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15/06/2019

El aeropuerto de Esquel se levanta sobre un antiguo paradero indígena

El aeropuerto de Esquel se levanta sobre un antiguo paradero indígena
El aeropuerto de Esquel se levanta sobre un antiguo paradero indígena

Así lo estableció el geógrafo Raúl Rey Balmaceda al rehacer el itinerario que entre 1869 y 1870, cumplieron los “aonik enk” o tehuelches del sur que viajaban con el inglés George Musters. El inglés dejó constancia de sus peripecias en un valioso libro.

El sitio donde actualmente se emplaza el aeropuerto de Esquel albergó quizá durante siglos, a uno de los paraderos que mapuches y tehuelches solían utilizar como residencia temporaria. Hacia 1870 vivía allí el lonco mapuche Quintuhual y su gente. En ese lugar se produjo en el verano del año en cuestión, el primer encuentro entre los tehuelches que con Musters venían subiendo desde el sur, y las parcialidades mapuches.

El marino inglés retrató las actividades que los miembros de ambos pueblos originarios acostumbraban llevar a cabo en los momentos previos a un parlamento. Sus impresiones quedaron registradas en “Vida entre los patagones”, un libro de fundamental importancia para los interesados en recrear el pasado patagónico con anterioridad a la llegada del hombre blanco.

Después de varios meses de marcha, la columna tehuelche llegaba a lo que hoy es el oeste del Chubut. “Hacía varios meses que la toldería se encontraba en ese lugar, llamado Esgel-kaik; los hombres habían estado ausentes, cazando primero al guanaco cachorro y apresando y amansando después animales vacunos en la Cordillera. Según su relato, (Musters se refiere a un chilote) esos indios eran muy diestros para manejar el lazo, y galopaban a través de las selvas cazando animales de la manera más maravillosa; sólo se requería un hombre para tomar y asegurar un animal, después de lo cual seguía en busca de otro”.

Además, el chileno que vivía con los mapuches de Quintuhual contó al inglés que “durante los dos últimos años habían estado ocho valdivianos ocupados en cazar animales vacunos junto con los indios de Foyel, que estaban unas pocas marchas de distancia hacia el norte; y que como habían logrado formar ya una manada como de ochenta cabezas, pensaban regresar en breve a Valdivia”.

Raúl Rey Balmaceda, geógrafo argentino, se tomó el trabajo de recrear el recorrido que hicieran los tehuelches acompañados por el marino. En el curso de sus investigaciones, cita a otro estudioso del pasado patagónico: Harrington, para quien “Esguel Káike, (es) hoy Esquel. La primitiva pronunciación era con acento en la primera ‘e’. Actualmente se utiliza en forma aguda, quizá por influencia de la prosodia mapuche. La cita bibliográfica más antigua que conocemos la debemos a Musters. Salvo algún cautivo, el viajero británico ha de haber sido el primer hombre blanco que recorriera el paraje”. El geógrafo suscribió la aseveración del investigador.

Habilidad

Rey Balmaceda aportó lo suyo. “Nosotros hemos tenido oportunidad de reconstruir in visu esta parte del itinerario del viajero inglés. Desde Woolkein la caravana indígena debió marchar hacia el noroeste, alcanzando tras una larga marcha –que Musters calcula en más de cuarenta millas- un valle donde se encontraba una laguna: el paradero Esguel-kaik. A unos veinte kilómetros en línea recta hacia el oeste se ha emplazado, en otro hermoso valle, la actual localidad Esquel”.

El geógrafo estableció que “cuando unos años atrás se necesitó elegir un lugar adecuado para construir el aeródromo de Esquel se recurrió al valle que sirvió de paradero a los indios, hecho que proporciona una prueba más de la habilidad de los aborígenes para seleccionar los lugares de residencia. En este valle existía según Musters una gran laguna en 1870; en la Carta Provisional se señalan dos lagunas, una de ellas con la sugestiva denominación de Laguna Seca, y en nuestros días tales lagunas han desaparecido y las pistas del aeródromo han reemplazado a la vereda india”.

Musters estuvo de lo más entretenido durante su estancia en Esgel-kaik. “Al tercer día de nuestra llegada visité los toldos de nuestros nuevos aliados; y, mientras conversaba con uno de los principales indios llamado Malakú, que podía hablar un poco de español, se me preguntó si sabía componer armas de fuego, y me presentaron dos o tres tipos muy antiguos de pistolas y trabucos de chispa cuyas llaves estaban aseguradas con madera. Media hora de trabajo bastó para ponerlas en regla, lo que alegró mucho a los propietarios, que me ofrecieron tabaco, etc., cosa que rechacé, aceptando en cambio cuero para hacer un pequeño lazo”.

La compañía del inglés era requerida. “Estaba fumando una pipa cuando llegó Juan Antonio (el chilote anterior) con el recado de que Quintuhual quería verme en su toldo. Al llegar allá se me hizo sentar sobre un poncho y estuve conversando con el viejo jefe durante media hora; después de eso el cacique me regaló una ‘jurga’, que los tehuelches llaman ‘lechu’, especie de frazada hecha por las mujeres, parecida al poncho, con la diferencia de que no está hecha de dos piezas con una abertura para pasar la cabeza, sino que es enteriza. Era completamente nueva, como que acababan de terminarla sus hijas”. Un agasajo superlativo.

Escena de cacería, según la reconstrucción del inglés.

Modificaciones en el ambiente

El esparcimiento estaba a la orden del día. “Después de una buena comida, fuimos a ver las carreras, pues se había concertado un gran partido entre las tribus. La carrera era como de cuatro millas, y su resultado fue un triunfo para los tehuelches. Ambos bandos habían apostado fuertemente por sus favoritos, y, como en esa ocasión las damas habían tenido un parte importante en las apuestas, los tehuelches estaban muy contentos, porque habían ganado a las bellas araucanas muchos valiosos mandiles y lechus”, consignó George Musters.

Es curioso advertir cómo cambió el medio ambiente en un lapso relativamente breve. Si hasta tubérculos salvajes había en aquellos tiempos en la Patagonia. “Cerca de ese lugar había una cantidad de plantas de papa silvestre, y las mujeres acostumbraban salir por la mañana temprano para volver a la tarde con sus caballos cargados. Los tubérculos eran los más grandes que había visto yo entonces, y se parecían mucho, por su aroma, a la batata. La manera corriente de cocinarlos era hervirlos en una olla, colocándose encima de todo un terrón de arcilla para que el vapor no saliera”.

Todo fue concordia en aquellos días y las antiguas rivalidades entre mapuches y tehuelches se transformaron en una fraternal compañía mutua. “Hicimos una parada de ochos días en Esgel-kaik, divirtiéndonos en correr carreras y en visitar a los araucanos; y pasamos, en fin una temporada muy agradable”, concedió Musters. Luego, las caravanas de ambos pueblos siguieron su marcha en dirección a Las Manzanas.

Adrián Moyano