“UNA ÓPERA ROCK RÚSTICA”
Con ánimo irreverente, banda de rock de Bariloche hizo una película
A fin de cuentas, ¿por qué hay que aceptar mansamente los formatos que decidieron un puñado de ceos que difícilmente se interese por la música o el cine? ¿Quién dijo que una banda de rock no puede idear una película al filo del largometraje o que no se pueden contar historias más allá de las letras de una canción? Con espíritu irreverente, una suma de colectivos artísticos de Bariloche se apresta a estrenar un auténtico desafío y eligió para hacerlo el inminente Día de la Pachamama. A su frente está Pelusa en el Pupo y entonces, el riesgo adquiere sentido.
“Desde nuestros inicios, ya hace 15 años, el formato canción nos pareció chico en relación con el relato que queríamos construir. En el colectivo autogestionado en el que nos convertimos hoy, sentimos que la música no es solo audio: es un territorio, una imagen que amamos construir y habitar”, le dijo a El Cordillerano Damián Marchetti, uno de los fundadores de la banda, su guitarrista y nervio motor.
La película se titula “Ñamku: fuego, memoria y barro” y en sí misma, es una declaración de principios. “En un contexto en el que la industria impone consumos rápidos y fragmentados de tres minutos para un algoritmo, lanzarse a hacer una obra de casi una hora es un acto de resistencia y de fuego colectivo”, proclamó el músico. “No quisimos ilustrar canciones, quisimos fundar un universo donde la música sea la columna vertebral de un viaje narrativo completo”, aseveró.
Las máscaras del Grupo Grupo juegan un rol fundamental. Foto: Nicolás Barreiro.
El relato se vertebra a través de tres historias. En este caso, fue el director del filme, Francisco Aranda, quien tomó la posta en el diálogo. “Fueron apareciendo en distintas etapas, había ideas que ya venían desde la letra de las canciones y otras nacieron al momento de llevarla a la pantalla desde la dirección. Durante ese proceso se encuentra un hilo conductor de todos los relatos mediante la historia principal, que está contada desde la mirada de una persona mayor (Carlota von Gebhardt) a unas nenas. Se recupera la tradición del relato oral”, indicó.
Capas de memoria
Sumó el músico: “las historias fueron cruzándose de manera orgánica a medida que los guiones del rodaje y la música avanzaban y dialogaban. La música pedía personajes, los personajes pedían historias, y las historias nos traían la memoria colectiva que queríamos contar. No las pensamos como bloques aislados, sino como tres capas de la misma memoria. Una primera capa habla de las raíces y el fuego de la identidad; las siguientes abordan la urgencia del presente, la lucha por la tierra y la justicia. Y la otra dimensión se mete de lleno en el mito ancestral y la figura histórica de las brujas: encarna la lucha de las mujeres, ese saber popular y territorio conquistado que hoy, frente a los embates de estos gobiernos liberales, pretende ser silenciado o empujado al retroceso. Para nosotros la máscara, el barro y lo místico son herramientas de resistencia actual”, subrayó el Pelusa.
Quienes ya conozcan otros audiovisuales de la banda encontrarán que ciertos personajes reinciden, a la vez que aparecen otros nuevos. “Para nosotros son símbolos vivos que van evolucionando a lo largo de la obra de Pelusa en el Pupo. El Dios Huemul e Inga son personajes que representan el mundo pelusero desde nuestro primer álbum, Canta La Tierra. Son nuestro horizonte, un juego en el que nos gusta mostrar que cualquiera puede crear su propia religión: abrazamos a ese dios medio animal, medio humano, hipersensible y errático. Abrazamos lo sarcástico”, destacó Damián.
El rodaje. Foto: Nicolás Barreiro.
Pero, además, “en Ñamku aparecen encarnaciones mucho más territoriales y locales: una mensajera sagrada entre el wenumapu (cielo) y la mapu (tierra) como símbolo espiritual de protección y guía”, además de la figura del Niño Lodo como una referencia al joven mapuche Mankian. Nuestra fantasía no busca evadir la realidad, sino profundizarla. Y ahí hay algo fundamental: nada de este universo místico tendría peso sin el laburo inmenso, la entrega física y el talento de cada actor/actriz/niñx del elenco. Son ellxs quienes le ponen el cuerpo, la mirada y la presencia a estas máscaras, realizadas con tanto amor por el Grupo Grumo, y vestuarios de Pasiflora Creaciones. Ellxs encarnan las tensiones y le dan vida humana a esta ficción patagónica”.
Recuperar la libertad
“Ñamku: fuego, memoria y barro” apenas si supera los 40 minutos de duración, es decir, muy lejos de los videoclips estándar y al filo del largometraje. “La idea de hacerlo de esa manera tiene que ver con la necesidad de no sentirse limitado por un formato. En el cine hay variedad de recursos que se ponen a disposición de lo que la historia necesita y las sensaciones que se quieran transmitir”, destacó Aranda.
Para Damián se trata de “recuperar la libertad formal. El videoclip comercial suele ser una herramienta de marketing al servicio del mercado, y el cine estándar a menudo responde a estructuras narrativas rígidas y moldes de fomento industrial. Romper con eso es nuestra rebelión. Ñamku es un álbum de ficción visual, una ópera rock rústica, una experiencia sensorial en la que el montaje responde al ritmo del tema y la escena responde a la narrativa del cine. Reclamar el derecho a no encajar en una etiqueta nos permite que la obra respire con sus propias leyes, sin pedirle permiso al mercado”, insistió el guitarrista.
Tanto en la faceta visual como musical hay referencias a la actualidad política y tradiciones ancestrales, otro sello característico de Pelusa. Para el grupo no puede ser de otra manera porque “en la Patagonia no hay posibilidad de separar el presente político de la memoria ancestral. Vivimos en un territorio cruzado por despojos, luchas de resistencia, genocidios, saqueos y, al mismo tiempo, por una cosmovisión profunda que sigue viva en la tierra, en la gente, en su pueblo”.
Con la participación de niñxs se rescata la transmisión oral. Foto: Nicolás Barreiro.
Y a pesar de la sucesión de imágenes, la música está ahí, como fundamento. “Por eso es audiovisual, el sonido no puede existir sin la imagen y viceversa”, comentó Aranda. “La banda sonora no compite con la imagen, sino que la potencia y ayuda a mover la historia sensorialmente más allá de los límites visuales, haciendo que el espectador/a se identifique con la historia y los personajes que la habitan”, destacó.
“La música no es el soundtrack de la peli; la peli es el cuerpo visible de nuestra música”, añadió Damián. “Para Pelusa, la música sigue siendo el motor primordial, nuestra sangre, la rabia y el sentir. El despliegue audiovisual no viene a tapar la música, viene a potenciarla, a darle un espacio multidimensional. Sin estas obras musicales, las imágenes perderían fuerza; y sin las imágenes, la música perdería su geografía. Es una alianza inseparable”, insistió.
Es intención del colectivo que “Ñamku: fuego, memoria y barro” pueda verse en el Festival Audiovisual Bariloche (FAB) y en su pariente del otro lado del Limay: el Festival Audiovisual Neuquén (FAN). Hasta entonces, habrá que prestar atención a Peluso en el Pupo en sus redes sociales y grupos de difusión para enterarse de las proyecciones. Otra manera de que la peli “respire con sus propias leyes”.