2020-07-06

APENAS CONTABA CON 54 AÑOS

Murió Rosario Bléfari, la que de chica vivió en Bariloche

Estrella del rock alternativo en los 90, luego alternó el cine, con la literatura y también la música. En 2017, participó del FILBA Nacional en esta ciudad, con un texto muy emotivo que ventilaba momentos de su infancia en la zona de Llao Llao.

La última actividad artística de la que Rosario Bléfari fue partícipe en Bariloche, tuvo lugar en abril de 2017, cuando se desarrolló en esta ciudad el FILBA Nacional. Como se recordará, el acontecimiento literario que supo tener como base exclusiva Buenos Aires, afortunadamente adoptó la costumbre de realizarse de manera sucesiva en distintos emplazamientos del interior. Ese año, eligió como sede esta ciudad.

En particular, la música pero también escritora, participó a través de un texto del espacio que el FILBA denomina Bitácora. En esa ocasión, la organización agrupó un escritor local con otro visitante. Seguramente, el lunes (6 de julio) al mediodía, se entristeció Pablo Bernasconi, cuando supo que su compañera de ejercicio literario, dejó de existir en La Pampa. La ex Suárez apenas si contaba con 54 años. No pudo doblegar un cáncer.

En aquellos planes originales, estaba que el notable ilustrador cada vez más escritor, fuera a visitar la isla Huemul, junto con la también cantante y actriz, pero un inoportuno -a estos efectos- paro de la CGT, impidió que la dupla cumpliera con el cometido previsto. En definitiva, Bernasconi escribió sobre sus andanzas frente a Playa Bonita pero Bléfari compartió una emotiva narración sobre parte de su infancia en Bariloche. Sí. Aunque oriunda de Mar del Plata, la mujer que desde el lunes lloran buena parte del rock y la cultura alternativa, supo de la nieve y los fríos, del lago y de los bosques enigmáticos, aunque su experiencia no fue del todo encantadora.


Otra imagen de Bléfari en Bariloche, durante el FILBA 2017.

En los 90, para la gente del rock, Rosario era sinónimo de Suárez. Pero después siguió camino solista, publicó libros e incursionó en el cine. Entre otras cosas, escribió Yumber Vera Rojas en Página/12 al trascender la noticia: “quizá su obra, tan rica como variopinta, dejará de gozar del carácter de culto para convertirse a partir de ahora en uno de los yacimientos más notables y sustanciosos de la cultura argentina de los últimos 30 años”. Y siempre aflorará la vanidad en algunos de nosotros y nosotras: de chica, vivió en Bariloche.

Mis dependencias (fragmentos) *
Por Rosario Bléfari

El paisaje no cambiaba más.
Amaneció detrás de los vidrios empañados y enseguida el vapor se empezó a condensar. Parecía entonces que llovía sobre la visión de las lomas salpicadas de pastizales cortos y piedras en sucesión sin fin. Habíamos tenido que hacer un trasbordo en Bahía Blanca a la madrugada. Hubo que esperar más de una hora en la terminal donde el frío húmedo entraba por todas partes. El tapado negro de mi mamá había sido renovado con unos puños de piel sintética que solucionaron el problema de las mangas. Los acaricié hasta quedarme dormida con la cabeza apoyada en su falda.

Apenas subimos al micro definitivo, que venía de Buenos Aires, sentí el olor a cigarrillo -los pasajeros fumaban y apagaban las colillas en un minúsculo cenicero, por lo general rebalsado, empotrado en el brazo del asiento-. Esa acidez y el calor de la calefacción envolvían los cuerpos dormidos. Era la primera vez que salía de Mar del Plata, mi ciudad natal, y pronto me iba a enterar de que los viajes largos me mareaban.

Mientras mi mamá acomodaba nuestros bolsos de mano -la enorme valija roja la despachamos- me hice un ovillo en mi asiento al lado de la ventanilla y pensé en mi papá esperándonos. Lo habían trasladado desde el Hotel Provincial de Mar del Plata, que pertenecía a la misma cadena hotelera. Como en el Provincial también trabajaba mi mamá, a los pocos meses salió el traslado para ella también: formaría un equipo especial de limpieza. Yo todavía no había comenzado la escuela primaria y había desertado del jardín de infantes. Era un buen momento para el cambio. La familia se mudaba con apenas lo indispensable, no se necesitaba nada más, viviríamos los tres en el hotel “LLao Llao” y yo empezaría la primaria en una escuela del pueblo. El resto de nuestras cosas quedaría en la casa que alquilaban en Mar del Plata: el taller de relojería desarmado de papá, los muebles, mucha ropa, algunos electrodomésticos y recuerdos de familia como fotos y algunos regalos de casamiento sin estrenar.

Cómo se piensa en lo que no se conoce, no me acuerdo, pero pensé en el hotel, ese hotel del que tanto había oído hablar y del que creo haber visto alguna postal, y pensé en un lugar llamado Bariloche, entendía que íbamos hacia el sur y que iba a conocer la nieve, pensé en todo lo que no conocía y quería conocer. Mi papá ya había estado antes en un primer viaje de reconocimiento del que volvió con una historia increíble: sobre el final de un inventario general, antes que empezara la temporada, una tormenta de nieve inusual para la época bloqueó el camino y lo dejó varado diez días junto a otros tres empleados, los cuatro solos en todo el hotel, sin calefacción ni teléfono. Jugaban a la mancha para entrar en calor y por las noches se reunían junto al proyector en el medio del salón de actos envueltos en frazadas para ver una y otra vez las mismas películas de dibujos animados.

Mi papá atesoró esta historia como una aventura insólita que había tenido la suerte de vivir y que conservó a lo largo de mudanzas sucesivas como la foto mural de los cuatro abrazados en el parque con el hotel de fondo. Pero no llegábamos mi madre y yo a ese hotel de su relato, suspendido en la pausa de un inventario o aislado en una tormenta. Ahora, en el momento más álgido de la temporada, funcionaba a toda máquina, lleno de pasajeros y con todo el personal en sus puestos. Mi papá nos contaba en las cartas cómo marchaba todo, cuánto nos extrañaba y cuánto me iba a gustar vivir ahí.

[…] Bajamos en el centro del pueblo, no había una terminal, y el aire frío me quitó el resto de las náuseas del viaje. Mi mamá arrastró como pudo la valija roja hasta la vereda justo cuando alguien del hotel se nos acercaba presentándose y subimos al auto que tomó el camino que va bordeando la orilla del lago.

Apenas terminó la ciudad las curvas se volvieron cada vez más cerradas, más sorpresivas, anunciadas por dibujos en negro sobre amarillo que parecían las letras de algún alfabeto de lo sinuoso. En las banquinas se amontonaban pliegues de nieve mezclada con barro que por momentos las ruedas mordisqueaban reordenando. Los techos que alcanzaba a ver, casi siempre semi escondidos en la vegetación, goteaban lento el agua del deshielo. Más lejos, más arriba, detrás de los esbeltos y oscuros pinos y cipreses, las cumbres mantenían la blancura reflejando los últimos destellos de la tarde. Lo cierto es que no alcanzaba a verlo todo: apenas me detenía en un tronco marcado por hachazos, en una rama seca gris fosforescente, en la espuma golpeando un muelle al fondo del precipicio, en una tranquera al comienzo de un camino que se perdía en un bosque negro, sabía que algo se me escapaba en otro ángulo. Y arriba, y abajo, y más allá, y más acá.

En un momento el lago, desaparecido hacía rato detrás del verde, volvió a aparecer con un gran muelle y algunos barcos amarrados. Giramos a la izquierda y el motor se esforzó para subir hasta la explanada que cortaba la cima del cerro. Entonces por fin lo pudimos ver de cerca y dejó de ser una postal. Era como una casa gigante de paredes blancas, troncos y piedra, difícil de dibujar. Tenía el aspecto de un niñito perdido que espera, tranquilo, que sus padres lo vengan a buscar. El sol ya no iluminaba pero sí su reflejo atrapado por la nieve de las cumbres, la nieve que cubría todo menos la transitada playa de estacionamiento donde nos bajamos. Ya no sé bien. Durante años extrañé tanto algunas de estas sensaciones que las proyecté mil veces en mis pensamientos y ahora creo que solo me queda como un conocimiento, enunciados tibios. Todos los sonidos asordinados por la nieve y solamente las estridencias -como un bocinazo, el motor de una motosierra o un grito-, rebotando en las paredes de los cerros. La transparencia del aire seco permitía verlo todo con nitidez, los cerros parecían los edificios de una ciudad colosal de antes de la gente. El aire formidable se convertía en una sangre que hacía latir más fuerte el corazón. Y en la entrada principal -la boca del niño- apareció la figura de mi papá avanzando para recibirnos. Nos abrazó y me levantó en sus brazos y me paseó un rato por el playón señalándome los cerros y diciéndome sus nombres. Agarró después la gran valija roja con las cosas que al poco tiempo se transformarían en nuestras únicas pertenencias, y entramos al edificio. No sabíamos entonces que ese gran barco a toda máquina que era el hotel estaba por naufragar y que sin poder evitarlo quedaríamos atados a su suerte.

Los primeros días vivimos en una de las habitaciones de la planta baja, que estaba en un pasillo que salía de La Florida, así le llamaban a la galería que atravesaba de punta a punta el edificio. Teníamos que esperar que liberaran una en el sótano, donde estaban las habitaciones del personal que vivía en el hotel. Cuando nos tocó mudarnos yo ya conocía el sótano, donde estaban el lavadero, el ala de servicio y en la otra punta la gambuza y la cocina desde donde se entraba al comedor del personal. Durante el día mis padres estaban ocupados en su trabajo y yo, que todavía no había empezado la escuela, estaba libre y sola. Conocía a la señora Marcela que era la jefa del lavadero, al encargado de la gambuza y a don Ángel como se llamaba el jefe de toda la cocina. Estas personas de alguna manera me cuidaban. Una compañera de mi mamá me traía el desayuno pero con el tiempo prefería ir al comedor yo sola juntando en el camino medialunas recién hechas y frutas. La habitación siempre olía a manzana y mis lápices y cuaderno eran compañía suficiente. Al principio mis padres no estaban seguros de que fuera buena idea que yo saliese del hotel por lo que me escapaba por una ventana alta a la que me trepaba poniendo una silla sobre una mesa y salía así al parque, bajaba hasta el lago, exploraba todo lo que podía y volvía a la habitación a la hora en que más o menos calculaba no sé cómo que volvían de trabajar.

* El cronista quiere agradecer a Amalia Sanz, integrante de la organización del FILBA, la rápida puesta a disposición del texto.

Adrián Moyano

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