EN LA “SUIZA ARGENTINA” LA MAYORÍA CHILENA ERA ABRUMADORA
En 105 años, Bariloche pasó de 936 a 135.755 habitantes
En 1920, el poblado se había consolidado como el medio urbano más importante de la zona, en el desmedro de Pilcaniyeu y Ñorquinco. Siempre fue sustantiva la presencia trasandina.
Como se recordará, la cifra fue objeto de polémicas, pero según el Censo 2022 Bariloche cuenta con 135.755 habitantes en su jurisdicción municipal. Hay que precisar porque a veces se confunde con el total departamental, que asciende a 164.065 vecinos y vecinas. Hace 105 años, el mapache también se desorientó, porque detectó una disminución de la población. No obstante, hubo ingredientes que contribuyeron a profundizar la supuesta merma.
“En el censo de 1920, Bariloche ya figuraba como centro urbano, contabilizándose un total de 936 pobladores, sobre un total de 1.333 habitantes urbanos en todo el departamento”, dice la historiadora Laura Méndez en su libro “Estado, frontera y turismo. Historia de San Carlos de Bariloche” (Prometeo-2010). ¡936 pobladores! Aquel sí que era un auténtico pueblo o menos todavía.
“Esta cifra (la de 1.333) es sensiblemente menor a la de 1914, cuando la totalidad de la población urbana departamental de la zona ascendía a 1.758”, trae a colación la investigación. “Si estos datos se cotejan con los de otros departamentos de la zona andina en 1920 -Pilcaniyeu con 224 habitantes y Ñorquinco con 510 habitantes-, resulta evidente la consolidación en ese período de San Carlos de Bariloche como centro urbano más poblado”. La aclaración de Méndez es pertinente porque no siempre fue así.
Para la historiadora, “resulta interesante también el hecho de que la población tuvo un importante crecimiento entre 1895 y 1914 en la zona andina: un 35,25 por ciento, mientras que esa situación se revierte en 1914 y 1920, con un decrecimiento de casi el 20 por ciento”. En una nota al pie que incluyó en su trabajo aclaración que “la merma de la población en 1920 debe ser relativizada debido a que la superficie del departamento se modificó en 1915 al subdividirse, por lo cual no puede establecerse una comparación directa entre ambos censos. Sin embargo, existen evidencias de que en 1920 numerosas familias que habitaban Bariloche volvieron a Chile y otras se trasladaron más al sur”.
El primer lugar y el último
Es que el componente trasandino en las primeras décadas de existencia barilochense fue más que sustantivo. El trabajo trae una colación unas palabras de Víctor Domingo Silva en 1927, quien oficiaba de cónsul chileno en Neuquén y mantuvo en relación con sus compatriotas: “Quizás haya tantos al uno como al otro lado de la cordillera. Entre todos los elementos inmigrados que constituyen la masa de la población al sudoeste argentino, el chileno ocupa el primer lugar por su antigüedad y por su número, desgraciadamente, no por su calidad y su posición que se ha granjeado”.
“Paradójicamente -añade Méndez-, a pesar de la rotunda presencia de chilenos en el Nahuel Huapi, Bariloche siguió presentándose y concibiéndose en el imaginario como la Suiza argentina, tanto en la prensa local y nacional, como el sentir de muchos de sus habitantes” . Desde ya, “entre el grupo de extranjeros, no todas las nacionalidades eran valoradas por igual” en la zona del Nahuel Huapi.
Según su colega, “la historiadora chilena Carmen Norambuena ha estudiado con detenimiento la migración chilena en territorio neuquino y muchas de sus conclusiones pueden extenderse a la región del Gran Lago. Según sus investigaciones, el chileno que llegaba a la zona andina era de 'poncho y ojota', con un profundo sentimiento de identidad chilena y sin ninguna intención de incorporarse a un proceso de construcción de la argentinidad”.
Pueden intuirse, pero “los motivos de la llegada a la Argentina fueron móviles y variados. Entre ellos la dificultad de acceso a la tierra chilena, producto de las políticas que favorecían al colono europeo, así como los remates públicos de tierras entre el Biobío y el Toltén. Debido a estos remates, en 1896 se produjo el desalojo de muchos residentes que no pudieron reunir el dinero para comprar la tierra, lo que permitió que un reducido grupo de capitalistas fuertes se hiciesen de grandes extensiones”. De este lado de la cordillera no fueron muy distintas las cosas.
Desde ya, “actuó como factor de atracción para migrar a la Patagonia la búsqueda de una mayor calidad de vida; en este sentido, la relación miseria-migración se constituye en la clave interpretativa de la época tanto para las fuentes chilenas como argentinas”, apunta la historiadora barilochense. Precisamente, su colega trasandino Pinto Rodríguez destacó que “el enorme crecimiento de la economía chilena en el siglo XIX no significó mejor calidad de vida para los trabajadores chilenos”.
En efecto, “las pésimas condiciones laborales -sumadas a las ya mencionadas dificultades para acceder a la posesión de tierras ya elementos para trabajarlas- actuaron con mecanismos expulsores de población a la Patagonia argentina, particularmente a las áreas andinas”. Desafortunadamente para los trabajadores migrantes, aquí también las condiciones de explotación eran espeluznantes, pero se profundizará en otro espacio de El Cordillerano.