TURISMO AVENTURA ERA EL DE ANTES
A Puerto Blest en “un tranvía” que descarrilaba “cada cinco minutos”
Quizá porque se perdieron páginas durante la reencuadernación, no hay fecha de impresión en el ejemplar de “La Argentina. Del Plata a la Cordillera de los Andes” que llegó a manos del que firma. Hay que cruzar el libro con otras fuentes para establecer que Jules Huret llegó al país cuando se celebraba el Centenario, es decir, 1910. Sin contar que momentáneamente salió hacia Chile para volver a entrar por Puerto Blest, su viaje por estas latitudes se estiró por un año. Y sí, estuvo en el Nahuel Huapi y en Bariloche durante su periplo.
El testimonio que legó es poco conocido y de importancia para reconstruir el pasado regional. Además, llamará la atención constatar que el autor escribía para Le Figaro, histórico y prestigioso medio de alcance nacional en Francia. No podemos corroborarlo, pero se asevera que muchas de las páginas que después formaron parte de sus libros, antes se publicaron en el diario francés. Tal vez fuera la primera crónica internacional que tuviera como tema central el acontecer de estos parajes.
Como era habitual para los turistas de aquellos tiempos, Juret llegó a nuestros lugares desde el oeste. Justo en el límite encontró “una placa de hierro colocada en lo alto de un pilar metálico, delante de un árbol inmenso”, que “tiene inscrita en un lado la palabra Chile” y “en otro Argentina. Cerca de aquí, en un montículo, se ve una cruz. Es la tumba de los obreros muertos de frío durante la construcción del camino”. Desafortunadamente, el francés no consignó la identidad de aquellos trabajadores que la historia silenció. Quizá no figuraran en la sepultura.
Su descripción sonará familiar para quienes conozcan sitio tan emblemático del Parque Nacional. “Hacia el centro del lugar aparece de repente, entre altos árboles, el pequeño lago Frío, con sus aguas de color de vieja turquesa. Su extensión sólo es de dos kilómetros de longitud por algunos centenares de metros de anchura. Lo circundan y limitan unos ribazos altísimos y absolutamente verticales, donde hay podido crecer, sin embargo, una profunda vegetación de hayas”.
Por entonces, nada de embarcaciones turísticas. “Una canoa nos lleva en media hora al extremo opuesto del lago. Pero no termina en este punto; sus aguas se deslizan por un camino estrecho para formar un torrente que desagua tres kilómetros más allá, en Puerto Blest, en el lago Nahuel-Huapí (sic)”, describió el europeo, con precisión. Observó que “se trató de canalizar ese trozo de río para evitar un transbordo a las mercancías”, objetivo desarrollista que afortunadamente, no se logró.
El torrente Frío
Hoy es el que recorren los buses de la excursión. “Un camino sigue a alguna distancia el curso del torrente Frío, sendero abierto en la selva virgen por medio del incendio y del hacha”, pero 115 o 116 años atrás, el medio de locomoción era tan estrafalario como rústico. “Un tranvía espera a los viajeros. Pero se trata de un tranvía como no he visto otro igual en mi vida”, resaltó Juret. “Tira de él un buey y rueda sobre raíles de madera. Sí; un buey va uncido a una especie de vehículo descubierto que participa del carretón, del avantrén (cursiva en el original) y del carro merovingio, de madera en bruto, con dos bancos colocados en sentido opuesto y tan bajos que yo tocaba el suelo al alargar la pierna. Pero no hay más remedio que sentarse en ellos y colocar el equipaje a los pies”.
Las vías por donde circulaba el estrafalario vehículo. Germán Wiederhold. Archivo Visual Patagónico.
Ocasionalmente, el escritor y periodista se detenía también en el paisaje humano que advertía. “El conductor de ese vehículo inédito es un indígena de poco pelo, sucio y descalzo. Un largo cuchillo colocado en un cinturón le cubre oblicuamente los riñones, y lleva en la mano una larga vara, que le sirve para excitar al indolente buey. Pero su principal función consiste en impedir que el convoy descarrile, pues los railes de madera están gastados. El buey, cuya piel tiene pintas blancas y negras, se llama Perico y estas tres sílabas resuenan sin cesar, con un tono amenazador, bajo los altos árboles de la selva virgen”. Desafortunadamente para nuestros intereses, no consignó el nombre del conductor del pintoresco tranvía.
Juret no viajaba solo. “Van con nosotros en la carreta el vasco negociante en ganados y una joven mestiza, tuberculosa, que vuelve de casa de un cura italiano, donde ha estado sometida al tratamiento de Kneipp. La pobre muchacha tiene por todo equipaje una sombrerera que se va rompiendo y que la joven mira tristemente”. Con el primero venía charlando desde el tramo chileno de su viaje. Con la terapia en cuestión, hacía referencia a un método que introdujo el alemán Sebastián Kneipp en base a la utilización de aguas frías y su incidencia en la circulación sanguínea.
“Cuando descarrila el tranvía -lo que ocurre cada cinco minutos-, a pesar de los esfuerzos del boyero, nos apeamos y seguimos el camino a pie”. Gracias a tantas interrupciones pudo observar Juret que “la selva en este punto es magnífica. Árboles de sesenta y ochenta metros de altura cubren el fondo del valle y los montes que le sirven de marco. Son alerces, especie de coníferas que participan del abeto y del cedro y que tienen la majestad de los grandes pinos de la California”.
A semejanza estadounidense
También reprodujo parte de una historia más bien conocida. “Toda esta parte de bosque está comprendida en un don de 60.000 hectáreas hecho, según me dicen, por el gobierno argentino al doctor don Francisco P. Moreno, que tomó parte principalísima en la delimitación de la frontera chilena. Luego la ofreció el doctor Moreno al Estado, para crear un parque nacional, a semejanza de los que existen en Estados Unidos”.
No obstante, la protección todavía no se había puesto en funcionamiento. “Desgraciadamente, hay trozos enteros de estos hermosos bosques que se han talado por completo. En efecto, a fin de evitar a sus mercancías -cueros, lanas, crin, cera, miel, etc.- el paso de la garganta y los trasbordos inútiles, la Sociedad chileno-argentina ha querido construir, por encima de la Cordillera, un camino trasbordador aéreo de once kilómetros de longitud, desde Puerto Blest a Casa Pangué, situada en la frontera chilena”.
Del lado chileno el cable carril avanzó bastante. Casa Pangue. Archivo Visual Patagónico.
Al momento de su viaje, la todopoderosa Chile-Argentina no desistía de sus faraónicos propósitos. “Ya ha gastado en esta obra más de un millón de francos. Y, desde Casa Pangué, vemos a través del bosque andamiajes inmensos, con armazones de hierro pintados de minium (sic), que elevan hacia el cielo sus altivos esqueletos. ¡Cuántos árboles centenarios, y de dos y tres siglos, se han cortado, y se están pudriendo, a causa de ese trabajo que, según se dice, no se terminará jamás!” Así fue. Nunca se terminó ese cable carril.
Nótese cuánto demoraron la comitiva y su tranvía para un viaje que hoy dura minutos. “Después de una hora de viaje a través de este parque natural, llegamos por fin a Puerto Blest, puerto extremo del Nahuel Huapi. En este lugar no hay más que una sola casa, la del agente de la Compañía. Está adosada a un gran barracón lleno de fardos de lana y de cargas de hierba mate en pieles de vaca”.
Era la antesala de la etapa final. En Puerto Blest “nos acercamos al objetivo de nuestro viaje. Nos faltan cinco horas de vapor por el lago Nahuel-Huapi para llegar a San Carlos de Bariloche. Nos embarcamos al obscurecer en un vaporcito. Hoy no veremos el lago”, se resignó Juret. Continuará…
El autor agradece a Claudio Vargas Ojeda el préstamo de “La Argentina. Del Plata a la Cordillera de los Andes”. Originalmente, el libro se publicó en dos volúmenes, entre 1911 y 1913.