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FERNANDO GARCÍA

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20/03/2022

Vida de cafetero: “Hay mucha psicología en esto”

Vida de cafetero: “Hay mucha psicología en esto”
Vida de cafetero: “Hay mucha psicología en esto”

Fernando García confiesa sesenta y ocho años.

Para los que suelen transitar la plaza del Centro Cívico durante la mañana, forma parte de la postal de la ciudad.

Están las montañas enfrente; en medio, el lago; en el Cívico, los perros san bernardo, y Fernando con sus termos de café.

El hombre, oriundo del porteño barrio de Parque Patricios, de joven, cuando decidió partir a la Costa Atlántica para rebuscárselas en la construcción, no sabía que estaba sellando su destino.

Porque en una obra donde trabajaba, solía aparecer un muchacho que vendía café y medialunas, que era aguardado con ansias por los obreros –entre ellos, el propio Fernando.

Cierto día, el vendedor no apareció más, y Fernando tuvo la idea de cambiar de rubro.

Así, empezó él a ofrecer el néctar negro.

Por semana, obtenía la ganancia que le deparaban quince días en la construcción.

Ya no tuvo dudas, y supo que eso era lo suyo.

Pasó un tiempo largo en localidades como San Bernardo y Mar de Ajó.

También, en algunos inviernos, llevó su venta al paso a Termas de Río Hondo.

Luego, siguiendo un pensamiento lógico (“por el frío, voy a vender mucho café”), apuntó al sur, específicamente a Bariloche.

“Hace treinta y tres años que llegué”, rememora Fernando, que cada día pone el despertador a las seis, para preparar el café y luego rumbear hacia el Hospital Privado Regional (HPR), ya que en esa esquina, de 20 de Febrero y 24 de Septiembre, se detiene durante un rato para ofrecerles algo caliente de beber a aquellos que acuden temprano al nosocomio.

Después continúa, en un recorrido fijo, con su clientela de oficinas, para luego desembocar en el Centro Cívico, que podría decirse que es su hábitat natural.

Aunque las cosas ya no son como antes.

Cuando uno se detiene a conversar con él, y le pregunta por las ventas en el Concejo Deliberante, dice que casi todos concejales le compran, y destaca como un cafetero fiel al edil Gerardo Del Río, pero, a la vez, añora los tiempos prepandémicos.

“Las reuniones del municipio son distintas, se hacen con mucho protocolo, y eso se nota en las ventas”, cuenta.

En el pasado, Fernando entraba al Concejo y conversaba con todos mientras repartía café, prácticamente como si fuera parte del personal, pero ahora las cosas son diferentes, protocolos mediante.

Lo mismo le sucede en establecimientos de pago a los que solía acudir con su oferta cafetera.

Como muchos se acostumbraron a abonar en forma virtual, los clientes escasean.

Igualmente, se lo suele ver parado en la esquina de Quaglia y Moreno, que, por un lado, le queda a mano del Cívico, y, por otro, cuenta con un par de bancos cercanos.

Así, cuando una de esas entidades bancarias presenta cola de gente que tiene que retirar dinero o efectuar pagos en el cajero automático, Fernando aprovecha.

Pero, en el radio céntrico, más allá de los cambios que impuso el Covid-19, surgió una costumbre que atenta contra su labor: el despacho, en las confiterías, de café para llevar.

Fernando ve pasar a los transeúntes con sus envases térmicos, que llevan la marca del local donde los adquirieron, y piensa con tristeza: “Esto, antes, no existía”. 

Donde no tiene ese inconveniente es en la cancha, los fines de semana. “Siempre voy al Estadio Municipal”, apunta.

Ahí, al aire libre, sin negocios que expendan café, no se le plantean aquellos problemas.

También, los sábados por la mañana, acude a la Feria Franca de Agricultores del Nahuel Huapi, en la plaza Belgrano, donde, al lado de un banquito, espera por aquellos que desean tomar un café.

“Lo mejor de ser cafetero es que me relaciono con todo tipo de personas. Hay mucha psicología en esto; la calle te enseña mucho, sobre todo a respetar al prójimo”, señala.

Y añade: “El café, más allá de lo laboral, es la excusa para salir. Si no es para vender, me voy a caminar como distracción”.

Cuando se le dice, en broma, que parece un cartero que, tras deambular durante el día por todos lados, luego, para distraerse, sale a caminar un rato, ríe con ganas y suelta: “¡Sí! Como el cartero, tenés razón…”.

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