2021-01-04

ENTRE LA ALEGRÍA POR EL TRABAJO Y LAS DEUDAS QUE TRAJO LA PANDEMIA

Un pantallazo a las cabañas de la avenida Bustillo

Aquellos añorados tiempos donde el cartel de “No hay lugar” afloraba en los complejos de cabañas de la avenida Bustillo, se observan como un espejismo perdido en el pasado… pero, según a quien se consulte, parece que no tanto: para algunos, es un sueño que aguarda a la vuelta de una esquina por momentos difusa, pero que, en algunos instantes, delinea el contorno de un futuro cercano posible.

En Bariloche, la arteria que bordea, desde el centro al Llao Llao, el lago Nahuel Huapi, siempre ha sido exponente de la cantidad de visitantes que tiene la ciudad. Por los embotellamientos (o la falta de ellos), los nuevos emprendimientos gastronómicos (o los locales de años que cierran), la gente que camina a su vera (o la falta de peatones), las construcciones que alteran el paisaje (o las edificaciones a medio hacer que quedaron como barcas a la deriva al borde del asfalto)… pero, quizá, pocas cosas como la presencia de autos en los hospedajes “de los kilómetros” sirva como termómetro del caudal turístico.

Además, en estos tiempos donde el COVID-19 es una realidad ineludible, lo de asegurar, en medio de un viaje de placer, cierta privacidad al contar con un lugar separado del resto de las estructuras habitacionales, con un contacto mínimo con el personal, brinda tranquilidad (al visitante y a los encargados del emprendimiento).

Así, en las cabañas Ayen Quen, no tan lejos del casco urbano, apenas en el kilómetro 2 y fracción, su propietaria, Catalina Lembo, habla de una ocupación del cincuenta por ciento, mientras que, acerca de las reservas, dice que, a partir del 15 de enero, hay pedidos por algo más de un setenta por ciento de las plazas.

Para febrero, en tanto, según advierte, todavía hubo pocos encargos.

“Las personas que consultan están con mucho temor respecto a qué sucederá de acá en más: si cierran las rutas, si las dejarán viajar... Sobre todo, las que llaman desde Buenos Aires”, expresa Catalina.

Igualmente, aclara que se comunican de diversas localidades. “Incluso, en este momento, más de allá de los de Capital, tengo huéspedes de Chaco. Y hubo consultas del sur del país, como Chubut y Santa Cruz”, indica.

En cuanto a las dudas de los interesados, refieren a qué pasaría si reservan y, luego, por las variantes de la pandemia, no pueden venir. En ese sentido, para darles tranquilidad, Catalina, en vez de solicitar el cincuenta o treinta por ciento del total, como se hacía antaño, solo pide que se abone un día por adelantado. En caso de que, por cuestiones relacionadas con estos tiempos inciertos, no arribaran a Bariloche en el momento estipulado, ese dinero quedaría acreditado para utilizar en el futuro.

Acerca de la cantidad de personas que integran los grupos que consultan por alojamiento, la mujer señala que, en general, se trata de familias, matrimonios con dos o tres hijos.

Catalina explica que el complejo abrió el 27 de diciembre, luego de realizar una inversión importante en cuestiones relacionadas con el protocolo hotelero.

Así, menciona, por ejemplo, fundas especiales para las almohadas, como también un desinfectante particular: el amonio cuaternario de quinta generación, que deriva del amoníaco y se distingue por poseer acción bactericida, fungicida y viricida, con el que se rocía los habitáculos cuando los pasajeros se retiran.

También se cuenta con alfombra sanitizante y cada cabaña tiene suministro particular de alcohol y lavandina.

Al recordar los meses en que el establecimiento estuvo cerrado, la mujer suspira: “Se hizo cuesta arriba… Las cosas había que pagarlas igual. La Municipalidad lo único que no nos cobró fue Seguridad e Higiene… Con la AFIP hay que hacer un plan como para abonar de aquí en más… La cosa fue dura. Ojalá que podamos salir adelante”.

Luciana Boccazzi, por su parte, es dueña del complejo De la Costa, ubicado dos kilómetros más adelante, y habla ya de un sesenta por ciento de ocupación, pero, en lo que hace a las reservas, señala: “Es un tema del día a día. La gente me quiere depositar, pero prefiero esperar… Yo trabajo con personas que vienen siempre, es una clientela de toda la vida, con una relación de mucha familiaridad, entonces, a medida que ven que pueden venir, que sienten tranquilidad, me avisan sobre la marcha”.

“Sucede también que no me quiero llenar de reservas y, después, por algo que pase, tener que devolverlas o pasarlas para otra fecha”, añade.

Sobre la procedencia de los visitantes, manifiesta que “la mayor parte es de Capital y Gran Buenos Aires, y viene en grupos familiares chicos, de parejas o matrimonios con dos hijos”.

Ante los meses en que las unidades estuvieron con las puertas cerradas, afirma: “Fue terrible. Nunca habíamos estado tanto tiempo sin trabajar, ni siquiera cuando fue lo del volcán (en referencia a la erupción del Puyehue en 2011, cuando la ciudad de cubrió de cenizas)”.

Más allá de la felicidad por la reapertura, hay un tema que la inquieta. “Me preocupa el sistema de salud, que está al borde… Tendríamos que tener mejores condiciones para recibir a los turistas”, reflexiona, ante el temor de que hubiera casos de COVID-19 entre los foráneos y no existiera la capacidad para poder atenderlos.

A trescientos metros, en Pailahue, la gerenta, Laura Bataller, habla de una ocupación casi total de las veintisiete cabañas de gran categoría que hay en el lugar, el cual cuenta, incluso, con una pileta climatizada. En cuanto a las reservas, sostiene que continúan en la línea positiva que se ve en el presente, lo que hace pensar en un par de meses de gran asistencia.

Si bien señala que la mayor cantidad de gente procede de Buenos Aires, advierte que hay muchos visitantes del Valle.

“Aunque es cierto que la temporada viene bien, tenemos que pagar un montón de deudas: todo lo que no se abonó en los ocho meses en que estuvo cerrado”, dice Laura.

Sobre los recaudos que tienen, apunta: “Nuestro protocolo está aprobado por Safe Travels (del Consejo Mundial de Viajes y Turismo), y lo hicimos antes de que el país se aunara con ese sello, porque lo elaboramos durante la pandemia, mientras estábamos cerrados”.

Más allá de eso, aclara que los cuidados con que se manejaban previo a la llegada del coronavirus ya eran importantes. “Siempre trabajamos con normas exigentes de seguridad e higiene, con productos de alta calidad, hospitalarios, que matan casi todas las bacterias; además, tenemos lavadero propio, y las mucamas son capacitadas todo el tiempo”, informó.

Y sumó: “Claro que hubo que agregar algunas cosas, pero el cambio no fue tan tremendo porque el tema ya lo trabajábamos de un modo especial. Ahora hay que hacer una mayor ventilación de las cabañas, mantenerlas abiertas; fajinar la vajilla aunque no se utilice; prestar atención a las teclas de luz y los picaportes… También hubo que retirar adornos, para facilitar la limpieza, y, cuando el personal ingresa en las cabañas, no debe haber ningún huésped en el interior. Además, los horarios de los empleados están hechos en forma escalonada para que no se crucen en el ingreso, y se agregó una oficina, para evitar el contacto”.

Un kilómetro y medio más adelante, en un complejo de ocho cabañas, si bien en la actualidad solo hay una con gente, está previsto que, entre lunes y martes, se ocupe casi la totalidad, sobre todo por la llegada de dos grupos de jóvenes de entre diecisiete y veinte años, uno de Rosario y otro de Buenos Aires; mientras que para febrero, si bien existen muchas consultas, todavía no hay confirmaciones.

A este panorama, se agregan los propietarios que, más allá de la necesidad económica y de un verano que, de no haber ningún cambio drástico, se vislumbra bastante bueno en la receptividad de turistas, tienen miedo de operar en las condiciones actuales y prefieren permanecer cerrados.

Christian Masello /Fotos: Facundo Pardo

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