2025-02-23

“PRADOS Y BOSQUES” DESDE PLAZA BELGRANO HASTA CERRO OTTO

El Campo de las Margaritas, esparcimiento en el Bariloche de los 60

Tan estrechos eran los límites urbanos seis décadas atrás, que se armaban expediciones hacia donde hoy está el barrio Jardín Botánico y aledaños.

A finales de la década de 1960, la zona urbana de Bariloche no iba mucho más allá de la plaza Belgrano. Desde sus límites difusos y hasta las estribaciones más marcadas del cerro Otto se extendía una sucesión de “prados y bosques” que, durante los fines de semana de clima benévolo se convertía en lugar de reunión y expediciones para el vecindario. Se conocía al lugar como Campo de las Margaritas. Los vecinos actuales de Jardín Botánico, La Cumbre y barrios aledaños encontrarán rápidamente sentido a la denominación.

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Una somera descripción del lugar puede encontrarse en “Mandato paterno” (EDUCO 2012), el libro que legó Hans Schulz. Además de referirse a temas siempre espinosos, como el nazismo y su relación con la colectividad alemana que integraba, sus páginas contienen entrañables retratos sobre la fisonomía que presentaba Bariloche 60 años atrás. También vienen bien para adquirir dimensión sobre la sustantiva transformación que sufrió el entorno.

“De la primera casa en que viví y que hoy es un albergue para la juventud, recuerdo ciertos rincones que hoy, como adulto, no parecen tener ningún significado especial, como si la percepción de los espacios en los que transcurrió mi niñez perteneciera a otra persona”, escribió Hans. El periodista y antropólogo pasó su infancia sobre la calle Morales, cuando todavía no tenía asfalto alguno.

Recordemos por otro lado, que en diciembre último se cumplieron cinco años de su prematuro fallecimiento. “Las fotos de aquella época muestran a una familia en etapa feliz. Mi abuela materna falleció en Bariloche en 1957 y mi abuelo materno, Alberto Ribet, vivió con nosotros algunos años más y aparece en varias de las fotos”. Si bien el texto los puntualiza, el libro no reproduce imágenes puntuales de sus abuelos, aunque sí hay otras de juegos invernales en el patio familiar.

Es que “en invierno, la nieve siempre cubría el jardín y la calle”, evoca el relato que legó Schulz. “En las fotos y en los recuerdos siempre hay trineos y muñecos de nieve. Desde nuestra casa, hacia el Oeste y más allá del zanjón del Arroyo Sin Nombre, la geografía urbana se deshacía en terrenos baldíos y comenzaban los prados y los bosques que se extendían desde la plaza Belgrano hasta el cerro Otto”, añade la descripción.

Precisamente, “allí estaba el Campo de las Margaritas, más allá del bosque que rodeaba el puente negro”. El carácter acertado de la referencia puede constatarse a comienzos de cada verano, cuando todavía hoy en los terrenos de Alto Jardín Botánico y alrededores, las flores en cuestión otorgan un bucólico tono blanquecino a la geografía, ya decididamente urbana. En los 60 “era el lugar predilecto de reunión de muchos habitantes del pueblo”.

Inclusive para la juventud. “Desde el colegio y a lo largo del año hacíamos varias expediciones hasta allí. En casa, una foto emblemática de fines de la década del 60 retrata, sobre aquel prado, a muchas de las familias de descendencia alemana que formaron parte de esa etapa de mi vida junto al maestro de alemán Schneider, que había enviado el gobierno alemán”, precisa la historia que contó Hans.

Con tono interpelador, apunta el libro que “la vieja escuela, como siempre, los unía a todos a través de sus hijos. La foto es memorable y resume una época en la historia de los alemanes del pueblo. Todos hablaban todavía la lengua de los abuelos, compartiendo por ello una identidad europea heredada y, si bien todos enviaban sus hijos al colegio alemán, los sucesos que rodearon la II Guerra, los resabios ideológicos de la misma y la necesidad de confrontar ciertos temas, ante las inquietudes que planteaban las nuevas generaciones, no dejaba de generar malestares entre una comunidad que, a la distancia y a juzgar por las fotografías, parece mucho más homogénea de lo que en realidad era”.

Claro está, se refería por un lado Schulz al Instituto Primo Capraro. Por el otro, a las distancias que establecía profesar el nazismo, ignorarlo o cuestionarlo. “Con el tiempo, algunos regresaron a Alemania, otros pocos se fueron a vivir a diferentes lugares del país y otros seguimos viviendo aquí, algunos incluso en el mismo barrio”, resalta el escrito que Hans nos dejó.

El libro se catalogó en 2012, es decir, 13 años atrás. Por entonces y hacía rato, “la apacible pradera en el límite oeste de la ciudad, que cubierta de flores se extendía sobre las laderas del este del cerro Otto, ya está cubierta de casas”. Qué no diría el recordado colega si viera que, además, hoy ya no es posible caminar por las laderas de la elevación porque un interminable alambrado lo impide. “La ciudad lo ha devorado todo”, escribió entonces. Aunque según la época, algunos manchones de margaritas resisten.

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