EL SUEÑO DE UN REFUGIADO DE LA SEGUNDA GUERRA QUE SE HIZO REALIDAD
La increíble historia que hay detrás de las cabañas al pie del Tronador
Las cabañas originales experimentaron remodelaciones y mejoras varias desde la década de 1950 hasta el presente, pero “mantienen el diseño en madera y la calidez de lo artesanal” de sus principios. Están al final del camino al cerro Tronador y exclusivamente durante los veranos, reciben a los centenares de turistas que recorren “el valle hasta el ventisquero Negro”. Detrás de su calidez y hospitalidad, hay una historia que merece conocerse. Se inició muy lejos de aquí, cuando buena parte de la humanidad pugnaba por atravesar una de sus peores pesadillas.
Con el apellido Jerman, “Francisco -Frenk en esloveno- nació el 16 de octubre de 1920 en Eslovenia. Padeció la Segunda Guerra Mundial y la llegada del comunismo a su tierra natal. Por ello, emigró hacia la Argentina, a donde viajó junto a Dinko Bertoncelj, también esloveno, a quien conoció en el campamento de refugiados de Peggez, en la ciudad de Lienz (Austria). Ambos fueron deportistas, esquiadores y montañistas. Entre otras montañas subieron el Grossglockner, la más alta de Austria, en 1947”.
La dupla arribó “a Buenos Aires a fines de 1948, en un barco lleno de emigrantes. Se alojaron en casas de compatriotas, residentes en Buenos Aires, pero ambos ya tenían decidido seguir viaje al sur. En la capital del país 'habían conocido a Vojko Arko, quien ya residía en Bariloche, y les habló maravillas del lugar'. Precisamente, reconstruyó la historia el hijo del último, Toncek, para su libro “Monte Tronador. La montaña insignia del Parque Nacional Nahuel Huapi”, disponible en librerías desde los primeros meses de 2025.
Desafortunadamente “Dinko se enfermó de hepatitis y ello motivó que Jerman y (Juan) Fleré (otro esloveno) viajen juntos, un tiempo antes. Se alojaron en La Veneta, un hospedaje donde residían la mayoría de los inmigrantes de bajos recursos arribados a la zona del Nahuel Huapi, situado donde hoy se ubica el restaurante Familia Weiss, en Palacios y Vicealmirante O’Connor”, precisa la narración.
Cinco meses en esa carpa. Foto: gentileza Toncek Arko.
Al llegar, Jerman consiguió varios trabajos, “pero fue consciente que para formar una familia tenía que incrementar sus ingresos”, consideró Arko. “Bariloche ya era una ciudad turística y cada verano centenares de visitantes recorrían la región. Pero faltaban servicios. Francisco evaluó que una confitería al final del camino al monte Tronador podría ser una alternativa viable”.
Lejos y sin servicios
Con esa idea en mente “presentó un proyecto de iniciativa privada en la intendencia del Parque Nacional Nahuel Huapi. La propuesta fue analizada y aprobada. Demandaba inversión, pero sobre todo muchísimo trabajo y sacrificio. Estaba situada en un lugar lejano, inhóspito y carente de servicios. Sólo podía operar un par de horas por día, durante el verano. Un emprendimiento típico para idealistas, aventureros, soñadores”, especies que en la actualidad parecieran en extinción.
La cuestión es que “Jerman pidió un crédito y compró la madera para la construcción, que fue trasladada en un camión. Juntó herramientas y comida y se mudó durante el verano para construir la cabaña. Dinko Bertoncelj lo ayudó, junto a otros ocasionales voluntarios. Dormían en carpa. La única comunicación con Bariloche la tenían con el arribo de uno o dos micros durante el mediodía. En ese primer verano construyeron la primera cabaña de troncos”, afirma el rescate.
El emprendedor no estuvo solo en aquella aparente locura. “Francisco había conocido a Lucka Kralj en Buenos Aires, ya residiendo en la cordillera. Se enamoraron y proyectaron un futuro juntos. Ella era 14 años menor. El proyecto conjunto era atender la pequeña confitería al pie del monte Tronador”. Así las cosas, “en invierno de 1954 Francisco viajó a Buenos Aires para casarse y traer a su esposa a la cordillera”. Después de la ceremonia “a los pocos días ambos subieron al tren para trasladarse a la región del Nahuel Huapi”.
En el pueblo “vivieron en una pequeña casita que Francisco había alquilado. Proyectaron la atención debajo del Tronador y todo lo necesario para vivir allí y brindar un buen servicio. La compra de la mercadería implicaba una gran inversión. Pero el señor Grünstein les vendió la gaseosa, las bebidas sin alcohol, galletitas, chocolatines y otros artículos a pagar después del verano. Berti List ofreció su camión para el traslado, también con flete a pagar después de la temporada”. Por entonces, la inflación era un fenómeno desconocido en la Argentina.
Arko utilizó como fuente el libro “¡Quiero vivir!”, que Lucka escribió en esloveno para perpetuar el recuerdo de su marido. Según el relato de la protagonista, llegaron de noche y “después de bajar todo el camión partió. Quedamos en plena oscuridad, en completo silencio, en una noche fría y despejada. Francisco armó la carpa y cansados, nos metimos en las bolsas de dormir para esperar el nuevo día. De repente, escuché un terrible ruido. Pero Francisco me tranquilizó, explicó que eran desprendimientos del glaciar, pero muy lejos de nosotros”. Maneras que tiene la montaña de dar su bienvenida.
Nombre injusto
“Al día siguiente salí de la carpa y pude ver dónde me encontraba”, legó la mujer. “Al frente estaba la pared de mil metros que limita con los glaciares superior del Tronador. En sus laterales hay paredones menores y a la derecha se ubica el glaciar Castaño Overo. Detrás de mí comenzaba el valle que comunica con Pampa Linda. El bosque es amplio, pero sin vegetación arbustiva, había varios arroyitos y el río, que baja de la Garganta del Diablo. ¿Quién habrá puesto ese nombre? También vi muchos pajaritos multicolores. Debo reconocer que el lugar, en esta primera vista, me gustó”.
La pareja en 1979. Foto: gentileza Toncek Arko.
Sin embargo, el disfrute bucólico tenía sus contratiempos. “Francisco prendió nuestra futura cocina: un pequeño fogón, donde a partir de allí preparé todas las comidas. Nunca había cocinado de esta manera. Para lavar las cosas había que calentar agua en una olla grande y enjuagar en el arroyo. Tampoco había baño. Ni heladera, pero pronto comprobé que el lugar es más bien fresco y eso no sería un problema”, razonó Lucka.
Durante esa primera temporada, la rutina de la pareja alternó las visitas turísticas de las tardes con el silencio del resto de la jornada, hasta que “en otoño la cantidad de visitantes disminuyó muchísimo. Hubo días en que no vino nadie”. Y de pronto, la mala suerte: “Una tarde, mientras había hervido el agua y calentado la leche para una merienda, se me volcó una olla sobre la pierna, abrigada con medias de lana. La quemadura fue terrible y grité con todas mis fuerzas”.
Solícito “Frank vino corriendo para asistirme. Me apartó la media con la piel y quedó la quemadura expuesta. Pero no teníamos nada para aliviar la quemadura. Me recosté en la construcción de lo que sería nuestra futura casita entre lágrimas, aguanté el dolor. Afuera había comenzado a nevar”. Como consecuencia de la nevada, el aislamiento de la pareja se acentuó, porque los vehículos dejaron de subir.
Pero aún quedaba más margen para el dolor. “Una noche, yendo para ir de cuerpo -no puedo decir que iba al baño, pues no teníamos aún- fui saltando sobre mi pie sano, con tanta mala suerte que caí con el talón sobre un clavo. El dolor fue terrible y caí al suelo”. Una vez más, “Frenk vino corriendo a ver qué pasó y se asustó mucho cuando vio la madera con el clavo en mi talón”.
El médico más cercano estaba a unos 80 kilómetros de distancia, pero no era cuestión de desfallecer. “Me trasladó a la casita, me quitó el calzado y la media y luego, apretando con las manos acercó su boca a la herida para extraer la sangre. Me dijo que una herida así es muy peligrosa, pues si el clavo estaba en mal estado la sangre podría infectarse. Finalmente me improvisó una venda en el pie. Esto empeoró mucho mi situación, pues ahora no podía caminar”, lamentó su compañera. “Afuera seguía nevando”.
Pan y manteca
El mal tiempo se prolongó, nadie llegaba al lugar de los Jerman, se vieron obligados a racionar los víveres que quedaban “y el frío comenzó a ser un problema importante”. Por varios días sólo vieron zorros, caranchos y chimangos, hasta que un día, uno de los choferes que conocían se hizo presente, pero a pie, para acercarles una pequeña encomienda. Contenía pan y manteca. Debió ser la merienda más rica de la vida…
“Finalmente, una lluvia lavó la nieve y dos colectivos pudieron subir”, evocó Lucka. “También había un asiento en cada uno para nosotros. Volvíamos a Bariloche después de casi 5 meses. Fue una tremenda alegría regresar a nuestra humilde casita, con una cama, cocina y baño. Nos parecía algo maravilloso. Pudimos cancelar todas las cuentas y nos sobraron unos pesos para llegar al invierno”, celebra el recuerdo.
La autora del libro se recuperó pronto de sus heridas. Cuando llegó el invierno, Francisco volvió a emplearse en el hotel Catedral y su compañera alquiló un kiosco en sus dependencias para venderle recuerdos a los turistas. Muy lejos de amilanarse por la dura experiencia de la temporada anterior, en octubre volvieron al Tronador, terminaron su casa y nació Matías, su primer hijo. Aunque con mucho trabajo, aquella pesadilla del campo de refugiados se había transformado en un auténtico sueño. No es una película, fue la realidad.