QUÉ PASABA EN 1810 MÁS ALLÁ DEL CABILDO Y LA PLAZA MAYOR
El Buenos Aires de la Revolución: bailes afros indecentes y almuerzos de 20 platos
Para 1810 la población de origen africano en Buenos Aires rondaba las nueve mil personas, aproximadamente el 30 por ciento del total. Sin embargo, no salió en la foto de la Revolución. Antes del 25 de mayo los sectores pudientes no tenían prurito alguno en consolidar sus fortunas a través del trabajo esclavo, pero se molestaban ante los cónclaves que se producían en los arrabales con batir de tambores, bailes y cantos.
En efecto, un informe del procurador general del Cabildo de 1788 denunciaba “sus bailes en los extramuros de ella (por la ciudad) en contravención de las leyes divinas y humanas”. Para el funcionario virreinal era indignante la existencia de “verdaderos lupanares donde la concupiscencia tiene el principal lugar, con los indecentes y obscenos movimientos que ejecutan”.
Además, el devoto cabildante encontraba muy preocupante que “las niñas” de la sociedad todavía hispana encontraran diversión en esas festividades ardientes, a los que concurrían “a modo de paseo”. Llegaban a reunirse más de dos mil personas de origen afro en tamaños encuentros. La burocracia encontraba escandalosas sus maneras de divertirse y amarse, pero no experimentaba el menor remordimiento en prolongar el esclavismo.
A pesar de las disposiciones de la Asamblea de Año XIII la sujeción se prolongó varias décadas y consolidó la opulencia de los sectores acomodados. En 1825 participó de un almuerzo en Buenos Aires el militar británico Francis Bond Head, un hombre de mundo que, sin embargo, se asombró ante la abundancia con que obsequiaron a los comensales los dueños de casa. Más tarde teniente gobernador de Canadá, puntualizó en los textos que legó la presencia de “tres esclavas negras” que atendieron la mesa y sirvieron sucesivamente unos veinte platos: sopas y caldos, guisos de “carne de vaca hervida, ternera asada”, ensalada y verduras aderezadas con aceite.
“Nuestros anfitriones insistieron para que comiéramos de todas las viandas servidas en sucesión, y se mostraron tan solícitos que nos obligaron a comer más de lo que deseábamos”. Al finalizar las comidas propiamente dichas, una de las esclavas elevó un largo rezo que Bond Head no entendió, pero vio que “la familia se persignó en la frente, la boca y el pecho”. Después vino el postre, “una gran profusión de higos maduros, duraznos, albaricoques, peras, manzanas” y “naranjas”. Tal vez a título de queja, el europeo observó que “no se bebió otra cosa que agua”.
Ciudad cárcel
Otro británico había desembarcado en Buenos Aires seis años antes y sus primeras impresiones fueron desconcertantes, porque pensó que se trataba de un poblado de cárceles. John Miers vio que las casas cercanas a la costa “no tenían bastidores para vidrios y el vano estaba defendido por barrotes de hierro”. Más allá de los barrios ribereños ocurría otro tanto y “eran, en general, de un solo piso. Por el aspecto de abandono y su exterior mezquino más parecían calabozos que habitaciones de un pueblo industrioso, civilizado y libre”, cuestionó el visitante.
Pablo Balcarce, cartero de origen afro (1912). Archivo General de la Nación.
Un compatriota suyo coincidió al identificar una atmósfera carcelaria, aunque entendió que esas pequeñas fortalezas, provistas de azoteas, contribuyeron a causar la derrota británica de 1807 durante el segundo intento de invasión. También llamó la atención de Miers la llamativa concentración de lavanderas que se producía a orillas del río, al que calificó de “ejército de jaboneras (que) se extiende hasta cerca de dos millas”, es decir, poco más de tres kilómetros.
Obviamente, no humedecían sus manos en las aguas marrones las esposas o hijas de estancieros o comerciantes, sino “las esclavas negras y sirvientas”. “Lavan bien, colocando la ropa sobre el suelo para secarla. Las ladronas son castigadas con zambullidas” y más allá de los pormenores del oficio, el británico encontró peculiar “la forma en que se conservan sus hábitos africanos”. El londinense supuso que mayoritariamente, provenían de Guinea y Mozambique.
El estadounidense Henry Brackenridge fue menos crítico porque entendió que Buenos Aires era “una tierra de libertad”, quizá porque al igual que en su país, el esclavismo estaba naturalizado. “No vi más que la sencillez y simplicidad del republicanismo; en las calles no había más que simples ciudadanos y ciudadanos soldados… casi podría imaginarme en una de nuestras ciudades a juzgar por la ropa y el aspecto de la gente que encontraba”.
Brackenridge llegó a la ciudad en 1818, dos años antes de que se desvaneciera el Directorio durante la crisis que se llamó Anarquía del año 20, cuando se profundizaran las disputas entre los partidarios del centralismo y las provincias. Como venía de la atmósfera imperial de Río de Janeiro, celebró la ausencia de ritos cortesanos: “el director supremo no tiene criados, caballeros de cámara ni nada del séquito perteneciente a la realeza, ni su esposa tiene damas de honor; su casa es más sencilla que la de la mayor parte de los ciudadanos particulares y de fortuna de nuestro país”, elogió. También resaltó la condición femenina: “a las mujeres en vez de estar encerradas por los celos se les permite pasear y respirar el aire común”.
Primeros inquilinatos
Pero había libertades y libertades. El crecimiento demográfico que comenzó a registrarse antes de la Revolución detonó una problemática que parecería contemporánea: comenzaron a faltar viviendas. Ni lerdos ni perezosos, los sectores pudientes empezaron a levantar en la zona céntrica edificaciones cuya finalidad fue funcionar como inquilinatos. Se subdividían en pequeños ambientes para hacer más rentable la inversión y como contrapartida, menos cómodo el hábitat de los inquilinos.
Como Altos de Escalada se conoció a un edificio que se erigió en el lado sur de la Plaza Mayor (la Plaza de Mayo de hoy), propiedad de Francisco Antonio de Escalada, acaudalado bonaerense que más tarde se convirtió en suegro de José de San Martín. Popularmente llamaban La Cuartería al lugar y se caracterizaba por contar con un largo balcón continuo que rodeaba el frente y servía “de desahogo a los innumerables inquilinos que ocupaban piezas independientes”.
En la planta baja de La Cuartería había una serie de locales comerciales, entre ellos, unas fondas o restaurantes más bien populares. En La Catalana, propiedad de una mujer barcelonesa, solían comer los tenderos de origen español. El plato más celebrado era el mondongo a la catalana. No obstante, los edificios de “altos” eran más bien una rareza: para 1819, sólo había 16 casas de dos pisos y todos estaban en cercanías de la Plaza Mayor, el centro neurálgico de la ciudad.
Una de ellas, que luego se conoció como los Altos de Riglos, la obsequió el Directorio al general San Martín el mismo año. En 1833 la adquirió Miguel Riglos y de ahí su nombre histórico. Se demolió junto con otros edificios de larga data cuando se abrió la Avenida de Mayo. La Argentina nunca se caracterizó por la intención de preservar su patrimonio histórico.