2026-05-24

SU LIBRO SALIÓ DE IMPRENTA EN 1903

Hubo un erudito italiano que se fascinó por Bariloche cuando apenas existía

Dos décadas después, fue el hazmerreír de la sociedad al perseguir un dinosaurio por los lagos de la Patagonia.

Bariloche recién contaba con un año de existencia formal cuando salió de imprenta un libro con la firma de un explorador italiano. En sus páginas hay descripciones sobre el Nahuel Huapi y otros rincones de la Patagonia que en su mayoría todavía permanecían prístinos. El autor todavía no contaba con 40 años cuando se aventuró por estas playas, en compañía de baqueanos y peones. Se consideró a sí mismo un afortunado por presenciar el espectáculo que en la actualidad, lxs vecinos de esta ciudad tenemos tan incorporado, que tal vez ignoramos.

Lee también: Nadie comió locro el 25 de mayo de 1810

“El lago Nahuel Huapí (sic) ha tenido la suerte de no haber sido conocido cuando el romanticismo embadurnaba, con sus afeites idílicos y bucólicos, los cuadros grandiosos de la naturaleza. Este lago, el rey de los lagos del mundo, no se describe; se admira en silencio y después, en las largas noches de invierno, rodeados por hijos y nietos, se dicen sus maravillas, como cuentos de hadas. Pero resultan hasta ahora escasos entre los argentinos aquellos que puedan decir: ¡yo lo vi!”.

El párrafo abre el capítulo 2 de “Trepando los Andes. Un naturalista en la Patagonia argentina”. Fue escrito por un hombre que dos décadas después protagonizaría un considerable papelón, al seguir dichos de dudoso origen y lanzarse a la búsqueda de un dinosaurio en los lagos de la región, pero para 1902 o 1903, resulta evidente que el oriundo de Roma se dejó fascinar por la majestuosidad del Gran Lago y sus alrededores.

Más allá de su crítica a los escritores del Romanticismo, su prosa no se distanciaba demasiado y a pesar de su aseveración –“no se describe, se admira en silencio”– invirtió varios párrafos en trazar una semblanza, ya que su desconocimiento por parte del público argentino la justificaba. “Trataré entonces de dar una lejana idea de esa placa de cobalto bruñido, agitada y rumorosa, quieta y solemne, que se extiende riente entre praderas, cubiertas de calceolarias de oro, que acaricia con sus olas cristalinas los rugosos trancos de los cipreses y de los robles, envueltos por enredaderas que columpian, péndulos sobre el agua, racimos de flores, y que estalla en argentinas carcajadas de olas erizadas y blancas allá donde un peñón atrevido intenta, inútilmente, invadir los serenos dominios de su cuenca encantada”.

El Tronador visto desde el río Peulla, al otro lado de Puerto Blest. Fuente: Memoria Chilena.

El autor era dueño de una considerable formación a raíz de su origen noble. Evidentemente, antes de recalar en el puerto de Buenos Aires a sus 24 años, había recorrido buena parte de Europa, a juzgar por los permanentes paralelismos que trazó entre las geografías autóctonas y las del Viejo Continente. “Y este lago riente, como aquellos besados por el sol de Italia, poético como una cuenca engarzada en el fondo de un valle suizo, toma aspecto severo y terrible allá donde el buril incisivo y artístico de sus aguas heladas, en paciente trabajo de siglos, ha labrado en las entrañas de piedra, abismos sombríos, columnas y pilares de templos siniestros, donde parecen haberse inspirado los arquitectos de Brama y de Zaratustra”.

El huemul

Después de navegarlo, escribió: “Todo calla. Se oye apenas el eco lejano de las mansas y cortas olas que arriban a la playa de afuera y de cerca, el golpe compasado de los remos, que han sustituido la vela inerte. Entre dos alerces frondosos, que surgen macizos en una grieta de piedra gris y lavada, aparece inmóvil y a tiro de fusil, la silueta de la gamuza alpina (sic), el huemul. Una bala poco certera no distrae su curiosidad, y la montaña repercute largo tiempo, en roncos y sumisos truenos, el estampido del crimen frustrado. Al rato, un grito agudo, un lamento horrible y angustioso de un monstruo agonizante, hiere los oídos y parece que hace temblar con sus vibraciones las hojas inmóviles del bosque dormido; una sorpresa en una caleta tranquila, seguido de blanca estela, avanza coqueto un vapor, que abusa del silencio solemne para agitar el aire con su sirena”. Véase qué manera de poetizar.

El fascinado visitante estuvo en uno de los rincones más emblemáticos del Parque Nacional Nahuel Huapi, que por entonces no existía. “Una señal y el abordaje está hecho en pocos minutos, la lancha es amarrada a la popa y nos deslizamos veloces hasta Puerto Blest, donde un pequeño muelle, una casucha, más chica aun entre las montañas que se le desploman encima, completa el ambiente noruego de Trondheim o Sognefjord”. El segundo es el fiordo más largo del país nórdico.

El brazo Blest saldría airoso de las comparaciones porque “aquí, a Dios gracias, no hay billetes circulares, ni turistas con programas al minuto, ni cañas de pesca de faquires ingleses esperando el salmón pagado de antemano. El viajero aquí no tiene programa ni cicerones; pero tiene una casucha abrigada, donde a la noche, hará el nido entre mullido colchón de lanas ahí amontonadas para la exportación, y desde ese rincón, húmedo y frío como un sepulcro, sentado sobre los maderos del muelle, allá delante de ese fiordo, en la vasta quietud de la naturaleza tranquila y el reflejarse indeciso de las estrellas, verá tenue y fosforescente la claridad de la luna, que baña afuera la superficie del lago; después, un estampido profundo y fuerte retumba en los desfiladeros de adentro: es el cerro Tronador, que fragorosamente envía al abismo avalanchas de nieve”.

Clemente Onelli cuando ya era una persona encumbrada en Buenos Aires.

Después de pernoctar en las instalaciones de la compañía Hube y Achelis, el viajero reinició su recorrido y legó una pequeña semblanza sobre la economía de la época: “pobres trabajadores chilotes, de cara emaciada y pálida, que a pie han superado la montaña fronteriza, suben a bordo, con su pequeño equipaje al hombro, en busca de trabajo más recompensado en las estancias argentinas. El vaporcito, en menos de una hora, se pone en la zona alegre e iluminada: ahora corre a todo vapor en direcciones opuestas, buscando las casitas de los colonos, escondidas en los fondos de las pequeñas caletas, y donde éstos, en débiles embarcaciones, vienen avanzando a fuerza de remo, en busca de la correspondencia, la única comunicación que tienen con el resto del mundo”.

Capricho de millonario

Antes de terminar su periplo en San Carlos de Nahuel Huapi -forma que utilizó el foráneo-, la embarcación hizo una pausa “en el puerto Anchorena de la isla Victoria, donde el capricho imitable (¿o inimitable? ¿Error de imprenta?) de ese millonario ha levantado edificios, ha iniciado industrias, y han, en fin, fundado la primera villa, que hará, más tarde, la villeggiatura (itálicas en el original) obligada de los argentinos y de turistas cansados de los paisajes reglamentados y maquillés que el bueno de Tartarín (un personaje mitómano y fantasioso) llamaba truc de campagines (truco de la compañía)”. En algunos sitios del Nahuel Huapi, aquel silencio que cautivara al italiano tenía los días contados, pero nunca se retiró del todo. “Trepando los Andes” es el “relato viajero” más difundido de Clemente Onelli. Sí, el de la calle.

Te puede interesar