2025-02-15

NUEVOS EXPERIMENTOS LLEVARON A CONCLUSIONES SORPRENDENTES

Las chaquetas amarillas son muy molestas, pero igual de inteligentes

Además de funcionar socialmente de una manera muy compleja y cooperativa, la avispa invasora despliega curiosos y efectivos mecanismos para obtener alimentación. Por algo se propagó con tanta rapidez.

Por lejos, son los insectos que peor prensa tienen en Bariloche y la región, con toda razón. No obstante, averiguaciones científicas sobre sus comportamientos tenderán a deslumbrar porque no sólo se caracterizan por prácticas sociales envidiables, sino también por desplegar métodos de recolección de alimentos que podríamos considerar muy inteligentes. No por nada las chaquetas amarillas se reprodujeron con tanta rapidez en una extensión geográfica más bien amplia. Son vecinas incómodas, pero la tienen muy clara.

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“Los habitantes de Bariloche y sus alrededores estamos familiarizados con las chaquetas amarillas, cuando realizamos actividades al aire libre, en asados o picnics. A pesar de que por su picadura es considerada una especie molesta y potencialmente peligrosa para las personas alérgicas, estos pequeños insectos también presentan destacables cualidades de aprendizaje”. La aseveración corre por cuenta de las doctoras en Biología Sabrina Moreyra y Mariana Lozada, quienes aportaron un texto de divulgación en la edición más reciente de la revista “Desde la Patagonia difundiendo saberes”, la publicación semestral de la Universidad Nacional del Comahue sede Bariloche.

Dicen las especialistas que “esta avispa social invasora posee una gran plasticidad comportamental, entre otros rasgos, que podrían facilitar su establecimiento en nuevos y variados territorios. Los organismos que tienen una gran capacidad de adecuarse a diferentes condiciones ambientales presentan más posibilidades de sobrevivir en ecosistemas novedosos”. Por aquel concepto -plasticidad comportamental- ha de entenderse la “capacidad de un organismo para modificar su comportamiento en respuesta a cambios en el ambiente, que le permiten hacer frente a nuevas situaciones y desafíos”.

Originaria de otras geografías, la chaqueta amarilla “ha invadido diversas partes del mundo, incluida la Argentina, donde fue observada por primera vez en 1980 en la provincia de Neuquén. Actualmente, se la encuentra en distintos ambientes de las provincias de la Patagonia y de Mendoza, como la estepa, zonas de transición, bosques y áreas urbanas”, constataron las investigadoras. “La concentración de avispas y nidos es mayor en sitios urbanos y periurbanos, dado que estos entornos les ofrecen diversas fuentes nutritivas y protección, facilitando el desarrollo de sus colonias”.

37 km por año

Además, “la tasa de expansión geográfica de la chaqueta amarilla es de aproximadamente 37 kilómetros al año, siendo el transporte mediado por humanos el principal vector de propagación”, señalan Lozada y Moreyra. “Construye formidables nidos donde conviven de manera cooperativa varias generaciones de individuos: larvas, pupas y adultos, que incluyen avispas obreras no reproductivas, futuras reinas y zánganos (hembras y machos reproductivos)”.

Compleja organización social.

A raíz de su organización “realizan diferentes tareas y funciones dentro y fuera de la colonia, mostrando complejos procesos de comunicación y cooperación”, establecen las especialistas. “La chaqueta amarilla obtiene alimento de variadas fuentes como carroña, sustancias azucaradas, artrópodos y vertebrados vivos, como por ejemplo pichones. Su dieta incluye frutas, polen, néctar, exudado de pulgones, miel de abejas, e incluso residuos o alimentos generados por el ser humano”.

Como todos sabemos, “es común observar que las avispas merodean, y pueden alimentarse de comidas o bebidas cuando realizamos actividades al aire libre. Es decir, esta especie utiliza diversas estrategias en la búsqueda de alimento, que involucra diferentes patrones de percepción-acción, como la caza o la recolección de pequeños fragmentos de alimentos encontrados”, resalta el artículo.

En ese contexto “las obreras, conocidas también como avispas recolectoras -que son aquellas que solemos ver en nuestros jardines o casas-, son las encargadas de buscar esos alimentos y llevarlos a la colonia. Los carbohidratos -sustancias azucaradas- se utilizan para alimentar a las larvas, a la reina, a otras obreras, y como suministro de energía para ellas mismas”. Por su parte, “los alimentos proteicos recolectados -presas y restos de carroña- son esenciales para el crecimiento y el desarrollo de las larvas”.

A raíz de su tamaño, “cuando las avispas recolectoras encuentran una fuente abundante de alimento, no pueden transportarlo al nido de una sola vez”. Entonces, hacen “múltiples viajes entre el lugar donde se encuentra el alimento y su nido, desplegando un comportamiento denominado de relocalización, el cual requiere el aprendizaje y memorización de diversas claves contextuales -visuales, olfativas o espaciales-, como colores, olores, rocas, vegetación del entorno, etc.”

Experiencia cognitiva

Ese funcionamiento “posibilita a las avispas regresar tanto al lugar exacto donde encontraron el recurso alimenticio como al sitio donde se encuentra el nido, incluso si este último está a gran distancia. Estos recorridos muestran la existencia de complejos procesos cognitivos durante la búsqueda y recolección de alimento”, observó la dupla de investigadoras. “Surgen como resultado de la experiencia” y “permiten establecer asociaciones entre diversas claves contextuales y el alimento”, explica el artículo.

Quiere decir que “los organismos identifican eventos importantes de su entorno que podrían influir en situaciones futuras”. Las biólogas observaron que “cuando una avispa encuentra alimento, corta una pequeña porción con sus mandíbulas. Antes de regresar al nido, realiza una serie de vuelos circulares de aprendizaje sobre el recurso, ampliando gradualmente el radio de su recorrido hasta que finalmente se aleja volando”.

Es “a través de estos vuelos” que “las avispas aprenden a reconocer las claves contextuales asociadas al lugar donde se encuentra el alimento. Nos preguntamos si estos vuelos de aprendizaje varían a lo largo de numerosas visitas de recolección” y con ese cometido, las investigadoras identificaron una serie de insectos sin necesidad de capturarlos. Observaron entonces que “durante su primer encuentro con el recurso (primera visita de recolección), las avispas realizan un promedio de siete vuelos de aprendizaje. Sin embargo, el número de vuelos disminuye a lo largo de las sucesivas experiencias de recolección en cierto sitio, lo que sugiere que las avispas ya recuerdan esas claves”.

El experimento también arrojó que “curiosamente, si el alimento cambia de posición, el número de vuelos de aprendizaje vuelve a aumentar. También descubrimos que el número de vuelos de aprendizaje varía según el entorno: es mayor cuando las avispas recolectan recursos alimenticios en áreas con escasa vegetación y es menor donde las claves contextuales son llamativas”, constataron Lozada y Moreyra.

“Otros resultados de nuestros estudios indican que las avispas que recolectan alimento en contextos con vegetación abundante regresan al sitio de alimentación con mayor frecuencia que aquellas que lo hacen en ambientes poco vegetados. Notablemente, la adición de claves artificiales prominentes -es decir, señales como postes o cilindros de gran altura, elaboradas por nosotras- en entornos con escasa vegetación, promueve una respuesta similar a la observada en ambientes con mucha vegetación”, concluyeron.

En consecuencia, “estos hallazgos sugieren que los sitios que cuentan con numerosos puntos de referencia, como árboles, arbustos, rocas, estructuras urbanas y señales artificiales, pueden facilitar la orientación de las avispas durante el comportamiento de relocalización”. Es más, la investigación arriesga que las chaquetas se orientan más por la experiencia previa que por el olfato. Son incómodas nuestras vecinas, pero muy, muy inteligentes.

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