2019-04-23

Don Gregorio Navarro, esfuerzo y dedicación al servicio de su familia

Hay hombres y mujeres, pioneros de nuestros barrios que, con mucho esfuerzo, lograron formar sus familias y construir sus hogares. Don Gregorio Navarro nació en Cañadón Bonito, en cercanías de Comallo, vive en el Arrayanes, tiene 83 años, 21 nietos, 10 bisnietos y trabajó gran parte de su vida en el Cementerio Municipal. Uno de sus grandes sueños es poder ampliar su casita.

“Éramos ocho hermanos, en esa época los más chiquitos queríamos seguir a los grandes y el primero que falleció fue el mayor”, dijo María, una de sus hijas. Contó que la familia se dividió, “mi mamá y algunos hermanos se vinieron a Bariloche y el resto, con una hermana, nos quedamos con mi papá en Comallo porque acá no tenían dónde vivir juntos”. 

Su madre, Felisa Lefimil, consiguió una casita cerca de la estación, “después a todos los que vivían ahí los sacaron, una parte se fue a vivir al San Francisco y el resto al Arrayanes”. Eso sucedió hace más de cuarenta años.

Una de sus hijas logró que le den trabajo a Gregorio en la Municipalidad y gracias a ello la familia se volvió a unir, “durante cinco años trabajé de barrendero en el Corralón, pero como en el cementerio trabajaba un muchacho que siempre llegaba tarde, me ofrecieron ese puesto a mí”, recordó.

Primero fue sereno, después pasó a ser sepulturero y hacía fosas, “en un momento había que mudar los restos de los otros dos cementerios, íbamos a buscar los huesitos y los poníamos en una bolsa de nylon, el capataz le ponía el nombre y después algunos iban al primer nicho que está a la izquierda de la entrada”, detalló.

No le molestaba hacer esas tareas “si habré sacado finados, uno destapaba todo y la madera de los cajones estaba podrida y ahí estaban todos los huesitos ordenaditos como cuando lo acostaron”.
Gregorio se jubiló en el cementerio, “antes era muy limpito y prolijo, ahora está lleno de mugre y la gente casi no viene a visitar a sus familiares porque no es seguro, los asaltan”, dijo. “Ahora hacen las fosas anchas, después no rastrillan, nosotros no hacíamos nada de eso, era un gusto venir a ese lugar”, agregó.

En el barrio

“Cuando vinimos al Arrayanes teníamos pocos vecinos, era puro monte esto, pero yo me levantaba a las cinco de la mañana y me iba a trabajar, nunca falté ni al Corralón ni al cementerio” dijo orgulloso. “Me ponía una capa de agua y salía, una sola vez me quedé enterrado en la nieve en el zanjón, me trabé y no hubo caso, cuando pude salir ya era tarde así que me volví a mi casa”.

En ese entonces el barrio no contaba con ningún servicio, solo una canilla pública de agua, en la cual hacían cola con sus baldes para luego llevarlos a sus hogares. “no era fácil subir con dos baldes de 20 litros hasta acá arriba” dijo.

La leña la buscaban en algún cerro, “todo el año había que salir a buscar leña seca, cortarla y guardarla en un galpón, para que el invierno nos agarrara bien provistos” comentó.

“Yo salía del trabajo a las tres de la tarde, comía un poquito y me iba caminando para el otro lado del Ñireco, hacía un tremendo atado y lo cargaba al hombro, la bajada era fácil pero la subida se me complicaba”, recordó.
Cuando llegó la red de gas les cambió la vida “yo hace mucho tiempo que iba comprando los caños y haciendo la conexión en mi terreno, entonces al abrir la llave ya estaba todo listo y nos dejamos de luchar con la leña porque cuando estaba húmeda se llenaba la casa de humo”.

Gregorio continúa levantándose a las cinco de la mañana “me tomo unos mates, después barro mi casa, limpio el terreno o arranco yuyos, no me gusta salir, soy muy casero” dijo. Tiene problemas con la vista, “me operaron pero quedé peor de lo que estaba”, se lamentó.

El sueño de su esposa era hacer un segundo piso para tener más comodidad, “ella falleció con esa idea y si puedo, voy a hacerla en algún momento, pero es difícil porque habría que rehacer una de las paredes de abajo primero” dijo.

La juventud y el amor

Al hablar de sus años de joven en el campo dijo “me gustaba mucho ir a las señaladas y los bailes”. A Felisa Lefimil la conoció en Neneo Ruca, un paraje de Pilcaniyeu “el padre de ella era recorredor y ahí nos quedábamos algunos días, así la conocí”. “Me gustó, así que le llevaba regalitos a la abuela para quedar bien”, dijo riéndose.

Susana Alegría

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