2025-11-14

EN SUS COSTAS SUPO ONDEAR UNA BANDERITA CHILENA

¿A qué Pedro saluda la Península más característica de Bariloche?

Podría suponerse que la denominación honra a figura tan central del catolicismo, pero su origen es menos espiritual.

En el verano de 1856 cruzó la cordillera y bajó hasta el actual emplazamiento de Puerto Blest, una expedición chilena que lideraban los alemanes Francisco Fonck y Fernando Hess. Hasta donde se sabe, fue la primera exploración que llegó del oeste cordillerano en tiempos de Chile y la Argentina ya como países independientes de España. Para buscar antecedentes, hay que remontarse a la serie de viajes que había concretado el sacerdote Francisco Menéndez en la última década del siglo anterior, todavía en tiempos de la corona española.

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Para contextualizar, recordemos que en 1852 se produjo del lado argentino la Batalla de Caseros, que terminó con dos décadas de Juan Manuel de Rosas en el poder de la inestable Confederación. Y del año siguiente data la Constitución que más allá de algunas reformas en su segunda parte, es la que rige en la actualidad. Por entonces, se encontraba en su segundo año de mandato Justo José de Urquiza, seguramente más preocupado por los planteos de la díscola provincia de Buenos Aires que por los acontecimientos de la lejana cordillera.

Aunque hay otra narración más escueta, Fonck reconstruyó con lujo de detalles sus andanzas en el libro que publicó en 1900, precisamente para rescatar del polvo de los archivos del legado del franciscano: “Viajes de Fray Francisco Menéndez a Nahuelhuapi (sic)”. Según el diario de la expedición, el grupo llegó por vía lacustre a la península el 18 de febrero del año en cuestión y tuvo que permanecer en sus orillas porque un temporal de viento no permitió que continuara la navegación. Quiere decir que, en breve, se cumplirán 170 años redondos del episodio.

“Como al día siguiente corría viento y marejada, no pudimos seguir embarcados, sino que emprendimos la marcha por tierra en dirección al N para atravesar la punta o península en que nos hallamos y obtener una vista sobre la parte principal del lago”, consignó en sus anotaciones. Para Juan Martín Biedma, en realidad el contingente trasandino estuvo en la península Llao Llao, pero más allá de esa polémica, detengámonos en la imposición del nombre y a qué obedeció.

Durante la caminata forzada, “la marcha fue muy provechosa bajo el punto de vista botánico, puesto que las especies recogidas y vistas dieron la primera vez una idea de la flora enteramente desconocida de la región subandina (sic) oriental de la cordillera. Encontramos los coihues y colihues del Oeste, pero además no menos frecuente el cedro a que acabamos de aludir, el que se hallaba aquí en toda su lozanía y de diámetro algo mayor, alcanzando a más de dos pies”. Obviamente, el médico se refería a los cipreses.

Cuatro navegantes

Para estos tramos de su recorrido, la expedición se había reducido a un grupo de cuatro hombres. Es que “los elementos con que contamos a la llegada de Puerto Blest no nos permitieron construir una embarcación en regla; tuvimos que limitarnos a fabricar para nuestra excursión por el lago una canoa de un palo de alerce de dimensiones medianas, por no haber hallado otro mejor. De esta manera nuestra exploración se redujo aquí a una partida avanzada de reconocimiento. Habiendo buen tiempo y calma, nos embarcamos yo y Fernando Hess con el piloto Pedro María Uribe y el indio Juan Currieco (Pichi Juan)”. El paréntesis está en el original.

Finalmente, “habiendo atravesado el ancho de la península obtuvimos en su orilla opuesta una espléndida vista sobre la mayor parte del lago Nahuelhuapi (sic): vimos la cordillera del Oeste, todo el anchuroso brazo Norte, con su gran isla, sus ensenadas y sus islas pequeñas, y una parte del Este; solo el Sur nos quedó vedado”, lamentó Fonck. Quiere decir que los viajeros no alcanzaron a rodearla.

Hess dibujó los panoramas que observó, pero un incendio en el edificio del Congreso chileno destruyó esos testimonios gráficos. Al día siguiente, el reducido contingente retornó al punto adonde había dejado la canoa y ahí tuvo que permanecer hasta que amainó el viento. “Haciendo uso de nuestro derecho de descubridores, llamamos la punta o península visitada primero por Menéndez y ahora por nosotros, Punta de San Pedro, en obsequio de nuestro piloto Pedro María Uribe por los buenos servicios que nos prestó”.

En consecuencia, rincón tan característico de la fisonomía barilochense no brinda homenaje directamente al apóstol del catolicismo, sino a un navegante chileno al servicio de dos alemanes. Aunque había nacido en Renania (Alemania), Fonck se había radicado en Chile a sus 24 años y se identificó fuertemente con su lugar de acogida, a tal punto que lamentó expresamente que los sitios que exploró en el Nahuel Huapi no se incorporaran a la jurisdicción de su país de acogida.

El renano adjudicó la supuesta pérdida a la actitud de los gobiernos que sucedieron al de Manuel Montt. Cuando anduvo por aquí y después de tres días de espera ante las adversidades climáticas, “finalmente una mañana antes de salir el sol, nos pudimos embarcar. Dejamos clavada en la playa del mismo puerto la banderita chilena como símbolo de la posesión de Chile y recuerdo de nuestro avance”, consignó en su diario de viaje.

Casi cinco décadas después, lamentó Fonck: “A pesar de los esfuerzos hechos posteriormente por Cox y por mí, a consecuencia de la indiferencia con que los gobiernos sucesores de D. Manuel Montt miraron a la Patagonia, nuestra toma de posesión no se radicó: por el tratado de 1881 esta región y casi toda la Patagonia ha pasado al dominio definitivo de la República Argentina, consumándose la cesión por parte de Chile de un vasto territorio”. En términos estrictos, nadie puede ceder aquello que nunca poseyó. La soberanía chilena no prosperó en el Nahuel Huapi, pero sí el nombre que en la Península recuerda a Uribe y su templanza marinera.

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