Una charla profunda con Pedro Aznar: música, literatura, budismo, vinos y mucho más
Sé que digo lo que tengo para decir
sólo si soy enteramente quien yo soy.
Del libro Pruebas de fuego, de Pedro Aznar.
Pedro Aznar es sinónimo de música. Su vida ha sido delineada por el sonido. Multinstrumentista, vocalista, compositor, productor… También, hacedor de versiones de temas ajenos que, a través de su paleta sonora, transforma en propios.
Más allá de eso, es un amante de la literatura, y ha incursionado en la poesía escrita (tiene dos poemarios publicados, Pruebas de fuego y Dos pasajes a la noche).
Por otra parte, ha desarrollado un perfil enológico. Primero, con el músico y vitivinicultor Marcelo Pelleriti, sacó Abremundos; luego, con el ingeniero agrónomo Franc Evangelista, Akasha, una colección de vinos que, desde Mendoza, incorporan el alma del Mediterráneo.
Y, claro, siempre será un Segú Girán. De hecho, con David Lebón homenajearon al grupo en el Quilmes Rock de 2025, año en que también lo hicieron en el Festival Cordillera de Bogotá, Colombia. En marzo de 2026, en tanto, se presentaron en Santiago de Chile, y están próximos a encarar una serie de shows en el Movistar Arena porteño.
Pero, mientras llega el momento de brindar honores nuevamente a un tiempo que nunca fue pasado, porque la gente lo ha mantenido en el presente, Pedro está desplegando, en diversas ciudades argentinas, Una noche entre amigos, un espectáculo donde las canciones de otros artistas son traídas al escenario con su voz, además de temas propios, claro, en una amalgama que incluye anécdotas y confidencias. Con esa propuesta, se presentará en Bariloche, el 18 de abril, en el gimnasio María Auxiliadora, Beschtedt 754.
“Para mí, salir de gira es un hábito saludable. Me renueva, me cambia el horizonte, me hace encontrar con un montón de cariño llevando la música sobre el escenario. Lo hago desde los dieciséis años, así que si no lo tuviera sentiría que me falta algo esencial”, dice Pedro.
Pedro, alma de música (foto: Eugenia Neme).
—Estás por actuar nuevamente en la Patagonia, y en la región hay una arteria que lleva tu nombre. ¿Qué sentís al haberte transformado en calle?
—¡Sí, en Plottier! Es un placer enorme, algo totalmente impensado. No lo imaginaba ni en mis sueños más locos, pero me dio un gran gusto, fue un mimo hermoso que me hicieron. La verdad que me siento muy honrado.
—Comenzaste a actuar desde muy joven. Primero, con Madre atómica; luego, con Alas. ¿Cómo fue tu ingreso a la música? ¿Cuándo sentiste que ese sería el camino?
—Desde muy chiquito jugaba con los discos y con el tocadiscos. Recuerdo que dibujaba grabadores en la arena —sonríe, y sigue: —Tenía una obsesión hermosa con el asunto... Y después, cuando tenía nueve, me “mandaron” —aunque es una forma de decir, porque, en realidad, fue como que obedecieron un pedido implícito mío— a estudiar guitarra. Y llegué a las hermosas y muy felizmente pedagógicas manos de mi primera profesora, que me hizo sentir que hacer música era un hermoso juego, que estudiar no era una obligación ni una cosa que pesara.
—¿Recordás su nombre?
—Sí, Elva Vignaldo. Volví de mi primera clase fascinado, y luego iba con muchísimo gusto. Esa profesora fue como un sello para mí, creo que me abrió la concepción de que estudiar podía ser verdaderamente placentero, y es algo que después quedó para toda mi vida, porque seguí estudiando música a lo largo del tiempo, y mi idea de aprender el oficio, mi trabajo, aquello a lo que me dedico y amo, es de una apertura constante. Así surge la intención de estar siempre listo para innovar, hacer cosas distintas, desafiarme a mí mismo, aprender algo nuevo y aplicarlo a la obra.
—¿Cuál era la banda de sonido de tu infancia? O sea, si pensás en tu niñez, ¿qué escuchás en tu cabeza?
—Predominantemente, los Beatles, que eran mi centro musical. Amaba la música que hacían, tanto como la sigo amando hoy. También escuchaba a los Rolling Stones, blues, bossa nova, alguito de jazz, algo de música clásica, y ya en mi pubertad/adolescencia empecé a explorar a Astor Piazzolla, Egberto Gismonti, la música de los compositores impresionistas, como Maurice Ravel y Claude Debussy… Esa era un poco mi dieta musical.
En escena, con la guitarra (foto: Eugenia Neme).
—¿Y cómo llegó la literatura a tu vida? Porque, evidentemente, es algo que te apasiona; has publicado dos poemarios.
—En mi casa había pocos libros, no era una familia que podría definirse como lectora, pero felizmente había algunos de poesía, y eso me hizo tomarle amor desde muy temprano. Me fui metiendo en ese mundo de la mano de Pablo Neruda, y después fui llegando a otros autores, como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Walt Whitman… De chico, supe tener todo tipo de amigos, y entre ellos había un grupo donde había mayores que yo; en promedio, me llevaban cinco años, que a esa edad es mucho tiempo. Eran como hermanos más grandes que me informaban sobre autores, libros, películas, discos. Me prestaban textos y grabaciones, íbamos al cine juntos… Fue un poco como una hermosa educación artística.
—Nombraste a Neruda como el primer paso poético, ¿has estado en sus casas?
—Sí, en todas. En Isla Negra, Valparaíso y en La Chascona, que es la de Santiago. Sus casas representan perfectamente su cosmovisión y su modo de vivir. Era un tipo muy ligado al mar, y en todas sus casas hay mascarones de proa que coleccionaba, así como otras cosas referidas al océano. Precisamente, su casa de Isla Negra es como un poema arquitectónico al mar, una declaración de amor desplegada en la arena.
Campanas en la casa de Pablo Neruda en Isla Negra; detrás, el mar (foto gentileza de Noelia López).
—En un momento de tu vida te acercaste al budismo. ¿Qué te hizo hacerlo y qué encontraste ahí?
—En principio, me interesaron las filosofías orientales en general, toda la corriente del hinduismo, el Tao Te Ching, el taoísmo… Me parecían cosas fascinantes filosófica y espiritualmente. Y eso, de a poco, me fue llevando hacia el budismo. Creo que también tuvo que ver el hecho de empezar a hacer meditación trascendental a los veintiséis años. El budismo tiene una base firmemente puesta en la meditación como trabajo espiritual, como un modo de poder salirse de las dicotomías del mundo, de lo blanco/negro, falso/cierto; trascender eso y ver una realidad unificadora previa. Así que creo que llegué a través de la meditación, y no al revés, extrañamente. Es decir, la meditación me llevó al budismo, no el budismo a la meditación.
—Y es algo que continúa en vos en la actualidad, ¿verdad?
—Sí, claro.
Paz en escena (foto: Eugenia Neme).
—Por otra parte, estás incursionando en el mundo del vino, ¿cómo nació ese interés?
—Es algo que está muy relacionado con las giras. El ritual de beber vino apareció como modo de celebración después de dar un concierto; salir con los colegas a comer y tomar un vino como la manera perfecta de cerrar la noche. En mi casa natal, en realidad, no eran de beber mucho vino. Se trata de algo que descubrí a través de los compañeros músicos. Muchos años más tarde, me dieron ganas de meterme en el tema, de estar dentro de ese mundo, como un hacedor del vino. Así fue que estudié la carrera de sommelier y lo asumí mucho más en serio. Ahora hace casi quince años que estoy como productor de vinos.
—¿Los nombres para los vinos los escogiste vos?
—Sí, y están muy relacionados con lo que estábamos hablando. Mi primer proyecto se llamó Abremundos, y el actual, Akasha.
—¿Qué significa Akasha?
—Es una palabra en sánscrito (lengua indoeuropea con más de tres mil años de historia, que ha tenido un papel determinante en la mayoría de las corrientes filosóficas y religiosas de India). Significa cielo, éter o espacio. Se considera el quinto elemento (los otros son el aire, el fuego, el agua y la tierra).
Expresividad pura (foto: Eugenia Neme).
—Volviendo a la música, hace unos días, el 29 de marzo, se cumplieron cuarenta años del lanzamiento de Tango, el disco con Charly García. ¿Qué recordás de la génesis de aquella placa y qué significó para vos?
—En principio, fue un encuentro de amigos/hermanos. En ese momento, yo estaba viviendo en la ciudad de Nueva York, y Charly llegó de visita. Me llamó y nos encontramos. Los dos veníamos de situaciones difíciles, de rupturas, de cambios fuertes en la vida. Yo había dejado el grupo de Pat Metheny; él acababa de tener unos inconvenientes con su compañía discográfica y estaba bastante enojado, así que nos propusimos: “Hagamos un disco” —ríe, y sigue: —Teníamos apenas una semana, porque yo ya estaba por volverme para pasar las fiestas con mi familia; era diciembre de 1985. Uno al otro nos preguntamos: “¿Tenés temas?”. Los dos contestamos: “Sí, bocetos que habría que terminar”. Así que dijimos: “Bueno, ayudémonos a terminarlos y grabemos algo”. Así fue que llamamos al ingeniero Joe Blaney, que había grabado Clics modernos, donde yo también participé (Pedro había grabado diversos instrumentos en aquel disco de Charly, además de sumar su voz en Nos siguen pegando abajo). Joe, muy amablemente, consiguió un estudio con rapidez, y ahí terminamos las canciones a medida que íbamos grabando. En cinco o seis días, registramos todo. Charly se quedó un poco más, y terminó de mezclar con Joe. Después, se trajo el máster bajo el brazo a Buenos Aires y así se publicó el disco. Luego, hicimos una gira de presentación.
—A la distancia, ¿cómo ves aquella grabación?
—Es un disco hermoso, tiene cosas muy lindas. Por haber salido de una manera tan espontánea, está muy logrado. Hay grandes canciones ahí dentro. Es un disco que quiero mucho.
Tango: Charly y Pedro, unidos.
—Con Charly ya habías compartido Serú Girán, ¿cómo fue la convocatoria para ser parte de aquel grupo?
—Charly y David Lebón habían ido a Búzios. Estuvieron durante varios meses componiendo ahí, y después, cuando decidieron que ese dúo pasara a ser un grupo, nos contactaron a Oscar Moro y a mí, que viajamos a San Pablo, donde estuvimos durante un mes ensayando la música y grabando en el estudio El Dorado. Así fue que hicimos el primer disco.
—¿Qué sentiste cuando Charly te llamó?
—Tuve sentimientos encontrados. A David le pasó lo mismo. Le había dicho a Charly, en dos ocasiones, que no, sólo la tercera vez que insistió le contestó que sí. Porque David acababa de tener un nuevo hijo, y tenía varios chicos pequeños, quería dedicarse un poco más a su familia, por lo que armar un grupo grande le daba un poco de recelo en ese momento. Y a mí también. Yo venía desarrollando una línea musical que no se condecía muy bien con el hecho de armar una agrupación de rock/pop. Estaba explorando más por el lado del jazz y ese tipo de cosas. Entonces, cuando llegó la invitación, tuve sensaciones encontradas, no sabía si aceptar o no, pero, finalmente, lo que resolví fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida, porque hicimos una música preciosa y, para mí, fue una escuela única tocar con ellos; nos transformamos en familia, nos hicimos hermanos.
Revista oficial del regreso de Serú, en 1992.
—A lo largo de tu carrera, has hecho numerosas versiones de otros artistas. ¿Qué te lleva a escoger los temas? ¿Cómo sabés que una canción ajena va a quedar bien a través de tu lectura?
—Es una intuición. Pasa también por el hecho de que, cuando escucho esas canciones como público, siento algo así como: “Esto lo podría haber escrito yo, dadas otras circunstancias”. O: “Me hubiera gustado escribirlo”. Porque aprecio que tienen alguna resonancia conmigo desde lo creativo. Muy pocas veces me equivoqué al punto de querer hacer una versión y sentir que no le podía encontrar la vuelta o hacerle justicia a un tema. En realidad, esa intuición es muy certera. Cuando voy por una canción, ya imagino cómo hacerla, y termina resultando bien.
—De las composiciones de Luis Alberto Spinetta, por ejemplo, hiciste una gran lectura en la obra Puentes amarillos. Al escuchar su nombre, ¿qué te viene a la cabeza?
—En primer lugar, es un prócer. Se trata de alguien cuya obra trasciende a su vida física y la trascenderá por siempre. Lo digo con conciencia de lo que estoy diciendo; digo “por siempre” de verdad. Así como “por siempre” es Piazzolla, “por siempre” es Atahualpa Yupanqui, “por siempre” es Charly, “por siempre” es John Lennon. Eso es lo primero que me viene a la cabeza. Después, la linda amistad que tuvimos, momentos de reírnos mucho, de divertirnos, de jugar al ping-pong, instantes de amigote con él.
—Hay una canción que, cuando la cantás en vivo, se aprecia una profundidad particular en la interpretación. Me refiero a Como la cigarra, de María Elena Walsh. ¿Qué sentís cuándo hacés ese tema?
—Se trata de un himno que, con los años, ha ido cobrando cada vez más fuerza. Notablemente, es una canción de libertad, de resistencia y de resiliencia no sólo para el pueblo argentino, sino para Chile también, porque fue el tema que impulsó y que llevó la campaña del “No” cuando se hizo el referéndum en Chile para ver si debía seguir el mandato de Augusto Pinochet. Y en nuestro país, por supuesto, también es un himno de libertad y de la resiliencia de nuestro pueblo, después de cosas tan terribles como lo que pasó hace cincuenta años con la dictadura cívico militar, los treinta mil desaparecidos y toda la tragedia que se desató.
El mundo es un lugar
Yo soy un alma.
El mundo es un alma
Yo soy un lugar
donde Ella se manifiesta.
Del libro Pruebas de fuego, de Pedro Aznar.
Aznar, una leyenda que pronto arribará a Bariloche (foto: Eugenia Neme).
TICKETS
Las entradas para el show Una noche entre amigos, que Pedro Aznar presentará en Bariloche el sábado 18 de abril, en el gimnasio María Axiliadora, Beschtedt 754, con producción local de +Ayá Group, están disponibles a través de La Ticketera (https://laticketera.ar/PEDRO-AZNAR-Una-noche-entre-amigos).
Sobre el espectáculo, Pedro adelanta: “Hay mucha música de otros autores; por lo menos, dos tercios del recital. Elegí entre varios de mis favoritos, el canon, mis ‘monstruos’ sagrados, que son Charly García, Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati, León Gieco, John Lennon, Paul McCartney, George Harrison, Sting, Peter Gabriel, Johnny Mitchell, Red Hot Chili Peppers, Duran Duran…”.
Pedro en Bariloche, una garantía de buena música (foto: Eugenia Neme).