UNA MORGUE A “CIELO ABIERTO” EN LAS ARCADAS DEL CABILDO
Una macabra costumbre rioplatense que sobrevivió al 25 de mayo
Nueve años después de la Revolución cambió de rubro la Recova Vieja, una construcción que se había levantado en 1802 y dividía de manera transversal a la Plaza Mayor de sur a norte. Contaba con 24 arcos que, a su vez, se dividían por otro gran arco y portal central que permitía el tránsito entre un sector y otro del espacio. La construcción albergó 48 locales que, en primera instancia, comercializaron carnes, verduras, aves, frutas y pescados. También la merodeaban mercachifles de diversos rubros porque se convirtió en el principal mercado a cielo abierto de la ciudad.
Su primer inquilino fue Leonardo San Pedro y Pasos, un comerciante de licores y dulces que se instaló en 1803 frente al Cabildo. En 1822, las autoridades decidieron suprimir la venta de comestibles en el ámbito de la Plaza Mayor y entonces, la Recova se transformó en sede de “tiendas de ropas hecha, generalmente de lo más ordinario: allí acudían preferentemente los marineros”. Legó la observación precedente José Antonio Wilde, quien además se quejó de la insalubridad gastronómica: “entre las 2 y las 3 de la tarde no se podía pasar por la Recova poque el olor a viandas era insoportable y el tufo a comida que en verano salía de cada tienda de ésas volteaba como un escopetazo”. Gráfica descripción.
Casi todos los comerciantes empleaban jóvenes que barrían los locales, hacían mandados y ayudaban a vender. Se les llamaba recoveros y en las noches, dormían sobre colchones que tendían sobre los mostradores. La Revolución de Mayo no era para todos… En 1819 se construyó otra que recibió el calificativo de Nueva, de ahí que la inaugural fuera la Recova Vieja.
La Plaza de Toros se había erigido en 1801 donde hoy está la Plaza San Martín, descampado que por entonces se llamaba El Retiro. Tuvo capacidad para ocho mil espectadores, es decir, el 20 por ciento del total de la población en aquellos tiempos. Por espacio de una década congregó multitudes cuando se celebraban corridas. En 1807 fue escenario de reñidos combates entre porteños y británicos durante la Segunda Invasión Inglesa y como consecuencia sufrió serios destrozos. Por un tiempo, se llamó Campo de la Gloria, porque precisamente allí se firmó la capitulación británica.
No más toros
Después de la Revolución de Mayo, se usó el reducto como caballeriza el Regimiento de Granaderos a Caballo que ideara San Martín. Después retornaron las corridas, pero ya no gozaron del fervor popular anterior porque las nuevas autoridades las consideraban rémoras del antiguo régimen. En 1815 observó críticamente el diario El Censor: “el domingo se celebró una excelente corrida de toros… hubo la ocurrencia agradable de dos caballos muertos a cornadas, en que los niños se nutrieron sus corazones de sentimientos filosóficos en la contemplación de las entrañas de uno de dichos animales, que las anduvo arrastrando más de diez minutos por toda la plaza”. Juan Martín de Pueyrredón ordenó demoler la Plaza de Toros en 1819.
El Cuartel del Retiro se construyó donde antes estuvo la Plaza de Toros. Archivo General de la Nación.
La mayoría de los viajeros europeos debió sorprenderse al momento de desembarcar. Si bien existía un muelle de piedra a la altura de la calle Sarmiento del presente, era poco menos que inútil porque ni siquiera en bote era posible acercarse a raíz de la escasa profundidad. Desde el velero que se tratara, los pasajeros debían saltar hacia una gran carreta que hacía el traslado por espacio de unos 100 metros. Se congregaba un número importante para llevar a tierra a todo el pasaje, que permanecía de pie durante el acuoso periplo. Tiraban de los carromatos dos caballos, uno de ellos con jinete. Antes de su destrucción por un temporal en 1822, funcionó en el muelle una oficina de la aduana, que sobre todo se preocupaba porque los recién llegados no ingresaran oro o barras de plata sin declarar.
Por entonces funcionaba el Coliseo Provisional, la única sala de teatro con que contaba Buenos Aires, donde en general se representaban óperas. Desde 1805 se vacunaba contra la viruela y en 1811 se alzó el monumento que exageradamente, se llama hasta hoy Pirámide de Mayo, cuando apenas si se trata de una especie de obelisco. Al año siguiente se fusiló contra sus verjas a partidarios de la monarquía que participaron del llamado Motín de Álzaga. En el lapso de tres meses, se ajustició a 32 realistas.
El 2 de mayo de 1825 la sociedad porteña supo por la prensa que el último jefe realista del Alto Perú había caído en una emboscada. Si bien las montoneras que lideraban los hermanos Pincheira gozaban de buena salud y llegaron a maniobrar muy cerca de Buenos Aires, tanto los medios periodísticos como sus lectores festejaron con creces el acontecimiento: “No existe un solo enemigo sobre la tierra de Colón. La Patria es libre”, exclamó el periódico Argos. Llamativa expresión… ¿La tierra de Colón?
“Gusto y primor”
Un mes después se celebró un ostentoso baile en un espacio de la Manzana de las Luces, del que participó el jet set de aquel entonces. Con la participación de dos orquestas de 20 músicos cada una, se congregaron unas 700 personas, entre ellas, 300 mujeres “ricamente adornadas con decoro, gusto y primor”, según el testimonio del mismo medio periodístico. La fiesta arrancó a las 9 y media de la noche y finalizó a las 8 de la mañana del día siguiente. Para celebrar la derrota monárquica se bailaron valses, minuetes y “vistosas contradanzas”. Al finalizar se cantó la Marcha Patriótica, es decir, la versión original del actual Himno Nacional Argentino.
El esplendor que los cronistas obviamente varones encontraban en las mujeres del sector pudiente contrastaba con una costumbre de ribetes macabros. Hacia 1818, un artículo de Pedro Agrelo en El Abogado Nacional cuestionaba que todavía se exhibieran bajo los portales del Cabildo los cadáveres que se encontraban en las calles de la ciudad. Se procedía de esa forma para que los parientes o amigos del fallecido tuvieron oportunidad de reconocer la identidad de los cuerpos. Así las cosas, la galería del histórico recinto funcionaba como una suerte de morgue judicial al aire libre.
Al parecer, era relativamente habitual que gente apareciera muerta en las arterias de la presuntuosa Buenos Aires, sin que nadie se escandalizara demasiado. Todavía en 1822 se quejaba el Argos, el mismo periódico que enalteció el baile post derrota realista: “El sábado 9 del corriente (febrero), a la misma hora que la retreta del regimiento de Cazadores formaba con la hermosa luna las delicias de los bandos de uno y otro sexo en la Plaza de la Victoria, se ofreció el espectáculo pavoroso de un cadáver con un farol empañado bajo los portales de la casa de Justicia”. El medio se refirió a una costumbre que “ya se creía olvidada” y editorializó sobre la necesidad de eliminarla, porque “no pueden tolerarla la razón ni el buen juicio”. Tenía razón.