Cultura
13/07/2019

Paso Flores funcionó como antiguo vado del Limay

Paso Flores funcionó como antiguo vado del Limay
Al Limay había que respetarlo. (Foto: Tonny Romano)
Por: Adrián Moyano

Así lo afirmó George Musters en su célebre “Vida entre los patagones”. Afortunadamente, sus aseveraciones pudieron confirmarse antes de que la zona quedara inundada a raíz de las represas hidroeléctricas.

Antiguamente, cruzar el río Limay era una tarea relativamente habitual, pero no por eso menos azarosa. Así lo testimonió el viajero inglés George Musters, cuando la partida tehuelche que integraba –conformada por unos 250 jinetes- abandonó el actual territorio rionegrino para marchar al encuentro de las tolderías de Sayweke, sita a orillas del Caleufu. El cruce se ensayaba por donde hoy se emplaza Paso Flores y entrañaba no pocos riesgos.

El británico acompañó a parcialidades aonik enk o tehuelches del sur, en una de sus periódicas excursiones hasta el País de las Manzanas. La que integró se practicó entre 1869 y 1870, es decir, una década antes de la Campaña al Desierto. El contingente había partido desde la Isla Pavón –hoy Santa Cruz- y cruzó longitudinalmente la Patagonia. Musters dejó sus impresiones en un libro invalorable a la hora de reconstruir el pasado de la región, que se denomina “Vida entre los patagones. Un año de excursiones por tierras no frecuentadas desde el Estrecho de Magallanes hasta el río Negro”. Tal el nombre completo.

Estaba por finalizar el verano de 1870 y los grupos tehuelches ya venían viajando en compañía de gente mapuche desde el norte de Esquel. Intercambio de mensajeros mediante, Sayweke ya les había informado para cuándo los esperaba. El encuentro tenía significación política -ya que se iba a llevar a cabo un parlamento- y además comercial, porque los integrantes de los tres pueblos aguardaban concretar fructíferos intercambios. Es que además de aonik enk y mapuches, marchaban hacia Las Manzanas contingentes gününa küna (tehuelches del norte).

El gran río estaba a un paso de los viajeros. “Bajando esa cresta, entramos en un cañón y al cabo de media hora de marcha, un pronunciado recodo descubrió inmediatamente debajo de nosotros, el valle del río Limay”, escribió Musters. “Después de atravesar el cañón hicimos alto sobre una pequeña eminencia situada al pie mismo de la barranca que limitaba al sur el valle”.

La pluma del inglés dejó una descripción de suma utilidad a la hora de reconstruir su itinerario. “Desde esa escarpa hasta la orilla del río se extendía un llano herboso, cuya anchura variaba entre media milla y una milla, cortado aquí y allá por corrientes de agua y con arboledas de trecho en trecho. Como una legua al oeste la barranca se confundía con los declives de altas y empinadas montañas y el río parecía abrirse paso desde el sur por entre precipicios a plomo antes de dirigirse al valle”.

Al sur de la colonia alemana

Claro que hoy resulta imposible reconocer esos paisajes, a raíz de los grandes embalses que alteraron definitivamente la fisonomía del otrora gran río. “En la parte norte, éste era más descubierto, aunque aparecía moteado aquí y allá por grupos de árboles y la distancia hasta la barranca era más grande que en la parte meridional. Frente mismo a nuestro puesto estaba situada la toldería de algunos indios de Inacayal, y se veían vacas, ovejas y muchos caballos pastando en los campos adyacentes”.

Afortunadamente, antes de que el estropicio ambiental se consumara en pos del supuesto progreso, el investigador Raúl Rey Balmaceda rehízo el trayecto que siguieron los tehuelches de Casimiro y su huésped. Con los datos que recogió durante su periplo, Rey Balmaceda se doctoró en Geografía. Luego, sus anotaciones formaron parte del Estudio Preliminar y de las notas al pie en algunas ediciones modernas del volumen.

Según el geógrafo, “los datos proporcionados por el viajero permiten identificar este paso. El ‘pronunciado recodo’, en efecto, debe corresponder al que en la ‘Carta provisional’ se indica al sur de la localidad de Paso Flores, y el vado debió estar ubicado un poco al oeste de la misma, en donde existen unas islitas que facilitan ciertamente el peligroso cruce”. En el presente, las islas en cuestión están bajo las aguas.

Musters quedó algo atemorizado ante la presencia del bravío Limay. “El río parecía ser de una anchura considerable, aunque muy rápido en todo su curso por el valle abierto. Como a una milla al oeste de la boca del cañón, se dibujaban tres pequeñas islas, que Hinchel me hizo ver diciendo que eran el paso, o el vado, si es que puede dársele ese nombre. Tomamos, por lo tanto, en esa dirección, y sacándonos todas las prendas de vestir no indispensables, atándonos las mantas bien arriba o poniéndolas como capas sobre los hombros, bajamos por entre los árboles y en breve nos metimos en el río”. Hinchel era uno de los jefes gününa küna y estaba emparentado con Inakayal.

La llegada a destino se hacía desear. “El vado en su primera parte, era profundo, pero el fondo se alzaba luego, al acercarse a la orilla y la velocidad de la ruidosa corriente aumentaba de una manera considerable. Sin embargo, llegamos con bastante facilidad a la primera isla; pero pasar de ésta a las más pequeña parecía al principio hazaña que desanimaba un poco a los tehuelches mismos”.

La confusión de la escena puede imaginarse. “El agua corría como el saetín de un molino, y hacía espuma sobre el fondo desparejo con choques y rugidos que impedían oír las instrucciones. Parecía que sólo podrían cruzar los caballos más fuertes; pero unos cuantos audaces dieron una arremetida, y, aunque no conocían el paso, llegaron en salvo a la segunda isla, a alguna distancia río abajo; de modo que el resto cruzó en seguida, las mujeres detrás de los hombres”.

Es que en definitiva, el cruce de los ríos torrentosos formaba parte de la vida de los pueblos indígenas de la región. “Aquí y allá en algunos parajes había que nadar, y en otros puntos se alzaban enormes peñas, sobre las cuales se arremolinaba el agua en amplias ondas. Al fin llegamos todos a la orilla sin accidente alguno, y allí fuimos recibidos por algunos indios de Inacayal. Como yo estaba entre los afortunados que habían llegado primero, recibí unas manzanas y otros alimentos que algunos de esos indios habían llevado consigo previsoramente al salir de los toldos”. Forma amigable de dar la bienvenida.

El inglés George Musters.

Contexto complejo

Cuando la partida que lideraban los caciques aonik enk Casimiro y Orkeke partió del lejano sur, pasaban cosas en la Argentina. “En abril de 1869, en efecto, se desarrollaba la guerra fratricida con el Paraguay, por lo que el gobierno de Buenos Aires se había visto obligado a pactar con los indígenas meridionales y otorgarles grados y raciones con el fin de mantener la estabilidad de la línea de frontera”, interpretó Raúl Rey Balmaceda, autor del notable estudio preliminar y notas a “Vida entre los patagones”, de George Musters.

Por entonces, “regía los destinos del país don Domingo Faustino Sarmiento, y en ese mismo año de 1869, se realizó el primer censo nacional. La aventura (de Musters) finalizó en mayo de 1870, año signado por el levantamiento de López Jordán, la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires, el ataque indígena a Bahía Blanca, la realización de la excursión de Mansilla a los indios ranqueles y la llegada de Thomas Bridges a Ushuaia”, contextualizó el geógrafo.

En ese marco, “apareció en la Patagonia un hombre de rara audacia que llevó a cabo una riesgosa empresa: unir por tierra tres de los cuatro puntos de esa inmensidad sujetos a las autoridades de ambas vertientes de los Andes: Punta Arenas, Isla Pavón y Carmen de Patagones. Ese hombre es Musters y su viaje fue el de más largo itinerario y el de mayor duración de todos los emprendidos en la Patagonia con finalidad geográfica o de cualquier otra índole”, destacó el autor del estudio. Por gente no indígena, claro.

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