EX FUNCIONARIO DE TURISMO LANZÓ LIBRO
En Bariloche “es muy difícil que la gente se ponga de acuerdo”
A comienzos de la década de 1960 parecía que los del Tronador serían “hielos eternos” y hacía falta que los guías de turismo fueran “bilingües, pues había muchos turistas extranjeros”. El chocolate artesanal ya era símbolo de Bariloche, aunque las marcas eran pocas, y “los productos cerámicos que hacía la familia Razza”, unas “verdaderas obras de arte”. Degustar trucha en La Vizcacha era atractivo central para quienes llegaban al Nahuel Huapi más de 60 años atrás.
Las precedentes son algunas de las acotaciones que pueden leerse en “Río Negro. Turismo de los Andes al mar”, de Julio Isidro Pérez, libro de reciente aparición en formato digital y también en versión impresa, aunque en ese formato no circula comercialmente. A través de la pluma de nuestro colega Toncek Arko, el protagonista de la publicación recorre su vida y en particular, sus esfuerzos como funcionario público para hacer que precisamente, la actividad se generalizara desde las playas hasta la cordillera.
En la introducción, dice Arko que “su visión integradora también permitió que (se) promueva la zona de El Bolsón y El Manso, el turismo en los Valles, la meseta y la costa atlántica. Creyente y católico visitó a varios Papas y también promovió el turismo en la región de Ceferino Namuncurá. Y por supuesto alentó la pavimentación de la ruta 23, que une el mar con las montañas, conectividad esencial”, resaltan esas primeras palabras.
En cuanto a su primera experiencia por estas latitudes, trae a colación el texto: “Visité Bariloche por primera vez en 1960, como turista. Lo hice en forma solitaria, con 20 años, en vacaciones, cuando recién había comenzado a trabajar en La Nueva Provincia”, es decir, el tradicional medio de Bahía Blanca, ya que antes de sumarse a la función pública, Pérez fue periodista.
En Tronador, cerca los hielos que suponíamos eternos.
Entonces, la acción se remonta 66 años. “Me alojé en el hotel Nahuel Huapi y conocí a la familia Carniel, con quienes posteriormente entablé una larga amistad. Fue en primavera y conocí la nieve, en el ascenso al cerro Catedral, con el Cable Carril”, evocó el por entonces visitante. De manera previsible, “el entorno natural de Bariloche me impresionó. Pude realizar varias excursiones que quedaron grabadas para siempre en mi memoria”.
Para Pérez “el viaje lacustre a Puerto Blest resultó muy instructivo, ya que allí se creó el primer Parque Nacional. También hice la excursión a Tronador, cascada Los Alerces, Pampa Linda y Ventisquero Negro. Quedé sorprendido por el paisaje y también por los hielos del Tronador. En aquellos años los guías de turismo los denominaban hielos eternos, pero el paso del tiempo demostró que no es así”, crisis climática mediante.
Los choferes y el éxito de los paseos
En aquella oportunidad “la infraestructura turística de Bariloche me pareció muy buena, con una gran variedad de excursiones a lugares fantásticos. Conocí a los guías de turismo, a los agentes de viajes y los choferes de turismo, de quienes depende el éxito de cada paseo”, valoró el luego especialista. “También la necesidad de que varios de ellos sean bilingües, pues había muchos turistas extranjeros”.
Aunque muchas de las que hoy son vedetes no existían, “probé el chocolate artesanal, que me encantó. No había tantas marcas como en la actualidad, pero el producto ya era símbolo de la ciudad”. En forma simultánea, “se vendían muchos pulóveres, tejidos a mano, y también artesanías talladas en madera. En varios comercios se podían comprar los productos cerámicos que hacía la familia Razza y artículos de cobre. Verdaderas obras de arte. Esto se perdió con el tiempo. Una lástima”, menciona la evocación. También influyeron otros factores en las pérdidas de esos atractivos, pero quizá se puede profundizar en otra oportunidad.
El jueves, al recibir la declaración de interés por parte de la Legislatura.
Como puede suponerse, “Bariloche aún tenía impronta de pueblo, la gente se conocía y saludaba por las calles. Recuerdo que fui a comer a la parrilla La Vizcacha, donde probé una trucha, pescado típico de la zona”, otro de los reductos que caracterizó la oferta gastronómica de Bariloche durante décadas y que después de cambiar su emplazamiento histórico, cerró sus puertas no hace tanto tiempo.
Después de aquella ocasión inaugural, Pérez estableció una relación muy estrecha con esta ciudad. “Mi primera visita siempre es recordada. Pero luego visité Bariloche decenas de veces: como periodista, agente de viajes y también como funcionario público de turismo. En estos 66 años conocí a muchos barilochenses, varios de ellos trabajadores y empresarios de turismo. En estas 6 décadas la ciudad creció muchísimo y su principal actividad económica, el turismo, también creció”.
Entonces, que prestar atención a las observaciones de un hombre con experiencia, porque “Bariloche es un reflejo del país: es muy difícil que la gente se ponga de acuerdo. En varios temas importantes, como es la construcción de un centro de congresos y convenciones, el uso del lago y del puerto San Carlos, el desarrollo urbano de la ciudad, el emplazamiento de avenidas y la circulación del tránsito, nunca hubo acuerdos. Varios temas siguen sin resolverse”, lamentó Pérez.
Durante las 258 páginas de su libro, además del capítulo específico que se consagra a Bariloche hay otro que tiene que ver con “Catedral, cuna del turismo invernal”. Y de acuerdo con el afán que tuvo durante la gestión pública, hay apartados para El Cóndor y la costa, El Bolsón y la importancia de la Ruta 23. Mientras escribíamos estas líneas para El Cordillerano, la Legislatura declaraba de “interés turístico, económico, educativo, cultural y social” a “Río Negro. Turismo de los Andes al mar”. Más que un slogan, hay se trata de una realidad, pero no siempre fue así. Pérez tiene bastante que ver al respecto.