Columnistas
25/05/2019

EMOCIONES ENCONTRADAS: Una tarde en el bar

EMOCIONES ENCONTRADAS: Una tarde en el bar

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Los bares están casi en extinción, ese lugar donde los parroquianos pasan horas, no necesariamente para beber, también para estar con gente conocida, jugar un truco, a los dados o simplemente charlar un rato de bueyes perdidos o chusmear cosas de lo cotidiano. Hay diferentes momentos y clientes según la hora: la ginebra o grapa de la mañana, el vermut del mediodía y las tardes, que entre picadas y otras bebidas, se hunde en la noche. Lógicamente, donde hay tantos hombres reunidos hay lugar para anécdotas de las más disparatadas, de algunos clientes “de entrada fácil y difícil salida”.

Por la zona de Epuyén, en el bar 25 de Mayo, una tarde estaban todos los parroquianos reunidos. Por allá, junto a la ventana, un par de gauchos apuraban una cerveza en una truqueada que venía hacha y tiza, cada uno con los porotos obtenidos con sabiduría y picardía junto al vaso. Don Arizmendi, dueño del local, repasaba el mostrador con una rejilla humedecida en lavandina mientras el Polilla saboreaba un Cinzano, con fernet y soda. Un poco más allá, en la mesa junto a la salamandra, Riquelme hojeaba un diario. Eleazar estaba parado junto a la ventana, con un hombro apoyado en la pared. Miró hacia afuera y comentó:

- Ahí viene Lopecito che -dijo, alzando la voz para que escuchen todos.

- Agarráte -sentenció Riquelme, sin apartar la vista del diario -a alguno le va a manguear un trago.

- Para variar debe andar más seco que lengua ´e gato -graficó Eleazar.

- Qué excusa traerá hoy –-conjeturó Arizmendi.

Lopecito no era muy apegado al trabajo, más bien changueaba para pasar el día. Vivía solo, en una casita en las afueras del pueblo, cerca de la ruta. Arizmendi cada tanto le daba alguna changa, como para pagar lo que debía: lo hacía picar leña, barrer la vereda de piedra laja o ayudar en la cocina.

- Se ve que viene fresco -prosiguió Eleazar- cruzó la calle al trote.

- La semana pasada estuvo un rato para embocar la puerta -sonrió Riquelme- venía acomodadito ´e lo de Barcala. Pero se ve que hoy lo largaron a pico seco.

- Agarráte Arizmendi -comentó el Polilla, mientras se llevaba un pedazo de mortadela a la boca.

Se abrió la puerta, haciendo sonar las campanitas que avisaban el ingreso de alguien. Todos fingieron estar en lo suyo. Lopecito se acercó a la mesa donde estaba Riquelme mirando el diario.

- ¿Murió algún conocido che? -le preguntó, seguro de que había mirado la sección de necrológicas.

- Por ahora nadie -comentó Riquelme, esperando que ese “por ahora” fuera interpretado por el recién llegado.

Lopecito se acercó al mostrador. Arizmendi estaba de espaldas a él, repasando unas botellas de la estantería. Se volvió:

- ¡Qué haces Lopecito! -lo saludó.

- Lindo don -respondió el hombre, tendiendo la mano al mismo tiempo al Polilla que estaba junto a él.

Todo quedó en silencio, solo se escuchaba la radio encendida en la cocina contigua. Desde el patio se oyó el ladrido de un perro.

- Ha de tener sed ese perro -comentó Lopecito, como al pasar.

- ¿Decís vos? -se intrigó Arizmendi.

- Pero, no hace falta ser muy ducho para reconocer el ladrido de un perro -dijo Lopecito, alzando la voz como para advertir a la concurrencia.

- ¿Y tanto sabe usté? -le preguntó desde la esquina Almada, llegado hacia un rato.

- No solo lo sé, también los imito -redobló la apuesta.

Se hizo un silencio que pesó en la tarde del bar 25 de Mayo. Lopecito carraspeó un poco y soltó un ladrido. Efectivamente, era muy parecido al del perro.

- No es lo mismo si ladra por un rudo a si llega alguien -continuó, captando la atención de toda la concurrencia.

- ¿Y si está alzao? -quiso saber Almada.

- Aulla -respondió Lopecito, imitando el aullido del perro.

- ¿Y cómo ladraría acá adentro si llega alguien? -desafió Riquelme.

- Vaya afuera y lleguesé, yo le muestro -propuso Lopecito.

Aquello ya se había transformado en un desafío pero también en un juego para todos los que estaban en el local.

- Andá Riquelme -dijo Arizmendi.

- Ateló amigo, no vaya a ser que me muerda cuando entre -dijo el hombre, con seriedad, dirigiéndose hacia la puerta.

La ginebra había hecho su trabajo y le había quitado cualquier inhibición.

El Polilla descolgó un lazo que adornaba una de las paredes. Se lo agarró a la cintura al imitador.

Vaya nomá -alzó la voz dirigiéndose a Riquelme-, yo lo sujeto -dijo mientras lo tironeaba hacia atrás.

- Me va a tener que servir algo don -dijo Lopecito, mirando al dueño de casa.

- Te veía venir -contestó Arizmendi- más vale que parezcas un perro porque si no te voy a tener lavando vasos hasta mañana -concluyó, zamarreando la cabeza y acercándole un vaso.

Riquelme se asomó a la puerta del lado de afuera y Lopecito comenzó a ladrar, mientras Almada lo sostenía para que no se abalance. Realmente era muy parecido, tanto, que contagió al verdadero que estaba en el patio y al del vecino.

Después de las risas y comentarios, festejando el número artístico, Lopecito se hizo de unos tragos y pasó una nochecita más, en el bar 25 de Mayo.

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