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LA PRODUCCIÓN EN EL PUEBLO 100 AÑOS ATRÁS

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03/05/2025

Salsa de tomate, catangos, jabón y cal “Made in Bariloche”

Hacia 1920 el perfil turístico del poblado apenas si asomaba. Algunas de las actividades que se desarrollaban sorprenderán, si se tiene en cuenta el sesgo económico de la actualidad.
La intersección de Moreno y Frey 100 años atrás. Colección Gelain en Archivo Visual Patagónico.
La intersección de Moreno y Frey 100 años atrás. Colección Gelain en Archivo Visual Patagónico.

Cien años atrás había cuatro fábricas en Bariloche, pero nada que ver con el chocolate: una se abocaba a la salsa de tomate, otra a los catangos, un tercera se especializaba en jabón y la cuarta en cal. Se supone que la primera se abastecía de producción local, porque si no, no hubiera resultado rentable. La segunda era de particular importancia, porque como vimos semanas atrás, no había forma de unir el centro del poblado con península San Pedro -por ejemplo- si no era mediante aquellos carromatos. Y menos mal que no era necesario traer de otros lugares el artículo de limpieza… En cuanto a la sustancia que deriva de la piedra caliza, quizá fuera la primera actividad minera por estas latitudes.

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Entre el 3 de mayo de 1902 y sus primeros 20 años de vida formal, el poblado había crecido, pero no tanto. “Al comienzo de la década del 20 San Carlos de Bariloche contaba con 1.250 habitantes”. El componente agrícola era importante: “la zona se autoabastecía de trigo, avena y cebada y de toda clase de verduras y legumbres propias del clima. Los principales centros de cultivo fueron el cerro Otto, la península San Pedro y Colonia Suiza”.

No sólo se producía en las huertas hogareñas para autoconsumo: “el molino harinero de Jorge Hube abastecía de harina relativamente barata a toda la región, y Abraham Breide fabricaba cerveza utilizando cebada y lúpulo del lugar”. Por otro lado, como ya vimos en otra oportunidad en El Cordillerano, “la principal industria consistía en la fabricación de manteca y queso y en la elaboración de madera”. Va de suyo entonces, que la producción láctea debió ser relativamente importante, al igual que la actividad forestal.

Por su parte, “el comercio se concentraba en productos del suelo, cueros, lanas y ganado”. La semblanza de la actividad económica que se desarrollaba en San Carlos de Bariloche hace aproximadamente un siglo es la que registró Juan Martín Biedma en “Crónica histórica del lago Nahuel Huapi” (Editorial Caleuche – 2003), libro que por primera vez se publicó en 1987. “En esta época (es decir alrededor de 1920) comienza a insinuarse, más que una industria, una artesanía local, como la fabricación de salsa de tomate por Babil Azcona; de catangos por Enrique Gingins; de jabón por L. Marciani; de cal por los hermanos Pizzuti”, puntualiza la reconstrucción.

Vista desde el ciprés histórico (Paseo de las Colectividades) alrededor de 1920. Colección Capraro en Archivo Visual Patagónico.

Según Biedma, “predominaba el elemento extranjero, sobre todo chileno, pero en el orden de la cultura y el espíritu progresista sobresalían las colectividades alemana, española, italiana, francesa, sirio libanesa y suiza”. Opinión suya, claro… La primera “sostenía una escuela propia, que mereció el aplauso del presidente del Consejo Nacional de Educación, doctor Ángel Gallardo, cuando visitó la zona en 1918”. Por entonces, el cargo equivalía a una suerte de ministro del área.

¿Predominio español?

Siempre según las consideraciones a veces contradictorias del autor de “Crónica histórica del lago Nahuel Huapi”, “en el alto comercio era indiscutible la supremacía de la colectividad española. Los hombres de empresa que se destacaron fueron el ya mencionado (en páginas anteriores de su libro) Primo Capraro y Ricardo Roth”, ninguno de los cuales era de origen español. “Los negocios más importantes eran los de José García, Rubén Fernández, Cornelio Hagemann, Domingo Lorenzo Marciani, Dionisio Santillán y sucursales de Lahusen y Cía. y Ricardo Carro Crespo”, enumera su rescate.

“Luego de la desaparición física de Capraro, D. Pedro de Pellegrin sigue al mando del negocio, que pasa a llamarse Almacén de Ramos Generales de Pellegrin, en el cual trabajaron codo a codo sus cuatro hijos: Virgilio, Antonio, Ida y Gino. El almacén estaba ubicado en la actual Mitre y Quaglia”. El primero se había quitado la vida en 1932, de manera que la estampa corresponde al Bariloche de 90 años atrás, aproximadamente.

“D. Pedro era paisano de Capraro, había nacido en Belluno, llegó a Bariloche en 1923. Vivió con su familia en el caserón para el personal casado, donde actualmente está la Biblioteca Sarmiento. El de solteros estaba donde se hizo el edificio y la torre de la Municipalidad. Tenía a su cargo el almacén de la empresa repartiendo víveres a las cuadrillas de trabajadores”. Recordemos que el Centro Cívico se terminó de construir a instancias de Parques Nacionales en 1940.

Antes de la llegada de la institución y de nuevas normas aduaneras que obstaculizaron la circulación acostumbrada, “la mercadería, por razones de economía, llegaba en barco desde Chile, era descargada en el aserradero, situado debajo del almacén y desde allí, (iba) sobre rieles, a los sótanos de este”. Biedma detalló que “D. Pedro falleció al regreso de un viaje a la tierra natal a raíz de una enfermedad contraída en el barco. Sus hijos demolieron el almacén y construyeron la galería Bariloche, en la intersección de las calles Mitre y Quaglia”, que todavía perdura y así se llama.

Todavía en la década de 1920, “otros negocios fueron la panadería de Ernesto Schumacher, el molino harinero de Marcos Fernández y Benito Boock, en Playa Bonita, la carnicería de D. José Valdéz, el aserradero de D. Ángel Gelain, la ferretería de Gregorio Ezquerra, la librería de D. Arturo Hechenleitner, la relojería de Sebastián Lagos. Pablo Mange instaló la primera imprenta en Mitre 790, y en ella se imprimió el primer periódico local, Nahuel Huapi”. Albores del periodismo barilochense cuando todavía se consideraba que la fecha de “fundación” de la ciudad era el 8 de febrero de 1895 (ver aparte en El Cordillerano).

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