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06/10/2019

Troteador

Troteador

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Las carreras se estaban desarrollando con tranquilidad, en la cancha de atrás del pueblo. La habían estrenado el año anterior y pronto su fama corrió por toda la región. La jornada prometía desafíos que desde un tiempo atrás se estaban promocionando en toda la zona; el plato fuerte era la topada de Destello, un caballo de la estancia H&B y Troteador, de la estancia Mallín Verde, este último un gateado joven que ya había corrido un par de carreras.

Su propietario, el dueño de la estancia, don Esteban Reuler, le había ordenado a Marcelino Nievas, el cuidador del animal, que lo llevara temprano al pueblo. Así lo hizo aquel puestero de la estancia que se ocupaba de los caballos especiales del establecimiento: cuidaba los de silla del patrón, además de los parejeros. Uno de ellos era Troteador, nacido en Mallín Verde y preparado para correr.

Marcelino fue quien fijó el ojo en ese animal que tenía una manera especial de trotar, de allí su nombre. Todas las mañanas lo retiraba de la caballeriza y lo llevaba a “la pampita”, ese lugar plano y despejado donde lo vareaba; de regreso lo bañaba, cepillaba y se quedaba junto a él mirándolo comer. Marcelino estaba prácticamente dedicado exclusivamente al cuidado de ese animal.

Las carreras que se habían disputado antes pusieron en clima al público presente, que además de observar hacía apuestas y, como era de esperar, la carrera final era la que más expectativa generaba, sobre todo por Destello, que venía invicto; Troteador tenía algunas carreras ganadas, pero esta era la más importante de su corta trayectoria.

En un par de ellas se espantó. No sabían porqué, pero al acercarse a la línea de llegada, por alguna razón, el caballo se apartaba de la pista y se volcaba a uno de los lados, saliéndose de ella. En la última que corrió, en el establecimiento El Rosedal, lo hizo y casi atropella a un par de espectadores.

Quien lo montaba en las careras, un tal Rivera, manifestó no poder guiarlo, que era como si se espantara o alguna otra cosa que él ignoraba. Marcelino lo probó un par de veces en la cancha de la estancia y Troteador corrió normal, nunca se espantó. Evidentemente, la presencia de público y todo el entorno de las carreras era lo que asustaba al animal.

Marcelino había llegado temprano con Troteador de tiro, desde la estancia, que no estaba tan lejos del pueblo. Lo veía al tranco, a la par de él montado en su tordillo y le parecía hermoso; Troteador era de un pelaje gateado que brillaba bajo el sol, temprano lo había cepillado, repasándole las crines y la cola.

El animal claramente sentía que Marcelino era quien lo atendía y lo quería por encima de todos quienes lo rodeaban, un cariño que iba más allá de que corriera; cuando se acercaba alguien desconocido escarceaba, poniéndose tenso. Esperaron en un alero de chapas ubicado cerca de donde largaban las carreras. Marcelino no quiso dejar solo al caballo, cada tanto lo tomaba de la rienda y lo acariciaba, sentía que la mirada mansa de Trotador se lo agradecía.

–Acá te traje un pedazo ‘e carne –le dijo Atilio.
–Gracias cumpa –le contestó Marcelino.
Sobre un fardo de pasto que había allí improvisaron una mesa y comieron. Atilio Benavidez era uno de sus compañeros de trabajo, además de amigo íntimo, en la estancia Mallín Verde. Habían entrado a trabajar hacía unos diez años y compartían sus días, aunque habitaban casas en diferentes puestos, se veían casi a diario.
–Se lo ve tranquilo –dijo Atilio, observando al animal.
–Ojalá no se espante –dijo con incertidumbre Marcelino.

En eso entró el patrón, que había llegado temprano. Don Esteban era un hombre de poco trato con los peones, de ello se encargaba Rivarola, el mayordomo, que estaba en uso de licencia.

Hombre de carácter firme y distante, el patrón andaba poco por Mallín Verde, solo lo veían un par de veces al año, dirigía todo desde Buenos Aires, pero la cercanía de la esquila y la ausencia de Rivarola lo habían hecho quedar más tiempo, de ahí que decidió participar en la carrera. El gateado era hijo de Delicia, una yegua que también corrió en alguna época. Don Esteban, como lo llamaban todos en el lugar, no se trataba con el personal y claramente se encargaba de hacer notar que no le gustaba, más bien lo disgustaba. A los animales no les iba mejor.
–A este gateado si se llega a espantar una vez más lo vendo para carne –dijo con desprecio al ingresar, sin saludar a quienes estaban allí– preparenló que en media hora corre –ordenó, sin siquiera mirar a Atilio ni a Marcelino– lo va a venir a buscar Rivera.

Cuando llegó Rivera, Troteador estaba preparado, parecía que el animal intuía la importancia de la ocasión y la sentencia del patrón. Sus ojos habían cambiado la mirada, se movía nervioso, observando todo, Marcelino lo notó tenso, vio que un temblor le recorría los cuartos. Lo acarició y dejó salir de sus labios un silbido suave, ese con el que lo saludaba cada mañana, intentando calmarlo. Al salir del alero en donde estaban, Rivera lo montó, Marcelino y Atilio los vieron alejarse. Decidieron buscar un lugar cerca de la llegada, para verlo venir cuando largara.
–Le va a sacar dos cuerpos por lo menos –dijo con seguridad Marcelino.
– ¿Te parece che? –dudó Atilio– mira que a Destello yo lo vi correr y es bravo eh –concluyó, mirando hacia la largada.
–Yo también lo vi –contestó Marcelino– pero al gateado lo vareo todos los días, es rápido.
–Ojalá no se espante –concluyó Atilio.

La carrera largó y con ella comenzó el griterío de la concurrencia, algunos decían el nombre del animal por el cual habían apostado, otros parecían gritar y silbar solo por el hecho de estar contentos por lo que acontecía, apasionados, por la alegría misma de presenciar a los caballos corriendo a todo galope, con sus cabezas extendidas hacia adelante, sus bocas abiertas, jadeantes, con los ojos desorbitados, con sus cascos retumbando en el polvo de la cancha y sus jinetes apretados sobre el lomo, tendidos hacia adelante, apoyados en el pescuezo, prendidos como abrojos. Troteador venía del lado en que estaban Marcelino y Atilio, llevaba la delantera. Los dos revolearon sus boinas, vivando al gateado. Unos metros antes de la llegada sucedió lo que pocos esperaban, confirmando los temores del cuidador y la sentencia del patrón. Troteador se abrió a la derecha, lo que provocó la estampida de gente tratando de esquivar el galope desbocado del animal. Marcelino alcanzó a ver la cara desencajada de Rivera y sus brazos tirando de la rienda, tratando de detener al gateado. Lo logró unos metros más allá de la cancha. Por suerte no hubo lastimados, solo algún revolcón y un susto muy grande.


Rivera, ya debajo de Troteador, lo traía de tiro y se lo entregó a Marcelino; no cruzaron palabra. Camino a la caballeriza improvisada detrás de la cancha, alcanzó a escuchar a don Esteban que conversaba con alguien: “Se acabó, se lo voy a vender a Agundes, para la tropilla de doma. Me cansé de perder plata con este matungo”. Las palabras del patrón y la imagen de su rostro fastidiado acompañaron a Marcelino en el viaje de regreso. A la mañana siguiente, ya en la estancia, se acercó a la caballeriza, donde estaban el patrón con Atilio.
–Soltalo con la tropilla que tenemos en cuadro de abajo –dijo con vehemencia– se lo vamos a llevar a Agundes también –concluyó.

La tropilla a la que hacía referencia estaba compuesta por unos diez animales, la mayoría caballos adultos y algún potro, que se llevarían al campo vecino, del tal Agundes, propietario de tropillas para las domas y que también entregaba animales para faenar. A Marcelino le tiritaba el alma de solo imaginar el final que le aguardaba a ese caballo al que tanto había cuidado, al que le dedicara tantas horas y cariño, el que solo cometía el pecado de asustarse cuando veía gente en las carreras, solo eso. Estaba dispuesto a tratar de torcer la voluntad del patrón. Superando el temor que le provocaba aquel hombre, lo intentaría; podía más el amor por ese animal que el temor.
–Don Esteban –dijo, al abordarlo– no venda al gateado. Yo quisiera comprárselo.
– ¿Vos lo vas a comprar? –dijo el patrón, irónico– no tenés ni pilchas donde dormir y vas a comprar caballo.
–Le puedo entregar el mío y pagar el resto con trabajo –aventuró Marcelino.
– ¡Haceme el favor! –dijo Esteban, agitando los brazos– además no lo quiero en mi campo, demasiada plata me hizo perder esa porquería. Que se lo lleven a las jineteadas, ahí le van a sacar las mañas. Mañana Atilio lo va a llevar con la tropilla –concluyó– y no te le acerques. ¡Olvidate de ese animal! –dijo, retirándose.

Al día siguiente Atilio partió, con una madrina de tiro, arreando la tropilla rumbo a lo de Agundes, algunos caballos viejos, un par de potros y el gateado. La noche anterior habían estado conversando con su amigo, compartiendo el dolor de aquella injusta decisión. Para un gaucho un caballo es algo más que una inversión o un negocio, es parte de su vida; es comprender al animal, comunicarse con él, respetando su instinto y particularidades. Al llegar al límite sur de la estancia, donde abriría una cancela para pasar a un campo vecino y luego llegar a lo de Agundes, vio que lo esperaba Marcelino, montado en un caballo gateado.
–Nos va el cuero en esta, cumpa, eh –dijo Atilio al descender de su caballo– si nos pescan la vamo’ a pasar fiero.
–Calmate, tengo todo preparado –dijo Marcelino, mirando alrededor, asegurándose de que nadie los viera.

Trotador reconoció a su cuidador. El instinto del animal sabía de sobra que ese era su verdadero dueño, quien le daba el afecto y los cuidados que merecía. Se apartó de la tropilla y se acercó, refregando la cabeza contra el pecho de Marcelino, que le había sacado el recado y las riendas al gateado en el que llegó montado.
–Le recorté las crines –dijo, mirando a Atilio– me costó traerlo, está arisco, hace rato que no lo montaban a este.
–Desde que lo tiró a Rivarola –aportó Atilio.
–Claro –asintió Marcelino.
–Quedó bastante parecido –dijo Atilio, observando al animal– aparte, Agundes lo vio de lejos el otro día a aquel –dijo, señalando a Troteador– No creo que se dé cuenta del cambio –concluyó.
Antes de montar Atilio abrazó a su amigo.
– ¿Pa’ dónde vas a rumbear? –le preguntó.
–Ya veré –respondió Marcelino.
– ¿Y tu tordillo? –preguntó Atilio.
–Lo solté con la tropilla, en el potrero –contestó Marcelino.

Vio como Atilio se alejaba con la tropilla. Ya montado armó un cigarro, mientras Trotador levantaba la cabeza, tirando de las riendas, como pidiendo camino y distancia. Se alejaron al galope, hombre y caballo, felices uno del otro.

Agundes recibió a Atilio, que llegó con la tropilla. Aquel hombre no era de campo, simplemente tenía su negocio alrededor de las jineteadas. Uno a uno miró a los caballos, ya en el corral.
– ¿Ese es el famoso gateado? –dijo, mirando al animal y luego a quien los trajera. – ¡Está medio panzón para andar corriendo, che! –dijo, dándose vuelta, dirigiéndose a la casa– vení que te pago, así te vas.

Poco le importó al patrón enterarse de que Marcelino se había largado de Mallín Verde. Se le oyó decir: “No vino ni a despedirse ni a cobrar lo que trabajó del mes. Así es esta gente. ¡Y me quería comprar al gateado!”

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