Las postales patagónicas de Edgardo Lanfré
“Siempre pienso que, mientras cuento un relato o hago una canción, detrás hay una especie de ventana que abro para que se vean postales de nuestra gente y la región”. El que habla es Edgardo Lanfré, un hombre vinculado, desde el arte, con la ruralidad, pero sin desdeñar lo urbano (él dice que se sitúa en una terminal intermedia, llevando información para un lado y para el otro desde esa ubicación de neutralidad geográfica y espiritual).
Sus canciones y narraciones —que conforman sus “postales patagónicas”— podrán disfrutarse el jueves a las 19.30 en el espacio ubicado en Modesta Victoria 3566 (para reservas y más información, los interesados deben escribir a museodelosviajeros@gmail.com).
Tinta y papel se unen a la guitarra.
Lanfré, que anda por los sesenta y cuatro años, revela que la primera vez que agarró una guitarra tenía cinco.
—¿De quién era el instrumento?
—De mi papá… Con el tiempo me di cuenta de lo que es el precio y lo que es el valor. Mi padre había venido de Calabria, Italia, y trabajaba en una estancia. Había llegado a Buenos Aires, de ahí fue a Los Menucos y después a Catán Lil, en la cordillera neuquina, donde estuvo unos años. En un momento, fue a visitar a su hermano, que se encontraba en Villa La Angostura, y cuando vio todo esto le pareció similar a la región de Italia de donde él era. Cuando decidió venir a Bariloche, con su valija y lo que había ahorrado, un amigo que le debía dinero le dijo: “No tengo plata, pero te puedo dar una Ford A o una guitarra”. Y mi papá pensó: “¿Para qué quiero un auto si no sé manejar?”. Entonces, se trajo la guitarra, que, para él, era más valiosa que un vehículo. El instrumento estaba en casa, y ahí empecé a garabatear los primeros tonos. Después, gente conocida me fue enseñando, y luego formalicé entrando en un conservatorio.
Edgardo ve un atractivo en la ruralidad.
SENTIR PATAGÓNICO
En un momento de su vida, Edgardo residió en Buenos Aires, pero una visita a Bariloche lo hizo decidir volver a este territorio. “Allá estaba haciendo una carrera como músico, muy bien instalado, y en 1983 vine a votar. Tenía muchas ganas de hacerlo; era mi primera elección. Había entrado a la escuela con Juan Carlos Onganía en el poder, y salí con la Guerra de las Malvinas, así que imaginate… nada de democracia, salvo el intervalo de la vuelta de Juan Domingo Perón. Para mí, que hubiese música que estuviese prohibida, que te pararan y pidieran documentos, en fin, todo eso era normal”, expresa.
“Cuando llegué a votar y recuperé todo esto, me di cuenta de que este era mi lugar, así que en el viaje de regreso a Buenos Aires decidí que iba a retornar a Bariloche. Fui a la pensión porteña, avisé que me iba, junté mis cosas, cancelé todo lo que tenía de laburo y volví acá”, evoca.
Al regresar a estos pagos, Edgardo comenzó a visitar diversos programas de radio, donde le comentaron que veían que poseía gran capacidad de comunicación y lo incentivaron a explotarla. “Uno, cuando es pibe, no da mucha bola, pero se empezaron a abrir puertas, con invitaciones a diversos programas, y así, a la parte estrictamente musical, le fui agregando relatos, humor… Y, más adelante, alguien también me dijo: ‘¿Por qué todo eso que narrás no lo volcás en libros?’. Me aconsejaron que escribiera como hablaba, y así empecé a hacerlo, refiriéndome a cosas que veía, otras que me contaban y algunas que después fui creando”, señala.
Lanfré y el Limay, una unión natural.
—¿Qué te atrae de tanto de la Patagonia? ¿Qué es aquello que te lleva no sólo a vivir acá, sino a que tu arte se vincule siempre con lo patagónico?
—Creo que es la necesidad de contar cosas mías. Hablo de lo que hay a mi alrededor. Me apasiona la cultura de los pueblos originarios, su saber, el mensaje que tienen, su cosmovisión. Y también me interesa el criollo, cómo se las arregla entre lo que viene desde atrás y lo que le ofrecen adelante. Dentro de eso, está la ruralidad, o sea, el silencio de la gente de campo, su pausa, su bonhomía… Y, de esa manera, me importa investigar sus expresiones, lo verbal y también lo musical.
—Pero esa ruralidad la expresás desde la urbanidad, porque estás en la ciudad. Es decir, sos una especie de hombre de campo urbano…
—Yo creo que me paro en la terminal. Porque las terminales suelen estar a la entrada del pueblo. Y lo lindo es ser como un vehículo de interacción. Contás en la ciudad lo que sucede en el campo y se genera todo un misterio, un asombro acerca de lo que pasa a veinte kilómetros. Y también a la inversa.
Postales (patagónicas) del alma.