Un hombre con alma de vinilo
Lo primero que destaca al estar junto a él es su altura. Es alto, corpulento. Luego, claro, está la mirada, porque es dueño de unos ojos celestes que, de tan claros, parecen transparentes. El cabello largo, en tanto, le da cierto toque roquero, mientras que el color blanco de sus pelos habla de alguien que posee un largo camino vivencial detrás. Alejandro Bielli tiene cincuenta y siete años y es una referencia ineludible cuando se habla de discos en Bariloche, ya que es el fundador del Club del Vinilo. Pero su conexión con la música comenzó bastante lejos de estas coordenadas patagónicas.
Era 1983 y tenía catorce años cuando su hermano, que andaba por los dieciocho, tuvo la ocurrencia de alquilar un balneario de Mar del Sud para explotarlo comercialmente. Y aquí cabe un comentario: Mar del Sud es una localidad pequeña (muy). El lugar está a unos diecisiete kilómetros de Miramar y a unos sesenta de Mar del Plata. En la actualidad, el número de habitantes ronda los dos mil quinientos, pero cuando los hermanos Bielli aterrizaron provenientes de San Isidro, la cifra apenas superaba el par de cientos. Sólo durante la temporada de verano se veía un incremento, con la llegada de los turistas.
Ante la propuesta de su hermano, Alejandro acudió como disc-jockey, en lo que sería la piedra base sobre la que se construiría su sendero vinculado a lo musical.
Un cliente pispea el primer disco de Almendra.
“Aquel verano ‘explotó’, se llenó de gente, vinieron muchos músicos… Por la noche, todos se ponían a bailar… Era la época de Yendo de la cama al living, de Charly García. Sonaba mucha música nacional”, recuerda.
El lugar se llamaba El Chino Bar. La revista Gente lo definió como uno de los sitios destacados de ese verano. “Las personas iban desde todos lados a ese espacio medio aislado”, señala Alejandro.
“Ahí empecé a poner música. Tenía una sola bandeja, así que pasaba vinilos mezclados con cassettes… Era un engendro que hacía un pibe de catorce años… Pero lo importante era la música, y gustaba. Luego de que tocaban las bandas, se generaba un clima especial, y la gente se quedaba bailando hasta el amanecer”, sonríe.
Revisando, en busca de un CD.
“Después, ya en Buenos Aires, siguieron fiestas de quince, boliches… Los últimos años de los ochenta terminé en Nave Jungla, una discoteca emblemática de Palermo, y antes había pasado por un montón de otros lados. Cuando me cansé, vine al sur”, cuenta.
Y ese “cansancio” lo agarró temprano. “Tenía veintipico de años y quería irme de la ciudad, cansado de la noche, agotado de tanta actividad… Por ejemplo, cuando salía de Nave Jungla me iba a Parque Rivadavia para buscar discos, rastreando material nuevo”, recuerda.
“Ahí se juntaban todos los melómanos, con sus vinilos. Compraban, vendían, canjeaban… De alguna manera, aquello ideó la feria que después trajimos acá”, señala.
La vista en el infinito.
Destaca que, en aquellos tiempos, no había Internet. “El acceso a la música dependía de lo que uno fuera capaz de investigar. En el Parque Rivadavia descubrí un mundo musical, con géneros diversos. Me di cuenta de que, más allá de lo que podía pasar en un boliche, había otras cosas que, por ejemplo, servían para musicalizar programas radiales, cosa que también hice en algunas radios de Buenos Aires”, indica.
Vinilos a la vista.
“Al venir al sur, me alejé de todo. Primero estuve nueve años en El Bolsón, en una chacra. Me aislé. Pero, incluso aislado, un día llegó un tipo que vendía un transmisor de radio, así que puse una FM, Punta Nevada, 107.1, donde era sólo música”, señala.
Al mismo tiempo, hacía el sonido de músicos que recalaban en El Bolsón, como Nonpalidece o Diego Frenkel.
En el Puerto San Carlos, donde funciona la Feria Vintage.
Después, aterrizó en Bariloche. “Esta es una ciudad grande, ya no un pueblo, como El Bolsón, pero veía que no había una movida cultural como la de Buenos Aires, y me pareció que podía hacer algo. Mi sueño era que hubiese una especie de Parque Rivadavia, que la gente se juntara en una plaza a cambiar discos, pero no encontré mucho interés… No había mucha gente que tuviera vinilos, y menos vendedores. Así que empecé con un tímido Club del Vinilo por Facebook, en 2014, donde comencé a convocar gente… Así nació todo esto. Cada año hacemos ferias donde sumamos bandas locales”, relata.
El Club del Vinilo, una marca registrada para los barilochenses amantes de la música.
Alejandro cuenta que, en este momento, alrededor de dos mil novecientas personas integran el Club del Vinilo, publicando lo que ofrecen en Facebook. De algún modo, el espacio sirvió de impulso para que salieran de sus “cuevas” los melómanos que estaban ocultos. Además, cuando hacen encuentros, suelen invitar feriantes de otros lugares, lo que provoca que exista variedad en la oferta de material, cosa que suscita un interés renovado en los barilochenses.
Más allá de los vinilos que tiene para la venta, posee una colección propia cercana a las tres mil grabaciones, entre vinilos, CD y cassettes. Justamente, en cuanto a sus gustos, dice que le agrada mucho el pospunk, aunque aclara que escucha diversas propuestas musicales. A la hora de escoger tres discos como sus preferidos, cita las ediciones originales de Clics modernos, de Charly García; The dark side of the moon, de Pink Floyd; The queen is dead, de The Smiths.
El placer de husmear entre los discos.
Este hombre, que se inició como disc-jockey tanto tiempo atrás, también se dedica a la restauración de equipos de audio vintage. De tal forma, se ha interiorizado en la electrónica, primero porque investigaba para arreglar y mejorar sus propios artefactos; luego, porque se dio cuenta de que los melómanos de Bariloche necesitaban alguien especializado en el tema.
En la actualidad, Alejandro es parte de la Feria Vintage que se desarrolla los sábados de enero, y continuará durante los de febrero, en el Puerto San Carlos.
Alejandro, en el Puerto San Carlos.