17/02/2021

Secuestro en Huaiquimil

La curva es larga, desnuda la elipsis de su ingeniero en el mismísimo momento en que le pasó el Arte por la frente años ha y, más aún, parece terminar. Los muslos de la estepa impiden ver con precisión el Paraje. Una cavidad de gris asfalto -y cráteres olvidados- gira y trae reminiscencias de carrusel a los pasajeros. Ciertos, independientemente de la distracción en la que estuvieran, aparecen en la ronda. No todos. [Allí, tras la cola, sólo solo, hubo un narrador de espiraladas historias al compás (y cetro justo)].

Rodando, los detractores de la Línea Recta ahora viajantes del Limay, caen secuestrados en su Infancia, pero no chillan; antes bien, son engullidos por la magia ancestral del holograma al descubrir con asombro lagos y montañas más grandes que ellos, agua dulce que se bebe de frescas vertientes y heladas plumas que viajan -voraces- por el aire. Juegan, ríen, bailan.

Qué van a chillar, si todo se reduce a una plateada elevación fenomenológica ante la cual la percepción cambia, no por efecto del Tiempo sino por efecto del Paisaje —aunque es claro el pliegue hacia los primeros juegos, como: El Arte está en la Forma y jazz con peine.

Conducidos por el placer de la descontracción, en los laberintos de la Memoria, los químicos de la risa son implacables, y miden la distancia que va desde las neuronas hasta las comisuras, en exactos 100 kilómetros de Patagonia.
Magia de Luna en Huaiquimil: astro-sonrisa que guarda el día en taza de estrellas, anuncia fiesta y bebe sus fuegos -fotosintética gramilla- como un Portal.

/18. Luna

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