2025-03-09

¿QUIÉN RECUERDA HOY A LA FIAMBRERÍA “VIENA” Y SU TENEBROSA HISTORIA?

Bariloche en los 60: una catedral gótica a cuadras de la “barbarie americana”

Década y media atrás, las “reminiscencias europeas” que caracterizaban al pueblo todavía estaban decididamente a la vista. Hoy, la vieja YPF forma parte de una cadena sin personalidad y de la magia del cine, ni vestigios.

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En apenas 15 años, los cambios que sufrió la fisonomía urbana de Bariloche son sustantivos. Hoy, la mayoría de sus vecinos no sabe dónde quedaba la fiambrería “Viena” y quién fue su propietario. Si bien todavía permanecen las “reminiscencias europeas” que caracterizaron a la ciudad durante buena parte de su historia, están en franca retirada, con la consecuente pérdida de personalidad. Eso sí, una proporción considerable de la población barilochense supone todavía que “la barbarie americana” comienza donde arrancan los barrios del Alto.

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“Hacia el oeste (de la calle Neumeyer), se extendía hace años una serie de colinas cubiertas de vegetación. Hoy, estas colinas, milagrosamente, han conservado algo de ese antiguo paisaje, a pesar de las construcciones que han poblado un parte de sus laderas”, escribió hacia 2010 Hans Schulz para su libro “Mandato paterno” (EDUCO-2011). “Hacia el Este, la antigua casa de la familia Perner, en un claro ejemplo del signo de los tiempos, se ha convertido en el albergue Cóndor Andino”.

El autor nació aquí en 1955. Si bien su trabajo tuvo como finalidad explorar los vínculos entre el nazismo y la colectividad alemana de Bariloche -incluyendo precisamente a su papá- el libro contiene varias páginas que contribuyen a recrear la fisonomía que el pueblo presentaba unos 60 años atrás, cuando transcurrieron su infancia y adolescencia. Y también, momentos antes de su publicación, es decir, hace unos 15 años.

“Más atrás (de la casa de los Perner), al fondo de los jardines y casi en el centro de la manzana, está la antigua vivienda de la familia Meyer, un lugar que el tiempo parece no haber tocado”, describía Schulz. Hay que insistir: en 2010, aproximadamente. “Hacia el Oeste del Club Andino, corre una callejuela más angosta, a lo largo de la cual, yo solía pasear de joven en busca de reminiscencias europeas, porque su diseño era angosto e irregular. Sobre ella todavía se conserva el edificio en el que funcionó la escuela alemana en los años 50, la etapa que históricamente se denomina de la calle Juramento”, hoy corazón de barrio cervecero.

Un desfile en los 60, cuando Schulz era un niño o rumbeaba a la adolesencia. Colección Mayer en Archivo Visual Patagónico.

“En aquellos años, en comparación con las pocas ciudades de nuestro país que conocíamos, las reminiscencias europeas no había que buscarlas mucho”, razonaba el autor. “Todos teníamos clara consciencia de que nuestro pueblo era diferente y que era innegable la impronta centroeuropea que lo subyace, exceptuando naturalmente a los barrios marginales del alto, que para muchos de los habitantes era donde comenzaba la barbarie americana”, admitía. Ese límite fue móvil. A mediados de los 90, se consideraba que arrancaba de la calle 25 de Mayo para arriba. Después, imaginariamente se corrió hasta Brown.

Gótico y niebla

América y Europa, a unas pocas cuadras de distancia. “Muchas mañanas yo caminaba al que en ese entonces era el único Colegio Nacional (el Ángel Gallardo) por las solitarias calles a lo largo del lago y no puedo olvidarme de que, en algunos días de niebla, la catedral gótica de Bustillo, envuelta en brumas, me traía recuerdos de esas otras ciudades que solo había visto en libros o de las cuales me habían contado los que llegaron de las tierras ancestrales de mis abuelos”, precisamente, de origen alemán.

El joven Schulz fue consciente de unas diferencias. “Los vitrales de la Catedral, en cambio, contaban otra historia, una historia muy americana, imposible de imaginar en las catedrales europeas, en donde privaban las imágenes religiosas y los héroes medievales”. Se trata de obras que homenajean al general Roca y su Campaña al Desierto o que reproducen el martirio de Nicolás Mascardi, entre otros hechos realmente llamativos para un templo religioso. También marcaban y marcan diferencias con los recintos europeos “las catorce estaciones de arcilla que componen el Vía Crucis, realizadas por el artista Alejandro Santana en tiempos más recientes en interesante contrapunto a la mirada etnocéntrica de Thomas, el artista de los vitrales”, contrastaba Hans. “Pero esto ya es otra historia”.

“Subiendo hacia el barrio Belgrano por la calle que va bordeando la antigua colina que en los primeros años todavía estaba cubierta de bosques y frente al Club Andino, está el edificio en cuya planta baja funcionó la fiambrería Viena, de Erich Priebke, miembro activo durante la guerra de los SS, elite ideológica del régimen nacionalsocialista”, recuerda el escrito. “El edificio fue construido por los hermanos Oertle, un apellido que me remonta a los primeros años de esquiador de mi temprana infancia, una etapa de la cual conservo mi carné del Club Andino y pocos buenos recuerdos”.

La amargura se debía “a toda la antigua y pesada parafernalia de esquíes, sogas de ski lifts, camperas permeables al agua, mal clima y rudos instructores”, elementos que, en suma, convirtieron a la experiencia en “poco placentera. Los historiadores dicen que en ese edificio también funcionó una sucursal de la Casa Lahusen, en tiempos que yo ya no recuerdo. Este último dato, vinculado a la futura existencia de la fiambrería en el mismo lugar, seguramente se les escapó, como coincidencia relevante, a los hábiles generadores de conspiraciones locales”.

Aunque crítico del nazismo, Schulz siempre desconfió de los periodistas e historiadores de Bariloche y del resto de la Argentina que añadieron sobrevida a Adolf Hitler y lo imaginaron semioculto en el noroeste de la Patagonia. Concretamente, “de chico compraba en aquel local muchas cosas que nos hacían falta en casa y mis recuerdos, en un claro ejemplo de cómo las imágenes resignifican la realidad, son ahora estremecedoramente similares a los que recrea el documental de (Carlos) Echeverría”, es decir, “Pacto de silencio”. Está disponible en YouTube, por si alguien quiere ahondar.

Destrucción del propio pasado

“Ahora y en mis recuerdos, la atmósfera del lugar se me ocurre algo densa. El cambio vertiginoso de la ciudad, que destruye sin contemplaciones su propio pasado, ha transformado la antigua fiambrería en una agencia de viajes”, apuntaba el autor, apenas transcurrida la primera década del siglo. “Mis hijos no conocieron la calle de tierra que bajaba al centro (Morales), ni el arroyo sin nombre, ni la fiambrería Viena. Ellos transitan las calles de otra ciudad”.

En efecto, “la vieja YPF del centro, en donde funcionaba también el consulado alemán, es ahora una moderna estación de servicio con confitería. Los sábados se transforma en el lugar obligado de encuentro de la juventud, junto al único cine del pueblo que ha sobrevivido, exceptuando el conglomerado de salas de la calle Onelli, en donde ir al cine ya no es la experiencia mágica de los comienzos sin solo un vacío tour de compras”. De más está decir, que el Arrayanes, tampoco está más. El lugar se llama hace tiempo de otra manera y salvo en ocasión del FAB, hace rato que no pasa películas. De magia, ni hablar.

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