó en 1929, difícilmente supiera que se iba a convertir en pionero del montañismo en Bariloche, además de integrar el primer grupo de “refugieros”.
Pedro Strukelj había nacido el 22 de junio de 1910 en Sempas, localidad que hoy forma parte de Eslovenia. De niño vivió en Gorizia, localidad que por las razones que apuntábamos más arriba, en el presente es Italia. Entonces, “su nacionalidad era italiana, pero su lengua materna fue el esloveno, igual que sus padres”, puntualiza Toncek Arko en el libro que trazó la historia del refugio del cerro López, de reciente publicación.
Diez años antes de que las armas volvieran a tronar en Europa, el joven Strukelj arribó al país y “comenzó a trabajar como carpintero, un oficio que había aprendido en su adolescencia, con su padre. Aprendió rápido el castellano, por su similitud con el italiano. Siempre recordaba que en sus primeros años ganaba 2 pesos por día, de los cuales uno podía ahorrar y el resto iba destinado a gastos”.
No pudo quedarse quieto. “Llegó a Bariloche en 1936, para trabajar en la construcción del primer hotel Llao Llao, que se edificó íntegramente en madera”, recuerda el relato del escritor. Tuvo un accidente de trabajo que lo alejó del Nahuel Huapi por cuatro años, “pero regresó definitivamente a Bariloche en 1940. Sabía ahorrar y por ello pronto construyó su primera casita de madera”.
“Luego la vendió y compró un lote en la esquina de Gallardo y Morales, en aquel entonces situado fuera del pueblo. Allí construyó su vivienda y también su taller de carpintería”. Poco tiempo después, su vida experimentaría otro vuelco, pero en este caso, muy grato. “Comenzó a frecuentar las montañas en 1942, junto con Heriberto Schmoll y Otto Ruolf. Recorrieron los cerros Capilla, Goye y López, donde Pedro se entusiasmó con atender el refugio”.
La moneda, el silbato y las medallas que acompañaron a Strukelj en las montañas del Nahuel Huapi. Gentileza: Toncek Arko.
Como acumuló experiencia como montañista y, además, era carpintero, el Club Andino Bariloche le otorgó el título de “refugiero”. Por entonces, solo se ejercía ese rol en la temporada cálida. “El primer verano lo administró junto con Otto Ruolf y luego, dos temporadas con Carlos Oertle. Cobraban los pernoctes, vendían algunos refrescos y bebidas y también se servían comidas, un plato único para todos los interesados”.
Baqueano y guía de montaña
Pronto el esloveno sumó otro título a su particular currículum. “Pedro hizo un curso de escalada con Otto Meiling, lo que le permitió acceder a la categoría de guía Baqueano en Parques Nacionales. Con los años, obtuvo la plaqueta de guía de montaña. Su nieta conserva ambas, atadas con un cordón, con el silbato reglamentario y la moneda. Esto lo acompañó en todas sus salidas a la montaña cuando llevaba clientes”, rescata Arko.
Por entonces, se codeó con los próceres del andinismo, ya que “escaló con Heriberto Schmoll, Neumeyer y Kaltschmidt. También acompañó varias veces a Pablo Fischer a la Torre Principal del Catedral, cuando este se había empecinado en acceder hasta su cumbre. Llegaron hasta el tramo final. No obstante, el día que Fischer perforó la roca y colocó los clavos de presión Pedro no había podido acompañarlo, ya que tenía una mano lastimada por un accidente menor como carpintero, y por lo tanto no pudo realizar la primera ascensión. Pero hizo la segunda y la tercera”.
En la última oportunidad contó con la compañía de Schmoll y de Carlos Sonntag, ascenso que se produjo “en el marco de los homenajes que se hicieron en todo el país, en el centenario del fallecimiento del general José de San Martín”. Transcurría 1950. También se convirtieron en sus paisajes habituales el Pico Turista, la cumbre Principal, el Filo y Torre Norte, siempre en el cerro López. No mucho después, sumó a sus itinerarios el Pico Argentino del Tronador.
Strukelj y el banderín homenaje a San Martín (1950). Gentileza Toncek Arko.
“No llevó la cuenta de los ascensos, pero estima haber subido más de 60 veces, entre los años 1950 y 1970”, destaca la reconstrucción de Arko. Además, subió varias veces el Lanín y otras alturas de la región. “Pedro ejercía su oficio de guía de montaña con mucha responsabilidad. Sabía retirarse si amenazaba el mal tiempo, cuidaba con esmero a sus clientes y exigía que tanto ellos como los restantes andinistas respetasen el código montañés”.
Tanta falta que hace hoy: “no dudó en discutir y apercibir a los visitantes que no cuidaban el medio ambiente, los que no mantenían el orden en los refugios o los que infringían las reglas éticas que en aquel entonces regían en la montaña”. Si bien “Pedro había aprendido a esquiar en Europa y radicado en Bariloche participó en algunas competencias de esquí alpino y nórdico con el CAB”, “la competencia no le llamaba la atención”.
Si llamativa es la historia del carpintero y montañista, espere a ver la de su compañera… “Albina Abranic conoció a Pedro en su pueblo natal y fueron novios antes de que él viajara hacia Sudamérica”. Recordemos: 1929. “No obstante, el régimen imperante en Italia y Eslovenia en aquel entonces le impidió salir durante largos 22 años. Recién en 1951 se reencontraron en La Boca, cuando ella llegó en un barco a Buenos Aires. Se casaron pronto. Pedro tenía 41 años y ella 38”. ¡Qué de amor!
Malos recuerdos
Tantas fueron los sinsabores en su tierra de origen que “Pedro regresó una sola vez a Eslovenia, en 1965, junto a Rosalía (su única hija) que tenía 12 años. Albina nunca quiso volver, guardaba muy malos recuerdos de lo que tuvo que vivir en esos años de encierro político. Estaba muy feliz en Bariloche. El mismo sentimiento tenía Pedro. Por ello, nunca más regresó a Europa”, subraya la crónica.
“Instalada en Bariloche, Albina abrió pronto un negocio en la esquina de su domicilio, donde vendía golosinas y artículos de kiosco. En los años 60 y 70 trabajó muy bien, con centenares de clientes, muchos de ellos alumnos del colegió Primo Capraro que está en frente. La Despensa Gorica (así se escribe Gorizia en esloveno), que recordaba su pueblo natal, perdura en el recuerdo de muchos barilochenses”.
Cuando la edad fue un obstáculo, “Pedro dejó de guiar en la montaña y trabajó exclusivamente como carpintero. En su domicilio particular, de Belgrano y Morales, tenía un pequeño taller y compartía la carpintería en lo de Groth, a tres cuadras, frente a la plaza Belgrano. Cada tanto, algún fin de semana, subía a la montaña y visitaba el refugio Frey. Albina atendía la despensa y también alquilaba dos departamentos, generalmente a varones solos que trabajaban en el casino de Bariloche, emplazado en el edificio Cantegril”, es decir, el Bariloche Center.
Pedro falleció en 1998 con 88 años. En tanto, Albina siguió sus pasos a los 99. “Pedro Strukelj fue distinguido como socio honorario por el Club Andino Bariloche y también por la Asociación Argentina de Guías de Montaña, donde se lo recuerda entre los pioneros de esta profesión en Argentina”, concluye el relato de Arko. Una historia de amor que fue del hambre europeo y el infierno fascista, a los cielos límpidos de Bariloche y sus montañas.