Columnistas
17/08/2019

EMOCIONES ENCONTRADAS: Dos soledades y un destino

EMOCIONES ENCONTRADAS: Dos soledades y un destino

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Braulio se despertó cuando algo de luz entraba por la ventana. A lo lejos, se escuchaba el canto de un ave que saludaba al día. Había trabajado hasta entrada la noche, en esa que sería su casa. Se levantó e hizo fuego en la vieja cocina; cuando llegó estaba tapada de cenizas, con el caño lleno de hollín, en total abandono. Con una lata que utilizaba de jarro, sacó un poco de agua del balde, llenó la pavita y la puso a calentar. Se asomó a la puerta y miró el cielo, estaba despejado, aunque sintió algo de frío pensó que iba a ser un lindo día, ideal para lo que iba a acontecer.

Litrán, su perro, se acercó moviendo la cola a saludarlo, dormía junto a la puerta del lado de afuera, debajo de unas tablas que Braulio le acondicionó, sobre un gastado cuero de oveja. Era su única compañía. A unos metros, en el corral, estaba su caballo. En él llegó a la estancia La Rinconada, cuando decidió hacerse a la huella buscando el Sur, con unos pocos billetes en el cinto. Allí lo conoció a Jara, aquel carrero chileno que andaba de paso con su tropa, y que en esa oportunidad llevaba gente que había cruzado en el camino. Entre ellos venía Juana, con un hermano más grande. Habían sido desalojados de la comunidad donde vivían y decidieron probar suerte detrás de la cordillera. Sus padres y el resto de los hermanos se radicaron en una población.

La estancia La Rinconada tenía junto a la huella una especie de parador o posta, donde descansaban quienes cruzaban por allí. Braulio había canjeado unos días de hospedaje por hacer algunos arreglos en un potrero cercano.

Le sobraban ganas de trabajar y se daba maña para varios oficios. Un par de días de caminatas y charlas con Juana les hizo entender que seguirían el camino, juntos. Ambos rondaban los veinte años. Unir sus soledades les pareció un remanso para las desventuras que ambos acarreaban. Ella con un destierro doloroso, después de que prácticamente tuvieran que huir del avance sobre los territorios ancestrales que ocupara su gente; él, escapando de la miseria y la orfandad. Había quedado a cargo de un tío que el único lenguaje que conocía era el del mal trato y el alcohol. Prefirió el riesgo de hacerse matrero antes que seguir soportando una vida que lo sumía casi en la esclavitud.

Una mañana salieron. Jara, que era conocedor de la zona, les dijo que orillaran el río y que, si se apartaban de él, marcharan siempre con la cordillera a su derecha, que iban a llegar a los lagos y que había algunos caseríos. La idea era poder llegar a algún pueblo y allí conseguir trabajo y establecerse. No tenían ningún interés en particular, estaban abiertos a lo que fuera. La segunda noche de la partida se alojaron bajo unos sauces, a orillas del río.

Acurrucados entre sus pilchas, junto al fuego, tuvieron el encuentro más esperado, el que venía a conjugar sus soledades de un modo único, carnal. El murmullo del agua del río los acunó. Se durmieron bajo las estrellas, pensando cuál de ellas vendría a iluminarles un destino.

Cuando aclaraba, los despertó el tranco de un caballo, sobre las piedras de la orilla. Braulio se levantó. Vio a unos metros que alguien se acercaba. Era un recorredor de la estancia El Manantial, de apellido Curileo, que había visto el humo de la fogata y decidió acercarse, a ver qué pasaba por la costa.

–Esta es una estancia bastante grande –les contó, mientras aceptaba un mate de manos de Juana– va por toda la costa del río, hasta allá abajo –dijo señalando el Este– y después agarra pa´ allá arriba –dijo señalando la cordillera.
–Andamos con ganas de llegar a algún poblado –le comentó Braulio.
–Si costean el río pa´ arriba, tienen un par de días a Junín –les dijo señalando el Oeste –y si se largan pa ´abajo llegan al Limay. Subiendo, van a llegar al Nahuel Huapi –dijo mientras acomodaba el recado de su caballo.

Braulio y Juana intercambiaron miradas, cualquiera de las opciones que Curileo les marcó requería marcha y debían de hacerse de algunos víveres.

–Ustedes andan con lo puesto. Van a tener que aperarse pa ´seguir –les dijo el recorredor, quizás advertido de las dudas de la joven pareja– vénganse pa´l casco y ahí les van a dar algo –dijo, invitándolos a seguirlo.

El casco de la estancia estaba ubicado a un par de horas de donde se habían alojado. La casa principal estaba en una especie de hondonada, junto a un manantial, de allí el nombre. Era un ojo de agua que salía de entre unas piedras, en la loma donde estaba recostada la casa, y que se derramaba en una especie de laguna, rodeada de pastos altos y árboles. A unos metros estaba la construcción donde funcionaba la cocina y el comedor del personal, también la proveeduría y los talleres. Curileo les presentó a Balmaceda, un gaucho ya mayor, de bigote entrecano, espeso, que hablaba con un cigarrillo sujeto a la comisura de los labios. La joven pareja pensaba en qué invertir los pocos pesos con los que contaban, sacaban cuentas de lo imprescindible para la marcha que emprenderían.

Se abrió la puerta e ingresó una señora, de mediana edad. Era Susana, la esposa del capataz, llamado Ricardo. Curileo les presentó a los jóvenes y le contó de cómo los encontró a orillas del río y de sus planes. Era una mujer de estatura media, vestía bombachas, que llevaba metidas dentro de las botas, un saco de lana gruesa y el pelo atado en una trenza, de voz firme, mirada viva y penetrante, con gestos decididos, casi nerviosos.

–Mi´ija, usted así vestida no puede ir a la tranquera –le dijo, mirando la humilde ropa que llevaba puesta Juana– y usted no va a llegar mucho más lejos –continuó, luego de observar a Braulio.

Era cierto, tenían solo lo puesto, además de un par de ponchos y otras pocas ropas atadas en el recado.

–Balmaceda –ordenó la mujer– dele una muda de ropa a cada uno, sírvales algo de comer y que después me vean en la casa.

La señora se acercó a la muchacha, que la observaba en silencio.

–¿Cómo te llamás? –le preguntó.
–Juana Trecaleo –respondió la jovencita, que paseaba sus ojos por el piso, apenas mirando a esa mujer que, aunque parecía algo recia en el trato, le inspiraba confianza.

Doña Susana (así le llamaban por ahí) se acercó aún más y le tomó las manos a la joven, las observó un instante, hizo lo propio con el pelo renegrido, enredado por el viento, el humo y el descuido. Le pasó una mano por la mejilla. Su voz se tornó tierna.

–Me hacés acordar mucho a mí –dijo la mujer y se retiró en silencio.

Braulio, que estaba a unos metros, observando, creyó ver los ojos de aquella señora con un brillo más intenso del que tenía cuando entró.

Luego de vestirse, mientras comían, Balmaceda les contó que doña Susana era de la zona, que estaba casada con un hombre llamado Ricardo Mansilla, que por esos días andaba por Buenos Aires y que iba a volver con los patrones, que venían cada tanto.

Susana los recibió en la casa. Los jóvenes le contaron de su viaje, de donde venían y algunos otros datos que la señora escuchó con atención.

–En unos días más llegan los patrones y voy a necesitar ayuda en la casa –le dijo a Juana y dirigiéndose a Braulio, continuó– hay un puesto abandonado, acá a un par de leguas y justamente estábamos pensando en echar en ese cuadro algunos carneros. Si quieren, los tomamos a prueba.

Juana no pudo evitar una risa nerviosa que salió de su boca y le iluminó el rostro. Agachó la cabeza, casi con vergüenza.
–Braulio, andá a decirle a Curileo que te lleve de una escapada a ver el puesto que yo voy a hablar con Juana –dijo la señora, poniéndose de pie, decidida.

Y ahí estaba él, en el puesto, ya acondicionado para recibir a su compañera. Hacía un par de días que se había instalado, para hacer los arreglos básicos y que fuera habitable. Litrán lo siguió. Ese perro había intuido que el hombre andaba solo y decidió ser su compañía. Él también había llegado tiempo atrás, a la siga de un arreo. “Se juntaron el hambre y las ganas de comer”, le dijo Curileo al dejarlo allí y ver que el animal lo acompañaba.

Por la tarde, Braulio fue a buscar a su compañera. En el camino a la que sería su casa, Juana le contó que doña Susana le había dicho “me hacés acordar a mí” porque ella era nacida cerca de Aluminé, y que de chica la dieron a una familia de Loncopué, que la crió, pero que no la trataban bien, y se fue a los quince años a trabajar con unos patrones, de apellido Mansilla, que eran los padres de Ricardo, ahí se conocieron y se casaron. “Yo sé lo que es fregar y lastimarse las manos, andar mal vestida, con hambre y frío”, le contó.

Esa primera noche juntos, en el puesto, al acostarse, Juana recordó días atrás, cuando se durmieron sobre los cueros mirando las estrellas. Una de ellas, finalmente, les alumbró un destino.

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