Ponchos pasados de agua, dormir mojados y meta sacar vacas de la nieve
80 años atrás, parte de la carne que se consumía en Bariloche venía de Villa Traful. Pero entre las nevadas de 1944 y 1984 más la ceniza de 1960, se despoblaron los campos. He aquí los testimonios de una familia en primera persona.
Hasta mediados de la década de 1940, Bariloche se abastecía de carne proveniente de Villa Traful. Después, entre la virulenta nevada de 1944, las cenizas que cayeron con la erupción de 1960 y las políticas de Parques Nacionales, la zona se despobló y campeó la pobreza en los parajes. Que la actividad turística surgiera como opción terminó por arrinconar a la actividad ganadera en el área cercana al Nahuel Huapi, aunque la dureza que implicaba aleja toda posibilidad de evocación romántica.
Entre otras, conoce a la perfección la aspereza del proceso la familia Lagos, cuyos mayores se afincaron en inmediaciones del lago que da nombre a la localidad en las primeras décadas del siglo XX. Algunos de sus recuerdos aparecen en “Relatos patagónicos. Historias familiares en la construcción del espacio social en Villa Traful” (Voluntariado universitario-UBA 2008). Se trata de un pequeño libro que tuvo como editores a Sebastián Valverde, Analía García y Lara Bersten.
El colectivo de investigadores que trabajó en la publicación entrevistó a Osvaldo, Miguel y Alfonso Lagos. Miguel tenía 52 años al momento de las charlas, Osvaldo 64 y vivía en Río Minero. En tanto, Alfonso había nacido en 1937. El estudio no adjudica declaraciones de manera individual, así que no tenemos chances de identificar a quién contaba su fragmento de historia, pero el conjunto tiene considerable valor.
Uno de los hermanos explicó que “entre los primeros (integrantes de la familia en Traful) estaba una bisabuela mía que no la conocí. Era una señora muy anciana que falleció en el año 44. Ella era de apellido González, era abuelita de mi mamá. Digo que es de los primeros porque me decían que a ella le habían quemado el toldito cuando llegaron Newbery y Taylor. Creo que quemaron dos o tres casitas que eran como toldos. Les quemaban las chacras, trigo y todo, para que se vayan”, dice el descarnado recuerdo.
De Newbery ya hablamos varias veces en El Cordillerano y si bien se llamaba igual, no hay que confundirlo con el célebre aviador, de quien era tío. En su momento ventilamos las acusaciones que elevara Emilio Frey ante sus maniobras para quedarse con tierras sobre las cuales no tenía derechos. “Mis padres y mis tíos eran los carniceros que abastecían San Martín y Bariloche. Eran los repartidores”, continúa el relato de los Lagos.
El camino que bordea el lago Traful, en la década de 1950. Foto: Archivo General de la Nación.
El que firma entiende que se trataría de Polidoro y Feliciano. “Pero en el 44 tuvieron que venderlo (al comercio de carnicería) por la nevada. Se les murió toda la hacienda. Tuvieron que vender las propiedades en Traful, tuvieron que vender una camioneta para pagar las deudas. Entonces, mi padre empezó a laburar”. Se entiende que para un empleador. “Y nosotros éramos chicos y laburábamos como grandes, andábamos todos encarbonados y juntábamos, más o menos, dos o tres bolsas de carbón en un día”.
Hasta que las cenizas
En forma simultánea “también vendíamos leche. Mi padre se iba a Pichi Traful, donde había un convenio con ese hotel, y alquilaba caballos. Hasta que pudimos volver acá y empezamos a trabajar de nuevo con vacas. Hasta que el año 60, el año de las cenizas, nos golpeó de nuevo porque se nos murieron un montón de vacas. Luego, Parque no dejaba tener más que unas poquitas ovejas, poquitas vacas. Así que ahí se achicaron con todo el capital”. Difícil quedarse en el campo.
Otro de los hermanos testimonió que “le llevaba (a una estancia) hacienda a Coronel Pringles. Yo era uno de los hombres de confianza que mandaba en tren. Cuando había que llevar una tropa me buscaban a mí. Solíamos llevar 200 vacas u ovejas, más o menos. A mí me pagaba todo la estancia (es decir, los viáticos). Cuando me casé ya abandoné estas cosas, no se ganaba nada”, admitió.
Después, el mismo Lagos contó: “Trabajé mucho para la Provincia. Era capataz general en la Municipalidad y fui encargado de la ambulancia durante 18 años. Pero después vi que era mucho sacrificio y no había rendimiento económico. Entonces me fui. Empecé a trabajar a los 16 años. Venía a trabajar en la estancia todos los días y me pagaban un sueldo. Venía de a pie a la cabaña y a la tarde volvía a mi casa”, ilustró.
Entre 1955 y 1960 se dio el abandono de los parajes. “En aquel tiempo se fue la juventud, los viejos se murieron y bueno, se va terminando la familia. Se fueron a La Angostura, a Bariloche, San Martín de los Andes, se han repartido. Hubo una época de varios años que no había posibilidades de nada acá”. Entre las hostilidades de la naturaleza y las incomprensiones estatales lograron la postración.
“Mis dos hijos mayores trabajan. Mi hija es licenciada en Administración, pero ella trabaja en (Villa) La Angostura, es tesorera. Y el mayor es constructor de obras, está haciendo cabañas. Así que ellos no pueden venir (a hacerse cargo del campo). Gracias a ellos que me ayudan porque mi sueldo es bastante bajo. Yo soy jubilado y vivo de la jubilación”, compartía uno de los Lagos.
Tiempo después, uno de sus hermanos se reencontró con la adversidad. “Empecé a trabajar, metí bastante vacas y ovejas. Y el 84 me volteó de vuelta. Saqué 70 ovejas de la nieve y mientras tanto perdí 30. No sabía qué hacer. Vieras ahí los animales amontonados, muertos. Y bueno, me puse a llorar y estuve varios días mal”, admitió. “Y le digo a mi mujer que tengo ganas de salir y ver a Parques a ver si no puedo empezar a trabajar con turismo. Y mi mujer estaba viendo en el diario que Parques les estaba ofreciendo a los pobladores cambio de actividad, que trabajen con turismo. Me fui enseguida a Bariloche y empezamos”, relató.
Lana barata, mercadería cara
Fue la única salida que quedó porque “antes yo tenía ovejas. Tenía que vender la lana barata para poder comprar en la proveeduría y me traían también la mercadería fiada. Y cuando yo entregaba la lana ya la estaba debiendo y los vacunos también, porque no valían los animales”. Historia muy conocida en el campo patagónico. “Y desde que empezamos con turismo estamos bien, estamos contentos trabajando”.
La relativa bonanza de tiempos recientes no permite romantizar sobre el pasado rural de Villa Traful y otras zonas aledañas a Bariloche. “Hay mucho turismo y nosotros lo que queremos hacer son más cosas para atender el turismo. Yo sufrí mucho con las vacas, de andar enterrado en la nieve. Nos pasábamos de agua los ponchos, durmiendo mojados, sacando vacas y ovejas de la nieve. Mis hermanos se fueron todos porque acá sufrieron lo que yo sufrí”, ilustró. Cómo no entender a los Lagos y a tantas familias que corrieren suertes parecidas.