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17/11/2025

Una chacra barilochense que es una invitación a los sentidos

La historia de Wesley, mucho más que una cervecería.
Un espacio que, con su encanto campestre, buena bebida y comida, convoca a disfrutar (fotos: Eugenia Neme).
Un espacio que, con su encanto campestre, buena bebida y comida, convoca a disfrutar (fotos: Eugenia Neme).

Durante una tarde bucólica, en la chacra ubicada a la altura del kilómetro 15.500 de la avenida Bustillo, Marcos Wesley sonríe e indica que la cervecería que lleva como denominación el apellido familiar nació en junio de 2014, aunque, por una cuestión de preferencia climática, unieron la celebración al mes en que, un año después, surgió el local céntrico de la firma, de ahí la decisión de realizar un gran festejo en noviembre.

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Justamente, el último domingo fue el día escogido para soplar las velitas. De esa manera, se vivió una jornada donde el clima brindó un marco ideal, con un atardecer calmo, donde se pudieron disfrutar platos y bebidas mientras se veía alguno de los varios shows musicales (tocaron Mariano Rodríguez, Fran Lanfré, Fortune y La Gozadera), y los niños correteaban en un ambiente campestre, junto al colorido que, como es habitual, regalaban los pavos reales.

Niños “burbujeando”, durante el festejo de los once años de Wesley.

A la hora de hacer un repaso del recorrido de la cervecería, pero también de los orígenes de la familia Wesley en la zona, Marcos cuenta: “Todo arrancó con mi abuelo Eduardo, que nació en Tandil y se vino para Bariloche. Había estado de voluntario en la Segunda Guerra Mundial (de familia inglesa, se unió a los Aliados) y, cuando regresó, viajó a la Patagonia durante la luna de miel y finalmente se quedó acá. Mi viejo (Tom) y mis tíos nacieron acá”.

Marcos, rapasando la historia de Wesley.

Sobre aquel abuelo que, al decidir mudarse a esta región, marcó un poco el destino de quienes le siguieron, Marcos recuerda que, justamente, a partir de su presencia, en el predio se realizaban encuentros entre diversas personas que habían participado aquel conflicto bélico que puso en vilo al mundo. Lo curioso es que, entre quienes se reunían, había personas de ambos bandos… “En Bariloche vivían muchos excombatientes de la Segunda Guerra Mundial, y acá se juntaban todos; ya el combate había pasado y eran amigos, tanto los Aliados como los del Eje”.

Ingreso a una granja con historia.

Marcos indica que su abuelo les compró el terreno a los descendientes de Francisco Pascasio Moreno, para enseguida señalar hacia un costado, donde se ubican construcciones que en el presente sirven para diversas dependencias relacionadas con la cervecería, y decir: “Esos galpones eran gallineros, porque esta chacra servía para suministrar huevos a todo Bariloche”.

Al fondo, un camión de Wesley; al centro, un galpón con un cráneo que remite al Lejano Oeste; a la derecha, un pavo real.

Con el tiempo, el predio delineó otro perfil a partir de Tom —hijo de Eduardo—, ya que él decidió darle una veta turística al lugar. “Mi papá era instructor de esquí, y en determinado momento cambió aquello por los caballos. Ahí empezó a crecer todo, con cabalgatas y demás”, apunta, y recuerda que antes, tras Semana Santa y hasta el invierno, el sitio permanecía cerrado, pero con la llegada de la fábrica de cerveza todo eso cambió, y sólo dejan de abrir durante dos semanas (para que todos los que se desempeñan en ese espacio se tomen vacaciones). El resto del tiempo, permanecen activos. 

Tom, durante la jornada de celebración de los once años de la cervecería.

Justamente, en cuanto al movimiento comercial —y su eco vivencial— relacionado con la dedicación al ámbito cervecero, Marcos rememora: “Arrancamos en 2014, con algo muchísimo más chico de lo que es ahora, y todo fue creciendo”. El plural es porque la propuesta siempre fue un proyecto junto a sus hermanos, Martín (el mayor) y Santiago (el menor).

Un ámbito de relax y disfrute.

“Aquel era el tiempo de boom de las cervecerías”, afirma Marcos, y, a la vez, relata que, ya antes de que surgiera la intención de levantar una cervecería, junto a sus hermanos y un par de amigos habían realizado un pequeño equipo de fabricación casera, aunque el origen del negocio llegó a partir de que, después de culminar sus estudios, el menor de los Wesley, Santiago, que tenía pensado trabajar en la producción de lúpulo en El Bolsón, ante el cambio de valores en el mercado, desistió de aquella idea y comenzó a hacer cerveza en Bariloche. De pronto, empezaron a llegar más y más pedidos, y aquello se transformó en una interesante propuesta comercial.

Cuando la cerveza es un elixir.

Marcos explica que, a la hora de ir definiendo el perfil de las cervezas, averiguaron por Internet, participaron de cursos y tuvieron la ayuda de otros cerveceros, destacando que mayormente existe colaboración entre aquellos que ya tienen un camino hecho y los nuevos exponentes. “Está bueno que la gente haga birras; es decir, no sólo quiero tomar las mías, sino también probar las de otros y que estén buenas”, destaca, y aprecia que la anécdota con relación a que encontraron recetas cerveceras del abuelo es cierta: “Él hacía birra, licores… de todo, porque en 1950 acá no había supermercado ni nada parecido, así que tenían que autoabastecerse; si querías tomar algo, había que ir al centro o hacerlo vos mismo”. Igualmente, con una sonrisa aclara que, más allá de aquello del “libro de recetas del abuelo” —casi un eslogan de la marca—, lo cierto es que “a él le habían salido mal”. De tal forma, riendo, reconoce que, en aquellas viejas anotaciones, al margen se podían leer observaciones del tipo “fracaso total”. En tal sentido, expresa que, en aquellos tiempos, la información no abundaba, por lo que resultaba complejo hacer cerveza. Incluso expone que hoy en día es algo difícil de llevar adelante. “Se trata de un producto complejo, porque la cerveza es muy quisquillosa, cualquier cosita la contamina; el sol y el oxígeno ‘no le gustan’. Por eso, detrás debe haber mucha tecnología y conocimiento. Si hay que comprar una máquina, lo hacemos, porque el producto mejora”, afirma.

"Vigilancia" animal, frente a un Chevrolet de 1940. 

Cabe indicar que, si bien Wesley es sinónimo de cerveza, de un tiempo a esta parte se ha añadido la oferta del gin propio. “Antes de la pandemia habíamos empezado a hacer algunas pruebas, porque estaba trabajando un ‘gringo’ que había estado en una destilería de Inglaterra, y él nos despertó ‘el bichito’. Arrancamos con un barril de veinte litros a destilar”, rememora, para luego ampliar: “Pero el empujón fuerte vino a partir de la pandemia, porque en ese momento faltaba alcohol, algo que es imprescindible para la sanitización de la fábrica, así que empezamos a destilar nuestros alcoholes, y así decidimos arrancar con el gin, con enebro del cerro Otto”.

Una Harley Davidson, "enmarcada" por barriles.

Por otra parte, no debe olvidarse la relevancia que en Wesley se le da a lo gastronómico. De esa manera, la llegada del chef Lucas Mateu como jefe de cocina en Tap Garden (tal el nombre del restaurante ubicado en la chacra Wesley) otorgó un nuevo factor de distinción. Por ejemplo, una propuesta que ideó para la reciente edición de Bariloche a la Carta, de fainá con textura de hongos, obtuvo el premio a “Mejor plato de cervecerías y bares”.

Lucas Mateu, un chef de lujo.

Y, así como Lucas hace pequeños milagros comestibles desde la cocina, el maestro cervecero Iván Martínez los efectúa en la bebida emblema de la firma, buscando nuevas variedades, en una experimentación constante en la fábrica.

Iván, a la izquierda de la imagen, brindando detalles a quienes se acercan a disfrutar de las variedades de cerveza en las que trabaja.

Otro punto saliente de Wesley está dado por los animales. Obviamente, se encuentran los caballos (alrededor de cincuenta), de los que Tom se sigue encargando, pero también hay conejos, llamas, faisanes y —las estrellas de la granja— pavos reales, de los que Marcos cuenta: “Cuando yo era chico, mi abuelo siempre tuvo pavos reales. Pero, en aquel tiempo, todo esto estaba abierto, no había tranqueras ni nada, y unos perros que entraron los mataron. Antes de la pandemia se nos ocurrió traer estos animales de nuevo, y pusimos dos parejitas que, ahora, se transformaron en casi treinta ejemplares”.

Detrás, como parte del paisaje, un pavo real en su esplendor.

Deambular con una mirada atenta por los diversos espacios de la chacra Wesley ofrece sorpresas constantes, porque, más allá de la comida y la bebida, y de los animales, hay que sumar juegos que, en su rusticidad, atrapan a los más pequeños, así como también objetos que presentan diversos encantos en un ambiente campestre. De tal forma, se ve un Chevrolet de 1940, un antiguo camión Mercedes Benz que en la patenta dice Pilcaniyeu y cuya parte trasera sirve de escenario para los músicos, un carruaje, una Harley Davidson, una bicicleta añeja, una montura, barriles, un cráneo de animal en la parte superior del frente de un galpón, un molino… 

En definitiva, visitar la chacra Wesley es una invitación a los sentidos.

Simplemente, un ambiente idílico... 

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