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04/11/2026

¿Hay salamancas en la Patagonia cerca de Bariloche?

Presente en decenas de canciones folklóricas, se trata de una “leyenda o mito” con gran arraigo en la Argentina. Su versión patagónica tiene diferencias sustantivas con la norteña.
El cerro Anecón Grande. Fuente: Club Andino Bariloche.
El cerro Anecón Grande. Fuente: Club Andino Bariloche.

Aparece en la letra de decenas de canciones del folklore, sobre todo provenientes del norte de la Argentina. Está envuelta en un halo de misterio y tal vez sea esa aureola la que torne más atractiva la leyenda. De hecho, son varios los versos en los que el cantor se ufana de su condición: “salamanquero soy”. Ahora bien, ¿es un asunto de Santiago del Estero nomás? ¿Hay salamancas en la Patagonia? ¿Qué tan cerca de Bariloche?

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Para arrancar, precisemos qué se entiende por “la leyenda o mito de la Salamanca”, que “es una de las tantas historias que ha perdurado en el imaginario popular, especialmente en algunas regiones de América Latina y, particularmente, en Argentina”, dice el escritor e investigador Sergio De Matteo en las páginas iniciales de “Salamanca. Mitos y leyendas en Patagonia”. El libro salió de imprenta en 2025 y llamativamente, editó la Unión del Personal Civil de la Nación (UPCN).

Para el autor del estudio introductorio, diferentes investigadores “resaltan que la Salamanca es un lugar misterioso, asociado con la brujería, el ocultismo y el diablo. Señalan que allí se realizan reuniones secretas de brujas y aquelarres, donde se practican rituales oscuros y se enseñan artes prohibidas”. Así las cosas, ¿esa concepción es la que prevalece también en la Patagonia? Como se verá, hay matices.

En la contratapa del volumen hay una alusión directa a un paisaje emblemático de la Región Sur de la provincia. “La meseta de Somuncurá es una inmensa mesada de cientos de miles de kilómetros cuadrados que se extiende desde Río Negro hacia el sur, hacia Chubut hasta la zona de Telsen y Gan-Gan. Esa meseta de origen volcánico, al levantarse centenares de metros sobre el nivel del mar arrastró otros sedimentos de origen marino o de origen terrestre”.

La meseta de las "piedras que hablan".

En este caso, la constatación corrió por cuenta de Edgar Morisoli, uno de los gigantes de las letras pampeanas. “No es difícil que en algún lugar el basalto haya adoptado una forma cristalina que se llama fonolito, porque golpeados a veces con el viento muy fuerte los fonolitos suenan: es la piedra que habla, de ahí el nombre de esa formación”, enseña su aseveración. Zungun Kura sería, literalmente.

Poco y nada que ver

Precisamente, fue en ese ambiente de la Patagonia que Juan Carlos Bustriazo, otro prócer literario, “tomó contacto con el mundo de los salamanqueros”. Para Morisoli, las diferencias con las que cantan tantas chacareras son palmarias. “La salamanca patagónica tiene poco y nada que ver con la del norte del país. Esta (la norteña) es un recinto infernal donde se da un pacto fáustico en el sentido de Goethe, es decir, donde a cambio del alma se obtienen saberes, poderes, o se pueden concretar ansiados objetivos hasta ahora no logrados”. Como contrapartida, “la salamanca de Somuncurá nada tiene de infernal y está ligada siempre a la presencia del agua fluyente” es decir, “que corre”.

Según estableció el poeta, “el salamanquero vive al lado de un manantial, de un arroyito, de un nacimiento de agua. Ese salamanquero tiene saberes mágicos legendarios; varios de ellos figuran en los libros de Juan Carlos; por ejemplo, Antipán (león del sol, león solar). Ese mundo de la salamanca patagónica fascinó a Juan Carlos”. En efecto, Bustriazo “subió hasta las nacientes del arroyo La Ventana de Somuncurá, donde surge de una grieta de basalto; ahí vive Juan Calfín”, un salamanquero, pero a la usanza patagónica.

En las páginas del libro hay aportes que formularon dos vecinos de Bariloche, uno es integrante del pueblo mapuche y enseñante de su lengua, y la segunda es doctora en Antropología e investigadora del CONICET. En efecto, De Matteo reparó en el trabajo de Pablo Cañumil y Ana Ramos, quienes establecieron que el concepto de salamanca en mapuzungun es renü y “puede ser tanto el portal -en forma de cueva- para pactar con el diablo la adquisición inmediata de conocimientos extraordinarios a cambio del alma propia o la de los seres queridos, como puede ser el portal hacia los mundos paralelos de la ancestralidad donde se adquiere el conocimiento mapuche”, diferencia el texto.

En consecuencia, “la cueva conecta con un mundo subterráneo -el mundo de abajo- que a veces adquiere las características de un infierno -en el sentido cristiano- y otras la de un mundo paralelo de riquezas y conocimientos ancestrales sobre la vida y el entorno”, aclara. “Los sentidos externos son asociados con las ideas cristianas y los marcos de interpretación donde el infierno, la brujería, y la dicotomía entre el bien y el mal son preponderantes”.

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Como contrapartida, “los sentidos internos reponen otros implícitos sobre las formas de habitar y relacionarse con el entorno, donde el conocimiento heredado de los ancestros define tanto la cultura mapuche desde la experiencia de un adentro como los caminos para llegar a ser parte de ella”, completa la reflexión de Cañumil y Ramos. En las páginas siguientes, el libro se divide por provincias y adjudica a la geografía rionegrina unos 10 relatos que mencionan salamancas.

Se recogieron en Conesa; en Ingeniero Jacobacci en referencia al paraje Colitoro; en Bariloche en alusión a Anecón Grande; y en Valcheta, precisamente en mención a la meseta de Somuncurá. Sin perjuicio de que podamos ampliar en otros espacios de El Cordillerano, puede aventurarse entonces que la distancia entre el Nahuel Huapi y la salamanca más cercana ronda los 120 kilómetros. Tranquilizarse o no correrá por cuenta del lector.

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