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A DIEZ AÑOS DEL FALLECIMIENTO DEL FLACO

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08/02/2022

El recuerdo de un encuentro con Spinetta

El recuerdo de un encuentro con Spinetta
El recuerdo de un encuentro con Spinetta

Se cumple una década del fallecimiento de Luis Alberto Spinetta.

El Flaco se fue a poco más de un año de la muerte de mi viejo.

Quizá porque se llamaban igual –Luis Alberto–, tal vez por la causa de la muerte –cáncer–, quién sabe bien por qué, si por esas razones u otro motivo enredado en algún vericueto mental, el asunto es que, en mi cabeza, cuando evoco a Spinetta, suele aparecer también la imagen de mi papá.

Mi viejo no era seguidor del Flaco, ni nada por el estilo.

Creo que para él, Spinetta siempre fue sinónimo del primer Almendra, el de Muchacha ojos de papel, y ahí se había quedado con respecto al músico.

Yo, en tanto, me inicié en el derrotero spinetteano en épocas de Los Socios del Desierto, en Bariloche.

Spinetta aterrizó en la ciudad cuando todavía no había salido el disco doble de esa formación.

Era una época en que se había puesto muy duro en cuanto a las condiciones que buscaba para publicar su obra.

Finalmente, arreglaría con Sony, y el álbum se publicaría en 1997.

Pero estábamos en 1995, y todavía faltaba para aquello.

Spinetta se presentó con dos shows, uno íntimo, en la biblioteca Sarmiento, y otro eléctrico, en Bomberos.

Concurrí al primero, el jueves 10 de agosto, bajo el mismo techo del salón que atesora infinitos libros.

Fila 13, asiento 10.

La magia spinetteana hizo su efecto y quedé hechizado.

Años después, en febrero de 2003, tendría la oportunidad de conversar con él.

Esa vez, lo vi descender desde las alturas… literalmente.

Ocurrió en un hotel marplatense.

Él paraba en el noveno piso –habitación 907–, y bajaba en el ascensor.

Yo lo aguardaba en recepción.

–¿Me estaban esperando a mí? ¡¿A míííííííííí?! –bromeó, estirando la í acentuada.

Les hablaba a quienes, en ese momento, integraban su banda: Javier Malosetti, Daniel Wirtz y Claudio Cardone.

Sacando fuerzas de vaya a saber dónde, me presenté.

Estrechó mi mano y le consulté si podría concederme una entrevista.

Miró fijo, a través de los lentes que llevaba.

Fue una especie de análisis “al paso”, y reanudó su andar hacia uno de los sillones.

Por casualidad –¿existen las casualidades?, dejen que lo ponga en duda– se sentó al lado del sitio donde había dejado mi bolso.

Me acerqué, y sentí que era protagonista de una nueva inspección ocular.

De pronto, dijo: “Y… no sé si tengo ganas de darte una nota”.

–Si tiene ganas, me haría un favor enorme –respondí.

Otra vez clavó su mirada en mis ojos.

–Está bien, pero así –indicó, haciendo un gesto con los dedos índice y pulgar, para darme a entender que podíamos charlar, pero brevemente.

Días antes, en un recital en un estadio de la ciudad balnearia, desde el escenario había soltado: “Por favor, traten de no escuchar esa música imbécil que hay ahora”. Le pregunté por esa expresión y explicó: “En general, me refiero a una música que está en casi todos los géneros: rock, pop y qué sé yo… Se las arreglan con dos tonos y una letra que no habla de la riqueza de nuestro lenguaje ni de nada. Lo que dije está pensado en eso: te venden productos de afuera, que son horribles al lado de lo que siempre se hizo acá, y las personas los consumen masivamente, y les encanta… También es como una advertencia para decir: ‘Bueno, flaco, prestá atención a lo que escuchás’…”.

–¿Por qué piensa que ese tipo de música gusta tanto ahora? ¿O, al menos, por qué el mercado la consume? –pregunté.

–No sé por qué… Pienso que la gente se autosubestima. La música pretende creer que las personas son taradas, y a la gente le gusta el papel de algo que no le causa nada, y así se taradiza. No hay una explicación así: tuc-tuc –señaló, e hizo un gesto con sus brazos hacia abajo y luego arriba.

Por otra parte, mencionó ciertos comentarios erróneos que habían aparecido sobre él en algunos medios y apuntó a lo que se solía decir sobre su obra. En ese sentido, expuso: “La crítica no me hace nada, ni a favor ni en contra. Sobre todo cuando son críticas que no están fundamentadas”. 

Por aquel entonces, yo había leído el libro Spinetta, crónica e iluminaciones, de Eduardo Berti, donde el artista, al referirse al Che Guevara, dice: “Era un personaje cargado de sangre y erotismo. El tipo que había renunciado a los puestos de poder que ofrecía Castro; el tipo que era médico y sin embargo se lanzó a matar. Su imagen era muy fuerte y en aquel momento, con esa barba y esa boina, parecía un hiper-Beatle. Además me conmovía saber que era argentino, aunque acá muchos querían que no lo fuera”.

El guerrillero murió asesinado en Bolivia en octubre de 1967. 

En marzo de ese mismo año, se había conformado la agrupación Juventudes Argentinas para la Emancipación Nacional (JAEN), entre cuyos fundadores se encontraba Rodolfo Galimberti.

Una sección de JAEN se denominaba Grupo de Estudios Latinoamericanos, y funcionaba bajo la sigla GRULA. Se definía como “un espacio de reflexión intelectual, con marcada preocupación por la pobreza”, según señalan los periodistas Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, en otro libro que había llegado a mis manos por aquellos días: Galimberti: de Perón a Susana, de Montoneros a la CIA.

En ese trabajo, se expresa que a tal subgrupo acudía un joven de veinticuatro años, exseminarista jesuita, licenciado en Letras: era Carlos Grosso

De acuerdo a Larraquy y Caballero, al poco tiempo se sumaron Emilio del Guercio y Spinetta –dos de las cuatro partes de Almendra–, ambos con diecisiete años, aunque el Flaco se iría al poco tiempo.

En un plenario de JAEN se debatió sobre el uso de drogas y se decidió que sus miembros no debían consumirlas. Esa vez, siempre según el relato de los autores de aquel libro, el músico “se levantó, encendió un porro y se puso a fumar marihuana”. Fue la última vez de Luis Alberto en JAEN.

–¿Cómo recuerda su breve paso por la militancia política durante la juventud? –le consulté aquella tarde marplantese. 

–Fue antes de Almendra, antes de todo, con Del Guercio. Íbamos ahí porque queríamos generar ideas; después nos dimos cuenta de que no servía para nada. 

–¿Es creyente?

–Sí, creo en la fe y en el amor, en el hombre, en la naturaleza, en el cosmos, en las fuerzas que uno no comprende; no creyente de ir a la iglesia.

–¿Pero cree en un Dios?

–¿Si soy monoteísta? No, soy politeísta, porque mis dioses son muchos.

–¿Qué diferencia encuentra entre el uso que se le daba a ciertas sustancias, principalmente en lo que hace a la música, durante los sesenta, y el que se les da ahora?

–No sé, las drogas no me interesan… ni siquiera para hablar. Y estoy rodeado de drogas: café, faso, lo que quieras; pero no es una cosa de que vivo pensando en qué droga me voy a tomar o qué voy a hacer con ella.

–La pregunta es, más que nada, porque usted vivió una época en la que a la droga se le daba importancia en el aspecto de una expansión de los sentidos, tal vez distinto a lo que ocurre ahora….

–Hubo un momento de la cultura joven en donde parecía que eso era como una llave para descubrir mundos, que en parte lo es, pero resulta que quedaron todos retardados. No es tan así.

–¿Le duele ver a gente de su misma edad “retardada”?

–Sí, claro que me duele, pero te voy a decir que me duelen más otras cosas.

–Por ejemplo…

–En general, la injusticia social, la falta de justicia en nuestro país… cosas realmente mucho más severas que un tipo drogado.

Terminamos de conversar y le agradecí el tiempo que me había concedido. 

Se levantó a saludar a la compañera de uno de sus músicos y, en el trayecto, dijo algo así como: “Si sabía lo que me ibas a preguntar, no te daba la nota”.

Cuando volvió hacia el sillón, le pedí disculpas si lo había incomodado con algo.

Manifestó que no, que bromeaba, y pidió que no lo tomara a mal. Pero aclaró que, para una entrevista corta, hubiese preferido consultas simples.

–Las preguntas que me hiciste son para contestarlas con más tiempo –consideró. 

–A mí me hubiera gustado poder hablar más minutos, pero usted ahora está apurado –él estaba a punto de partir a realizar un show en un parador playero.

–Y me tratás de usted…Me tenés que tutear.

Le contesté que era una costumbre, por respeto, y ya se lo dije usando el voseo.

Mientras guardaba el grabador, me contó que se encontraba en la etapa final de un nuevo disco, en el momento de las mezclas.

Nos despedimos, y salí con la sensación de haber conversado con una especie de ángel que había optado por seguir un sendero terrestre.

Incluso, fantaseé que había vistos sus alas.

Cerca de una hora después, se subía a un escenario ubicado frente al mar.

Brindó un concierto maravilloso, que culminó con Seguir viviendo sin tu amor, esa gema del disco Pelusón of milk, de 1991.

“Hoy que enloquecido vuelvo / buscando tu querer / no queda más que viento”, entonó justo cuando una leve brisa se levantaba desde el océano.

“Y si quedara yo atrapado aquí / no vería la razón / de seguir viviendo sin tu amor”, suspiró al final del tema, mientras desde el público se escuchó un fuerte: “Te amo, Flaco”.

Él se arrodilló, a manera de agradecimiento.

Al levantarse, se colocó frente al micrófono y expresó: “Gracias por tanto amor, lo demás es cartón pintado”.

Menos de seis meses después, volvería a entrevistarlo, ya con Para los árboles en las bateas, el álbum en el que, durante la primera charla, me había comentado que se encontraba trabajando.

Esa segunda vez, lo tuteé de entrada… Pero esa es otra historia…

Sirvan estas evocaciones periodísticas/literarias para recordar al Flaco, a modo de homenaje… Y a mi viejo, que vaya a saber por qué, insiste en meterse en mi cabeza cuando me refiero a Spinetta… Quizá sea cosa de los Luises Albertos…

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