EL TERREMOTO DE 1960 Y UN LLAMATIVO RECUERDO
Autitos de juguete se movían sobre el pasto del jardín
Autitos de juguete que se movían sobre el pastito del jardín. Ese fue el recuerdo más vívido que quedó en la memoria de Hans Schulz sobre el terremoto de 1960. El movimiento telúrico produjo en el Nahuel Huapi un lagomoto de consecuencias bastante más trágicas, inclusive un fallecimiento en la familia de un compañero de escuela. Sin embargo, de la experiencia que vivió a sus 8 años, la imagen que perduró fue el movimiento de los cochecitos sobre el suelo.
El autor de “Mandato paterno. El frágil hilo del recuerdo” (EDUCO-2011) nació en Bariloche en 1955 y creció en un ambiente familiar alemán, en una casa donde la biblioteca tenía considerable importancia. Más tarde, “cuando comencé mis estudios universitarios seguí acumulando libros y por ello mis lugares preferidos en la ciudad fueron siempre, junto con las casas de ventas de discos, las librerías”, puntualizó Hans.
“Este amor a la lectura me lleva a recordar también con bastante claridad las pocas librerías de mi pueblo, parte esencial del imaginario antiguo de la aldea que una vez viví. Allí están la librería Alemana de la familia Naumann, sobre Quaglia, un edificio enteramente construido en madera, y la librería Mitre, sobre la primera cuadra de la calle del mismo nombre, del matrimonio Stampfel. Esta última duró mucho más tiempo”, apunta su escrito.
Parece que, por entonces, la extensión no era un gran problema. “De la primera recuerdo espacios amplios, el piso de madera que crujía, los libros sobre la mesa y clientes conversando apaciblemente, casi como un café”, legó el autor. “Es extraño cómo, de aquel pueblo, ciertos ámbitos y atmósferas, que al parecer no tenían especial relevancia, la cobran con los años. A medida que estos pasan, algunas cosas se desvanecen definitivamente de nuestra memoria mientras que otras van cobrando nitidez, revelando significados que quedaron ocultos mientras las cosas ocurrían”.
A propósito, “en uno de los libros de Graciela Pino, una foto muestra el antiguo edificio de madera de esta librería sobre la calle Quaglia. Hoy, en su lugar, se levanta un hotel de varios pisos y, en la planta baja, un restaurante de comidas rápidas”, contrastó Hans. “Allí, en su piso superior vivía Hermann Wolf, personaje del Bariloche de mi infancia. Queda, sin embargo, a su costado sur, ignorada por los pasantes, una vieja vivienda de madera cuyo fondo daba, en aquellos años, sobre el arroyo sin nombre, cuando este, en aquel tramo, todavía no corría debajo de la tierra”.
Línea directa con Alemania
Como en muchos otros casos, “la pequeña casa ha pasado del antiguo negocio de souvenirs de aquellos años a una agencia de viajes”. Aunque en retirada, la relación de Bariloche con la cultura germana todavía persistía. “Tal vez yo era más grande cuando quedó una sola de las librerías con literatura alemana, porque de la segunda hasta recuerdo adónde estaban las historietas Fix und Foxi que desde Europa llegaban regularmente y los Calendarios de Adviento (Adventskalender), que los niños esperábamos con gran expectativa todos los años”.
En la década de 1960 “venían de Alemania y cada puertita que se abría, a medida que pasaba el mes, tenía un regalo. Todavía podría describir con asombrosa exactitud sus ilustraciones navideñas tan europeas y sus ventanitas cubiertas de brillantina que abríamos a medida que se acercaba la fecha de Navidad”, afirma el relato. “Los calendarios, retazos de ese otro mundo del cual nos hablaban nuestros padres, venían de un lugar que aquí solo ocupaba esa pequeña parte invisible y europea de nuestras almas porque el mundo que nos rodeaba contaba otra historia”.
Desde hoy, es difícil imaginarse qué tan distinta era la relación con el resto del planeta a través de los medios de comunicación. “En ese pueblo no había televisión, solo radio y a través de ella nos llegaban las noticias. Recuerdo una tarde somnolienta en que los rostros de mis padres mostraron preocupación, cuando en la radio transmitieron que habían asesinado a un joven presidente norteamericano que parecía prometer cambios a escala americana. Yo apenas tenía 8 años”.
Obviamente se refería Schulz a la muerte de John Fitzgerald Kennedy, que se produjo el 22 de noviembre de 1963. Melómano al fin, añadió Hans que “Paul Simon, el músico, escribiría, en relación con este hecho, la canción Los sonidos del silencio. Al comparar el silencio con un cáncer que lentamente va creciendo, imprimió a la palabra silencio una acepción muy distinta a la que le dio una gran parte de la comunidad de habla alemana de Bariloche a lo ocurrido en la Segunda Guerra, o por lo menos anticipó los peligros de esa actitud”. Ese es el tema recurrente en “Mandato paterno”.
El pequeño Hans venía de vivir una circunstancia desusada no mucho tiempo atrás. “Algunos años antes, también recuerdo el terremoto de 1960 y puedo verme con toda claridad en aquella tarde en el jardín observando mis autitos de juguete que no dejaban de moverse sobre el suelo y la salida precipitada de mis padres a la casa. Sé que luego fuimos todos a ver el muelle destruido, pero yo solo recuerdo los autitos que se mueven. Es extraño que no tenga recuerdos de cómo la tragedia golpeó a uno de mis compañeros de curso, Heini, que en aquel infortunio perdió a su padre”. Por algo su trabajo lleva como subtítulo “el frágil hilo del recuerdo”. Los cochecitos se movieron el 22 de mayo de aquel año.