EL FOYEL A COMIENZOS DEL SIGLO XX
“No había alambrado ni nada y nadie robaba a nadie”
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El poblado queda de paso cuando se transita desde Bariloche a El Bolsón y, en general, se sigue de largo. Pero detenerse en su historia de arreos, corrales y reseros bien vale la pena.
“No había alambrado ni nada, los vecinos se regulaban entre sí y nadie robaba a nadie. Los límites los ponían ellos nomás: de acá hasta acá, los animales andaban sueltos y los reconocíamos por la marca. Ahí sí la marca tenía sentido, ahora no: ¡si los campos están todos cerrados con alambre!” Zulema Zúñiga compartió las palabras precedentes a sus 82 años para aportar a una reconstrucción de la historia de El Foyel, el poblado que se alza entre Bariloche y El Bolsón y por el cual, en general, siempre se pasa de largo.
La mujer nació y se crio en el paraje. Abrió el cofre de sus recuerdos a Ricardo Ramos, quien se desempeña en los institutos de Formación Docente de El Bolsón y Lago Puelo. Su trabajo se titula “Memoria, territorio y comunidad: relatos de vida en el paraje El Foyel (Río Negro-Argentina)” y se presentó en las XVII Jornadas Interescuelas y Departamentos de Historia, que se llevaron a cabo a fines de 2019 en la Universidad de Catamarca.
A través de su trabajo de campo y de las entrevistas que realizó, el joven investigador pudo establecer que luego del desalojo que sufrieron los pueblos mapuche y tehuelche de aquellas territorios, el poblamiento de El Foyel “remite alrededor del año 1890”. Las primeras familias que se establecieron en la zona fueron los Prieto, Puchy, Oyarzo, Montero, Fernández y, precisamente, Zúñiga.
“Yo nací en El Foyel, mis padres tenían campo en El Foyel y Pitoy también nació en Foyel”, completa la narración. Pitoy tuvo a Eduardo Puchy y Ema Eggers como progenitores y, precisamente, contrajo matrimonio con doña Zulema. ¿Cuál era la configuración económica de la zona por entonces? Según el autor, el paraje llegó “a intervenir como nudo comercial de las actividades de arreos de ganado provenientes del Valle Nuevo (hoy El Bolsón), que permitían una articulación comercial con destinos hacia Bariloche o bien vía El Manso hacia el país vecino”.
No hace tanto que nos referimos en El Cordillerano a la Senda Cochamó, que vinculaba el Mallín Colorado o Corral de Foyel con destinos del otro lado de la cordillera. Los reseros iban y venían: “El principal destinatario se asociaba a la Compañía Comercial y Ganadera Chile-Argentina y el frigorífico Cochamó, desde donde existió un paso directo entre el estuario de Reloncaví y el río Manso para trasladar el ganado entre ambas regiones”, estableció Ramos.
Entonces, desde el vamos “el tránsito con animales era frecuente” en El Foyel y “el predominio de la ganadería extensiva habría limitado el surgimiento de un centro urbano”. Esas características no impidieron “la persistencia de algunos espacios de sociabilidad, uno de ellos, un almacén de ramos generales” y el otro, “una escuela rancho”. De diversas maneras, ambos están presentes hoy, aunque sufrieran transformaciones.
En efecto, “el almacén pasó a formar parte de la administración de un sirio libanés, y la escuela formó parte de la red estatal de escuelas del Segundo Plan Quinquenal de la etapa peronista”, rastreó el historiador. Luego se sumaron otros ámbitos: un aserradero, una capilla, un destacamento policial, una oficina de la Administración de Bosques, esto último asociado a la creciente actividad forestal del paraje”.
Como para toda la zona, las cosas empezaron a modificarse en El Foyel alrededor de 1930, cuando “el sistema económico cambia el rumbo hacia un proceso de sustitución de importaciones, ligado a la crisis mundial del 29, y la instalación de un resguardo aduanero a ambos lados de la cordillera”. Los dos factores hicieron que “el comercio con Chile comenzara a disminuir y provocara el inicio a una década de crisis económica en la región, esta vez no desvinculada a la crisis nacional”.
Pero detengámonos un poco más en aquellas épocas de mugidos, pasos cordilleranos, gritos camperos, mates, olor a bosta y churrasqueadas matinales. Ramos trajo a colación el testimonio de Eufemia Calfú, que, en realidad, se publicó 12 años atrás en el libro “Memoria para las historias de El Manso”. Para esas páginas, contó la pobladora: “los arreos se realizaban desde el valle de El Manso hacia Bariloche, El Bolsón y Chile. En un arreo se podían llevar hasta 260 vacunos, incluyendo bueyes y toros. La Compañía Comercial Ganadera era la única que movía tropas de yeguarizos y vacas de Petrohué a Cholila. Cuenta Don Vilpán que recorrer desde Foyel hasta Petrohué, podía llevarles hasta 21 días de a caballo”.
Ahí no terminaba el periplo porque Petrohué queda en el extremo occidental del lago Todos los Santos, a unos 76 kilómetros de Puerto Varas y todavía lejos de las instalaciones que la Compañía poseía en Puerto Montt. Difícilmente Zulema Zúñiga o Eufemia Calfú estuvieran al tanto de la música de Puel Kona –banda neuquina de ska y rock– pero bien podrían cantar una de sus letras más entrañables: “Callejón de arreo / historia que quedó escrita en las piedras / camino de mis abuelos”.