RELATOS QUE RESCATÓ BERTA KOESSLER ILG HACE 70 AÑOS
Hubo un incendio en Patagonia que fue recibido como buena noticia
Suerte de prócer en su pago chico, Bertha Koessler Ilg quedó en la historia de la Patagonia como “erudita en lingüística y folklore”. Si bien oriunda de Alemania, se instaló junto con su marido Rodolfo Koessler “en el Valle de San Martín de los Andes” a partir de 1920, según puede leerse en la solapa de “Cuentan los araucanos”, su celebrado libro. La edición que llegó a manos de El Cordillerano data de 1954 y la editorial la presentó como “una selección de cuentos, leyendas, sagas, de esa vieja raza”. Por entonces, se utilizaba esa terminología para identificar al pueblo mapuche.
En otros apartados, la autora incluyó uno que título “Cómo se hizo el primer fuego”, al que identificó como un cuento “del cacique Abel Curruhuinca”. Según la versión de la alemana, el lonco dijo: “en tiempos muy, pero muy remotos, jugaban cierto día con dos palos una nena y un varoncito. Los hacían girar, para ver quién lo lograba con mayor rapidez, apoyando un palo sobre otro. Pero uno de los trozos era de madera muy dura y el otro de madera blanda y el duro causó un hueco en el blanco. Y frotaban, frotaba…”
El resultado puede anticiparse. “Alegres a causa de lo que les había sucedido, los hicieron girar con más rapidez aún, hasta que de pronto saltó una chispa que incendió la capa de piel que llevaba la niña”. Con susto, “ambos tiraron la capa y los palos y entonces el fuego se propagó al bosque, el cual ardió, destruyendo árboles, plantas y animales”. Más o menos como ahora, pero milenios atrás el incendio fue bien recibido.
Es que según el relato, “toda la gente fue en busca de fuego, llevándose ramas llameantes y trozos de carne de animales asados. Y así, conocieron el primer asado”. Koessler Ilg recogió de su interlocutor que sus ancestros “llamaron a los palos Wentru-Repu y Domo Repu” con los siguientes significados: repu alude al palo que se usa para hacer fuego, mientras que wentru es hombre y domo o zomo mujer.
Berta Koessler en su juventud.
Añadió Curruhuinca que “para recoger más fácilmente las chispas, aprovecharon las ramas secas de un árbol que se llama Kaidül o Kaidell, porque arde tan fácilmente como la barba del Ñire”. Según la descripción de la autora, “el Kaidüll tiene hojas verdes, plateadas al revés”. En otra versión de la misma fuente sobre el origen del fuego, la narración dice que “rodaron en cierta ocasión por una pendiente unas piedras que fueron llamadas desde entonces Kütral Kura, o sea piedra del fuego o pedernal”.
Hongo yesquero
“Tan pronunciada era la pendiente que saltaron chispas por todas partes y varias cayeron sobre un árbol de los que llaman Coihue, que cubría el hongo yesquero”. Entonces, “ardió el árbol, se incendió el bosque y la gente descubrió así el fuego. Ponía el corazón del hongo agarico (sic) sobre un cuervo de vaca, frotaba un pedernal contra otra piedra cualquiera y las chispas caían sobre la yesca, inflamándola”. Es más, señala el relato que “aún hoy, a falta de fósforos, se emplean estos recursos”. Es decir, a mediados del siglo pasado.
Sin que se contraponga del todo con el aporte de Curruhuinca, Koessler Ilg incluyó además una versión que atribuyó a F. Cayún: “también cuentan de una planta chilena, el chupón seco o quiscal (sic)”. Añadió la autora entre paréntesis que los botánicos la llaman Greigia Spacelata. Fue la que “se incendió cuando los niños asustados arrojaron lejos de sí el cuero ardiente, la capa de la niña y los palos que se quemaban. También dicen que fue la barba del Ñire la que se incendió con las chispas rodantes. Es el Kenüwa”.
Un último relato sobre cómo la humanidad comenzó a valerse del fuego incluye elementos menos realistas. Aparentemente también lo aportó Cayún y dice: “una anciana poseía un trocito de rayo que había robado un tordo pechicolorado. Y guardaba celosamente ese fuego bajo las aguas del lago Traful. Cierto día, un niño travieso fue al lago a pescar camarones, y para apresar muchos de una vez, repetía palabras sagradas, diciendo: Meshéu-pú, meshéu pu”.
El lonco interlocutor de la recopiladora, alrededor de 1925. Foto de la revista "Fray Mocho" que se resguarda en el Instituto Iberoamericano de Berlín.
Sin embargo, “estas palabras no debían usarse con semejante finalidad. Pero resultaron útiles, porque el niño encontró el fuego escondido, se lo llevó metido dentro de una piedra hueca y se lo hizo conocer a la gente”. Para la folklorista europea, que falleció en 1965, “meshéu pu significa cierto número de camarones o muchos camarones. Según la leyenda, el camarón será el último sobreviviente del agua y de la tierra cuando sobrevenga la destrucción total”.
Cierra el racconto de Kossler Ilg otro relato que no difiere mayormente de los anteriores, aunque suma que “ante este suceso”, es decir, el desencadenamiento del incendio primordial, “la gente corrió en procura de fragmentos encendidos: alimentándolo con una esponja que crece sobre los coihues, procuraron mantener vivo ese fuego. Otros, viendo brotar chispas de piedras frotadas, se consagraban a producirlo”. Hace mucho, mucho tiempo, hubo un incendio en Patagonia -que obviamente todavía no se llamaba así- pero fue una buena noticia.