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03/11/2026

De la mano de Javier Casalla, habrá homenaje a Chingolo y hermanos en Buenos Aires

Por primera vez se saludará musicalmente al terceto: Carlos, Bicho y Eduardo. Allí estarán Carlitos y Joaquín, vecinos de Bariloche.
Javier y los Casalla cordilleranos en acción.
Javier y los Casalla cordilleranos en acción.

Ganas de estar en Buenos Aires. El próximo martes (10 de noviembre), el prestigioso ciclo Jazzología adoptará una atmósfera un tanto barilochense, ya que sobre el escenario del Centro Cultural 25 de Mayo confluirán tres Casalla: Javier el del violín mágico, Carlitos el de la percusión imbatible y Joaquín el de la electrónica impresionista. Junto con otros cofrades brindarán un homenaje a tres de sus mayores, entre ellos, el inolvidable Chingolo. “El Casallazo” se titula el concierto.

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El nombre resulta pertinente porque habrá “un montón de Casallas juntándose a celebrar la música y la alegría de reunirse, un ritual familiar que comenzó con Chingolo”, le dijo Javier a El Cordillerano, desde la gran urbe. Con el recordado vecino de Bariloche “se inició esta costumbre de tocar en familia y divertirnos, a pesar de las diferencias estilísticas y generacionales. A partir de eso surgió aquella Chingolera (el CD) que grabamos en 2007 y presentamos en vivo cada vez que podemos”, recordó el violinista.

En términos nacionales, tal vez Carlos Casalla sea referenciado nueve años después de su muerte, más como historietista que como músico, pero vaya si tuvo que ver con cierta movida. “Chingolo era el mayor de tres hermanos, y además de dibujante era baterista, con una gran actividad dentro de la escena del jazz tradicional y el Dixieland”, evocó el Bajofondo. Nació en el año 26 o 27, no recuerdo exactamente, y como todo porteño de su época, estaba también muy influenciado por el tango y la milonga, que era lo que sonaba en la calle en Buenos Aires”.

También abrevó “en la canción latinoamericana, como el son cubano y los ritmos afroamericanos, por eso era capaz de tocar una milonga en la armónica o de cantar acompañándose solo con un bongó”, como seguro recuerda la afición barilochense. “Como baterista tocó hasta sus últimos días, participando de festivales de jazz tradicional por La Pampa, Rosario y la Patagonia”.

Chingolo con su bongó, detrás Eduardo y un jovencísimo Joaquín.

En particular, su sobrino recordó un “concierto con la gran música sueca Gunhild Carling, tía y mentora de las Carling Sisters”. Hasta ahí el prontuario de su tío. “Dos años menor era el Bicho, Luis María Casalla, tremendo trombonista de jazz que sigue siendo un referente de los jóvenes que tocan metales en orquestas y en bandas. Además de ser un especialista en la actividad orquestal y de Big Band, también fue un incansable músico de sesión en estudio, que participó de una cantidad de grabaciones que me siguen sorprendiendo hoy en día”, admitió Javier.

Papá Eduardo

Es posible descubrir a Bicho Casalla en “contratapas y sobres de discos de vinilo, como Bicicleta de Serú Giran o Buen día, día de Miguel Abuelo, para dar un par de ejemplos”. El terceto de hermanos se completaba con “el menor, mi papá Eduardo, un verdadero virtuoso de la batería de jazz, un vanguardista total, un tipo al que le gustaban las nuevas, para esa época, tendencias como el bop, el hard bop y el post bop. Un purista de esos géneros”, se enorgulleció el violinista.

Eduardo Casalla “hizo la carrera de Odontología paralelamente a su actividad musical, en épocas de intensidad con el trío del Mono Villegas, o con los hermanos Rubén y Leandro, el Gato Barbieri, el Chivo Borraro, Baby López Furst, Santiago Giaccobbe o Lalo Schifrin, antes de su radicación en Estados Unidos”, evocó. A la “profesión de dentista la desarrolló para no tener que tocar músicas que no le gustaran, o agarrar trabajos de músico que no fueran exactamente lo que a él le gustaba hacer. Tenía una relación sagrada con la música, que pienso yo, es prácticamente inédita en nuestro país y en el género del jazz moderno. Creo que de este enorme abanico que te estoy contando estamos hechos los descendientes de ellos, mi primo Carlos, mi hijo Joaquín y yo”, celebró el músico.

El Casallazo tiene un autor intelectual. “La idea partió de don Carlos Inzillo, un verdadero prócer y divulgador del jazz argentino con su ciclo Jazzología, que está cumpliendo nada menos que 42 años. Ya lo habíamos intentado hace unos años, cuando la temática del ciclo había sido padres e hijos. Por aquel entonces, entre mi actividad y la dificultad geográfica de Joaquín, que vive en Bariloche, no lo pudimos hacer, así que ahora se alinearon los planetas y aprovechamos para plantearlo así, como un homenaje como nunca se hizo, a la figura y a la trayectoria de Chingolo, Bicho y mi viejo”, celebró.

No solo historietas legó Carlos Casalla.

De cara a la cita en Villa Urquiza, “la idea es hacer un recorrido por toda la música que atravesó a los Casalla, con el jazz como eje, por supuesto, ya que era lo que los movía y apasionaba a los tres hermanos. Los invitados van a aportar los elementos para completar esa experiencia. Por eso, va a estar Javier Amoretti, amigo guitarrista del excelente conjunto Las Bordonas, con quien giraba yo por el mundo en aquellas épocas de mi disco solista con el violín corneta y todo ese tango de los años 20 y 30”, encuadró Javier.

Jodos y Wainer

“Van a estar también dos excelentes jazzistas, como son el pianista Ernesto Jodos, uno de los músicos favoritos de mi papá, que formó parte del cuarteto que grabó el único disco como solista que grabó Eduardo en su vida (Improntas)”. Estará junto con “Diego Wainer en contrabajo, con el que también tocaron en trío con el Mono Fontana para hacer algo del repertorio de ese álbum”. Para cerrar, se contará con “Javier Mattanó, un gran guitarrista eléctrico que nos ayudará en la parte final del recital, para terminar con un poco de funk y de la electrónica impresionista y abstracta que hace mi hijo Joaquín”, sintetizó Javier.

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Desde ya, “para mí es hermoso hacer esto y mostrar en Buenos Aires de qué está hecho este verdadero ritual que tanto hemos disfrutado en Bariloche. Ni más ni menos que una reunión de familia y amigos alrededor del fueguito de la música. Tocar con mi primo y mi hijo, así como fue tocar con mi viejo y mi tío, es una alegría que llevo siempre conmigo en mi corazón y en mi alma”, admitió el gigante de violín.

Soñar no cuesta nada, pero “así exactamente, no creo” que la experiencia pueda replicarse con el Nahuel Huapi a la vista. “Que coincidieran las agendas de los invitados fue muy complicado”, justificó Javier. “Pero sí seguramente sucederá nuevamente muy pronto con la participación de siempre de los grandes amigos y excelentes músicos que hay en Bariloche, que siempre se suman al Casallazo cuando lo hacemos por allá”. Ganas de estar en Buenos Aires el próximo martes.

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