2016-12-22

“Cuando me di cuenta que estaba en problemas, ya era un adicto”

- LUDOPATIA - Ludopatía es un trastorno en el que la persona se ve obligada, por una urgencia psicológicamente incontrolable, a jugar y apostar, de forma persistente y progresiva, afectando de manera negativa su vida personal, familiar y laboral. Entre esta simple definición y la realidad que viven las personas adictas al juego, hay un inmenso abismo que sólo quienes la padecen o tienen a un ser querido que la está atravesando, pueden llegar a conocer.

Por Susana Alegría
salegria@elcordillerano.com.ar

Gabriel G. es un jugador compulsivo en vías de recuperación y dialogó con El Cordillerano para informar de un grupo de ayuda que se ha abierto en nuestra ciudad y porque quizás, con su testimonio, alguien se reconozca como tal y pida la ayuda necesaria.

Se trata de una enfermedad que dura toda la vida, porque se debe estar atento para continuar en abstinencia y no sufrir una recaída, ya la Organización Mundial de la Salud la ha catalogado como tal pero es muy silenciosa, muchos la padecen pero pocos reconocen que la estén transitando.

“La ludopatía es tan grave como el alcoholismo o la drogadicción, es muy difícil de aceptar porque está muy mal visto socialmente, nadie habla de las muertes que ha habido dentro de las salas de juego del país, lugares para jugar a la quinielas o en los hipódromos”, dijo Gabriel.

Inicio en el juego

“El 26 de junio de 2006, acompañado por mis padres, entré por primera vez a una reunión de un grupo de adictos al juego, pero ahí me di cuenta que lo mío venía desde muy chico”.

Reconoce que ya en el viaje de séptimo grado apostaba para ver quién lanzaba más lejos una piedra, al truco o cualquier otro juego, siempre con dinero de por medio. Cosas que hace cualquier niño o joven, pero no de manera tan enfatizada.

“Parece una pavada decirlo, pero lo que para los grandes a veces es simple competencia, para un chico ya tiene otro sentido. A los 15 años me fui en el verano con tres amigos, de vacaciones a Las Leñas, de noche no había nada para hacer y entonces entré por primera vez a un casino”, comentó, sin sospechar que en poco tiempo las cosas se le irían de las manos.

La primera vez

Recuerda que había llevado sólo $20, los perdió y volvió al hotel a buscar más dinero, cuando regresó, ganó. Al otro día volvió a ganar y entonces pagó las excursiones a todos sus amigos. “De ese viaje volví debiéndoles $700 porque los días siguientes que fui sólo tuve pérdida”.

A los seis meses sus abuelos cumplían años de casados y fue con toda su familia a festejar en una cena a un casino de la zona de Tigre en Buenos Aires. “Terminamos de cenar y me fui a la sala de juego, ahí vi que nadie me impidió la entrada ya que era menor de edad entonces empecé a ir esporádicamente”, recordó.

En esa época inauguró El Barco, en Puerto Madero, donde las apuestas eran sólo en dólares, fue a probar suerte con algunos amigos y al pedirles documentos, los hicieron salir. “Coincidió casi con la apertura del hipódromo con maquinitas, yo vivía en Zona Norte pero iba a un colegio en Belgrano, lo tomaba como una salida divertida, además en las salas de juego siempre es muy económico comer y tomar algo, siempre hay promociones”.

Quedó atrapado

“Cuando me di cuenta que estaba en problemas, ya era un adicto”, reconoció. “Empecé a hacer cosas que no eran correctas, sacaba dinero de donde no debía, mentir era algo corriente, cuando cumplí 18 años tenía libre acceso a todas las salas de juego y no paré más”, dijo.

Gabriel comentó que tenía una doble vida, por decirlo de alguna manera, su novia de entonces nada sabía de lo que hacía de manera diaria, sus padres de a poco comenzaron a sospechar que algo malo sucedía, pero no tenían idea de qué se trataba.

“Yo trabajaba con mis viejos, tenía un sueldo mensual como cualquier otro empleado y a los dos o tres días de cobrar, empezaba a pedir adelantos, pero vivía con ellos y no tenía grandes gastos”. Al notar un cambio en el comportamiento de Gabriel, lo enviaron al psicólogo, “iba para no hacerles la contra, pero para mí, era una pérdida de tiempo”, agregó.

Comenzaron los problemas

Al finalizar el secundario e inscribirse en la facultad, apostó el dinero de la cuota y al mes siguiente, se le había acumulado una cifra difícil de cubrir, “ahí me di cuenta que estaba hasta las manos, no sospechaba que comparado con lo que vendría más adelante, eso no era nada”.

“Yo me sentía un capo, muy piola porque nadie se daba cuenta de lo que hacía, cuando ganaba estaba todo bien con mis amigos, invitaba tragos, no me daba cuenta que era todo mentira”.

Se presentaba en la facultad para no tener inasistencias y luego partía rumbo al casino, tenía 21 años, cumplía con su trabajo por la tarde y a los seis meses abandonó los estudios.

“Mi psicólogo se llamaba Pedro, al tener que pagarle una sesión, le dije que me había gastado el dinero en una remera que me gustó, después que me había comprado un jean, y así seguía apostando y perdiendo mientras acumulaba la deuda de las consultas”.

Fue por eso que el profesional decidió llamar por teléfono a los padres de Gabriel para preguntarles si tenían algún problema por el cual utilizaba todo el dinero que le tenía que pagar a él, en ropa y calzado. “Ese día cuando llegué a casa, mis viejos me estaban esperando, destruidos, porque yo metía la mano donde no correspondía, lo de Pedro los superó”, relató.

Crisis

“Lo peor que me pasó por culpa del juego, fue perder la confianza de los que me rodeaban, mis viejos, mis amigos, de todos”. En esa charla con ellos me preguntaron qué estaba haciendo con el dinero, me enojé y no les quise contestar entonces me dijeron que no sabían cómo iba a hacer, pero que tendría que conseguir para la próxima sesión, el dinero para pagarle a Pedro todo lo que le debía”, recordó.

Al otro día temprano, fue a apostar, y a los quince minutos había ganado lo que debía al psicólogo y más, pero continuó jugando. “A las dos horas había perdido todo, me acuerdo que salí del casino, caminé hasta las vías del tren y me quedé ahí, estaba en la lona, una de las opciones fue quitarme la vida, empecé a llorar y no podía parar, en ese estado llegué al consultorio, le conté lo que me estaba pasando, me abrazó, me contuvo y fue la primera sesión real donde le dije lo que sentía”.

“Al hablarlo con mis viejos decidieron acompañarme a un grupo de ayuda.”

El tratamiento

De allí en más, tuvo algunas recaídas hasta que ese lunes 26 de junio llegó a la primera reunión. “Me recibieron muy bien, escuché testimonios terribles y en algunos me sentía identificado, algunas personas han perdido todo, su casa, su trabajo, su familia”. La ludopatía afecta a cualquier clase social, pero hay herramientas disponibles y pasos a seguir para superarlo poco a poco.

Un sistema terminante que utilizó Gabriel, fue el de autoexcluirse del casino de Bariloche, se trata de una planilla que se pide en el mismo lugar, “la llené con mis datos, la firmé, agregué foto carnet y la entregué, es algo que se puede hacer en cualquier casino del mundo, con eso te prohíben la entrada, lo que ayuda en el momento de debilidad donde uno quiere volver”, explicó.

Reuniones

Gabriel vive en Bariloche desde hace unos años, y recién ahora se siente capacitado para ayudar a otros que estén pasando por lo mismo que él vivió. Es por ello que abrió el grupo de autoayuda Jugadores Anónimos Bariloche, totalmente gratuito. La próxima reunión será el jueves 5 de enero de 21 a 23 horas en el salón de la Inmaculada Concepción de calle Elflein 502.

A nivel nacional el contacto es (011) 15.4412-6745 (línea de vida) y acá en Bariloche, el número particular de Gabriel es 154-70-1300.

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