COPLAS, CANDOMBE, ZAMBAS, CULTRUNES, CANTOS GALEGOS, CHACARERAS…
Hasta el cerro Otto pareció moverse en el Festival Tamboreras
En casi tres horas de festival pueden suceder muchas cosas, pero tal vez una instantánea pueda sintetizar su espíritu: Tais Balieiro y Vivi Pozzebón sobre el escenario, para entonar un clásico inoxidable de la canción popular brasileña, mientras debajo, Las Fuegas hacían que hasta el cerro Otto pareciera moverse al ritmo de sus poderosos tambores. Como cantara Charly García, el sábado último la alegría no fue patrimonio exclusivo del país vecino, además se aposentó en Bariloche y tuvo, sobre todo, perfume de mujer.
En efecto, la música tronó al término del Retiro de Tamboreras, que tuvo lugar por espacio de una semana en el Campus de Artes y Música Bariloche (CAMBA). Después de los talleres, la convivencia y los momentos de introspección, llegó el momento de exteriorizar energías, cantos y percusiones en un medio cómplice: el escenario que la comunidad Millalonco Ranquehue cuida debajo de los bosques de la montaña vecina.
Carla Calasanz en uno de los talleres. Foto: Facundo Britos.
El espacio adquirió un aspecto desusado. Algunos gazebos se alzaron para cobijar puestos de platería mapuche, textiles y otros atractivos. Unos más se ubicaron debajo de generosos retamos que acompañaron con su sombra una tarde climáticamente espectacular, pero un tanto calurosa para la costumbre cordillerana. Tatuajes temporarios, artículos en fieltro, indumentaria, libros o maquillajes llamaron la atención de la concurrencia, además de la música.
Los puestos. Foto: Facundo Britos.
Abrió la sucesión de participaciones Anahí Rayen Mariluan y el que firma no se va a extender por razones que son más o menos conocidas en una ciudad que creció mucho, pero todavía tiene rasgos de pueblo. Sólo dirá que en su segmento propició un encuentro entre kultruneras y tamboreras. Las primeras no son un elenco estrictamente artístico, sino un conjunto de mujeres que se consagran “a la recuperación de cantos y memorias”, según puntualizó la cantora mapuche. Las segundas son las que coordina Guadita Sosa en uno de sus múltiples colectivos, o, mejor dicho, colectivas. Con la percusión como hilo conductor, se dio un ejemplo artístico pero concreto de interculturalidad.
Anahí Mariluan y parte de Kultruneras. Foto: Facundo Britos.
Después llegó el momento de las visitantes. Tomó el escenario Nadia Szachniuk, música salteña que reúne en su bagaje la tradición de las coplas norteñas con la fortaleza de una voz de estética contemporánea. Con invocaciones al carnaval, zambas y vidalas, la cantora y también percusionista actualizó en el sur los sonidos de las latitudes argentinas más septentrionales. Sucesivamente invitó a sumarse a la propia Vivi y a Diana Soto, una colega peruana que también dejó huella en el cónclave tamborero. Bombos, congas y cajones que aseguraron la continuidad del baile.
Pluri verso de sonidos
Acto seguido, se instaló en el centro de la escena la impulsora del asunto, tanto del Retiro como del Festival Tamboreras. Pionera en la vocación de mirar hacia las músicas de otras latitudes con De Boca en Boca, Vivi Pozzebón compartió algunos de los temas que integran su álbum más reciente: “Tamboreras por el mundo Vol. I”. Entonces, en su lista convivieron coplas, una canción galega, ritmos afroperuanos, una chacarera, una zamba y candombe, entre otras expresiones. Como si se tratar de un ensamble cuyas integrantes se repartieran tramos de festividad, la cordobesa también convocó a Nadia y a Diana. Hasta se bromeó por la conformación capicúa de los nombres. Sobre el cierre, también se sumaron Las Fuegas, para recrear una composición que se originó en ediciones anteriores del Retiro de Tamboreras. Evidentemente, durante su transcurso pasan cosas.
En el centro, Nadia Szachniuk. Foto: Facundo Britos.
Con el momento de Carla Calasanz, el festival asumió decidido carácter internacional. Proveniente de Ecuador, la cantante y también actriz se instaló en Junín de los Andes por cuestiones de la vida, con fortuna para quienes gustan de las expresiones telúricas de aquellos territorios, tan cercanos y habitualmente, también tan lejanos. La letra de “El conjuro del agua” no debería faltar en tiempos de tanta apetencia extractivista. Justo durante su espacio el Sol se ocultó detrás de la cordillera, aunque con una interpretación contagiosa de “El pescador” nadie notó su retirada.
Acto seguido, la percusión dejó momentáneamente los parches para producirse en los cuerpos. Es que Tais arrancó ritmos y más ritmos desde su pecho, sus piernas o sus brazos, simplemente -es un decir- golpeándose a sí misma. Es sorprendente la cantidad de formas de aplaudir de las que seríamos capaces si pusiéramos las manos de unas u otras formas. Pero la brasileña también canta y el portugués no resulta tan extraño al oído como para que no entendiéramos su invocación a la utopía. Su aporte finalizó con un canto de esclavos cuya dulzura denotaría otro origen menos triste.
Las Fuegas Samba Reggae. Foto: Facundo Britos.
El cierre corrió por cuenta de Guadita y las Fuegas, ritmos y más ritmos para que nadie dejara de moverse. Las locales tocaron debajo del escenario, entre la gente, con ánimo de perpetuar la fiesta. El grupo explora la percusión por señas y como decía esta reseña al principio, con Vivi y Tais recreó “O canto da cidade”, el hit que más identificó a Daniela Mercury a comienzos de los 90. Todo dicho o más bien, casi todo, porque la consigna era quedarse hasta que la oscuridad prevaleciera. Estiró el bailongo DJ Zepe Qu con remixes más incendiarios que pasotas, como para que quede claro que, si bien es divertido, el Festival de Tamboreras descansa sobre sólidos y desafiantes fundamentos.