2026-06-14

ENCUENTRO ENTRE UN ALEMÁN Y UN FRANCÉS EN SAN RAMÓN

Liebre a la crema para el almuerzo en la profundidad de Patagonia

El periodista Jules Huret conoció al barón de Bülow cuando oficiaba de mayordomo en el establecimiento, propiedad de un príncipe germano. Otros personajes centrales de los albores de Bariloche se cruzaron en su camino.

Un viajero francés que además era periodista constató que hacia 1910, una característica estancia cercana a Bariloche estaba en manos de un personaje de la nobleza alemana, cuya superficie era apenas menor que la de su principado. Al visitante también le llamó la atención que los campos vecinos no evidenciaran trabajo alguno y cuando consultó, le dijeron que eran propiedad de “un español que no hace nada” y se pasa la vida tomando mate”. Además, supo de las desventuras de un solitario “médico belga”.

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Jules Huret había llegado al “pueblecito de San Carlos” después de navegar desde Puerto Blest por el Nahuel Huapi. Sus conceptos llegaron a nuestros días en las páginas de “La Argentina. Del Plata a la Cordillera de los Andes”, un libro poco conocido cuyas versiones en castellano tienen más de un siglo. Además de publicar otros títulos, el francés también escribía para el prestigioso Le Figaro de su país.

Después de interiorizarse sobre la suerte de los vecinos que no conseguían titularizar tierras a su nombre a pesar de cumplir con todos los mandamientos de la ley, Huret quiso ir un poco más allá. “Cuando me informaba acerca de si no existían, al lado de los colonos propiamente dichos y de sus pequeñas explotaciones de algunos cientos de hectáreas, grandes estancias dignas de ser visitadas me dijeron que un soberano alemán, el príncipe reinante de Schaumberg-Lippe, poseía a veinte kilómetros del lugar una estancia de 30.000 hectáreas”.

Un tanto en broma y otro en serio, especuló Huret: “de suerte que, si un día -en estos tiempos revueltos todo es posible- el soberano se viese privado de sus Estados, tendría en la Argentina, una extensión de tierras casi igual a su principado”. No estuvo muy errado, porque cuatro años después de su paso por el noroeste de la Patagonia, Francia y Alemania se vieron envueltas en la que sería la Primera Guerra Mundial. Como resultado, vastos territorios que antes de 1914 estaban en manos alemanas, pasaron a jurisdicción francesa.

El "médico belga", familia y amistades.

Volvamos a nuestros pagos. “Hice solicitar permiso para visitarla, y muy pronto recibí, de parte del barón de Bülow, primo del antiguo canciller del imperio alemán, una invitación para pasar el día en la posesión”, dice la narración de Huret. “Envió, para que efectuáramos la excursión, un breack (sic) conducido por un joven alemán, y la emprendimos una mañana. En el camino atravesamos inmensos terrenos incultos y despoblados de animales. Me informé acerca de la causa de este abandono extraño, pues en dichos terrenos crecía una hierba excelente”.

El mate y la vida

Para el léxico de la época, “inculto” quería decir sin presencia de construcciones o trabajo agrícola alguno, es decir, carente de “mejoras”. Averiguó el europeo que “estos miles de hectáreas pertenecen a un español que no hace nada y que se pasa la vida tomando mate”, según le dijeron. Observó que “en los campos, por donde no ha pasado jamás el arado y que, no ha pisado nunca la planta de un animal doméstico, crecen profusamente las malas hierbas”.

En el presente sabemos que no tienen nada de malas, pero era el pensamiento de aquel entonces. “Vemos en abundancia un arbusto llamado eneo (sic), que se asemeja a un puerco espín dorado y gigantesco. Los carneros comen sus flores, pero la carne de estos animales conserva un perfume bastante fuerte y desagradable. Al primer toque del arado desaparecen estas plantas parásitas”, sugirió el periodista viajero.

Durante el breve periplo, supo de un personaje fundamental de los albores barilochenses. “En el camino de San Ramón encontramos una casa, y como esto constituye en este desierto un caso curioso, pregunté quién habita allí”. Sus interlocutores confiaron una llamativa historia, al referirse a “un médico belga que se dedica a la ganadería. Cuando llegó, el comisario de policía le exigió los diplomas argentinos, sin los cuales está prohibido ejercer la carrera. Como el médico no tenía más que los títulos de su país, el comisario lo amenazó con proceder contra él”.

El Área Protegida Limay. Foto gentileza.

“Está bien, me dedicará a la ganadería”, concedió el facultativo. Pero “al cabo de poco tiempo cayó enfermo el comisario y envió un vigilante en busca del médico belga”. Su respuesta inicial fue esquiva: “¡Ah! Sí, conozco la ley argentina, que me veda el ejercer la medicina. ¡Y no me gustaría verme perseguido por el mismo a quién yo habría restituido la salud!” Si bien el francés no aportó la identidad del profesional de la salud, no puede tratarse de otro que de José Emanuel Vereertbrugghen.

Acto seguido, el visitante estuvo frente a un paraje que recorre mucha gente durante los fines de semana, en la actual Área Protegida Río Limay. “Cuando nos acercábamos a San Ramón, nuestro guía nos señaló, en la ladera de una montaña, la entrada a una gruta”. El acompañante fue muy claro: “hemos encontrado dentro cráneos y osamentas de indios, y se cree que deben ser de una antigüedad remota. El señor de Bülow le enseñará algunos”, anunció el conductor.

Solo en tal soledad

No mucho después se produjo el encuentro. “A nuestra llegada nos recibió con la más perfecta cortesía el mayordomo barón de Bülow. Es un hombre rubio que debe tener treinta y cinco años, alto, flaco y vigoroso, y con el pequeño bigote rasurado. Lleva un sombrerito de paño gris y de alas recogidas, botas de montar y espuelas. Yo me asombré de que pudiese vivir solo en tal soledad”.

Como contrapartida, el noble alemán había encontrado su lugar en la tierra. “Yo me considero feliz aquí -me dijo con sinceridad-. Amo esta vida libre y activa, los galopes a caballo, las vastas extensiones desiertas, donde soy el amo. Me inspiran horror las ciudades y el ruido de los tranvías. De vez en cuando voy a pasar dos días a Buenos Aires y vuelvo encantado de poder retomar mis ocupaciones agrícolas”, reconoció.

A pesar de la presencia de ganado ovino y un poco más lejos de vacuno, “almorzamos con buen apetito una tortilla y una liebre a la crema”, es decir, una preparación bien europea. “Luego visitamos la propiedad”, continúa el relato de Huret. “Las 30.000 hectáreas de San Ramón, enclavadas todas en montañas de 1.200 metros de altura y en valles, están cercadas por tres lados con alambres, pues el cuarto lado bordea el lago Nahuel Huapi y el río Limay”. Una extensión apenas 4.000 hectáreas menos grande que el principado de Schaumberg-Lippe. Un gran rincón alemán en la Patagonia profunda.

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