Columnistas
10/11/2018

EMOCIONES ENCONTRADAS: El viejo ciprés

EMOCIONES ENCONTRADAS: El viejo ciprés

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Entrar en el taller de Raúl Pérez es ingresar a un lugar detenido en el tiempo. El cálido cascaroncito de madera que es ese sitio a uno lo transporta a otro plano; pedazos de madera que luego sonarán en forma de instrumentos, todos prolijamente inventariados en el alma y la memoria de ese barilochense que se aferró al oficio de lutier de pequeño y cuya fama trasciende las fronteras de nuestro país.

A su taller, llegan desde distintas partes del mundo músicos con sus valiosos instrumentos (muchos de ellos, valuados en millones) como una madre que lleva en sus brazos a un niño enfermo, a las manos sanadoras de un sabio. Alguna vez, me mostró un pedazo de tronco de una añeja madera que descansaba en el patio y me contó que allí tallaría el Cristo para la parroquia Inmaculada. Yo sólo vi un tronco; él parecía estar mirando la obra terminada, que estaba oculta en la madera.

En el interior del taller, al que uno entra medio agachado y con el sumo cuidado de no tocar los instrumentos que cuelgan silenciosos, algunos a medio hacer, esperando las manos de su creador, que los hará sonar con un sello particular: laúdes, violas, violines, guitarras, etc., moldeados con paciencia y sabiduría.

Transcurría la charla entre mates y se sumó a la rueda Emi, uno de sus nietos, al que seguramente se le ha ido pegando en el cuerpo el aroma y el amor por la madera y el noble oficio de su abuelo. Conversábamos sobre el buen maestro, el verdadero lutier, aquel que se deja ver en el más mínimo detalle, que debe saber afilar sus herramientas. “Me he pasado una tarde afilando un formón”, aseguró Raúl. Se oyó la voz de alguien que ingresaba al taller: era Samuel Havrylenko, amigo de la infancia, guitarrista y conocedor del mundo de la madera de la zona. En la cara de ambos, se notó la alegría de dos personas que se conocen hace mucho y que disfrutan la compañía del otro.

Se armó la ronda de charla y el mate circuló, invitando al recuerdo de aquel Bariloche antiguo del que esos dos hombres fueron testigos y que parecen ser una especie de biógrafos, desgranando contadas de cuanto personaje haya vivido en la vieja aldea hasta ese presente, en el taller de don Pérez, escondido entre el bosque en la falda del cerro Otto.

- Che, ahora que te veo, ¿vos qué sabes del ciprés histórico? –, me comentó Samuel, mientras recibía el mate de manos de Raúl.
- Sé lo que he leído por ahí o me han contado –, contesté yo, ya que nací cuando ya aquel viejo árbol se había apeado.
- Fue bastante discutida la cosa, ¿no? –, quise saber.
- ¡Sí! La mayoría no quería que lo volteen. Si la calle podía ir un poco más allá, no había necesidad –, aporta Raúl, haciendo mención al hecho de que para pasar con la traza de la calle Moreno, debían apear aquel ciprés histórico donde descansó el Perito Moreno, cuando llegó a Nahuel Huapi y al que, en sus escritos, describe como “El venerable del lago”.
- Era el monumento del pueblo, dicen algunos – aporté –. Comentan que ahí se hacían actos escolares.
- ¿Fue en el 56, ¿no? –, dudó Raúl, mirando a su amigo.
- Una noche, eran como la cuatro de la mañana, llegó Camilo a mi casa –, recuerda Samuel.
- Seguro andaría en el Willy –, aporta Raúl, haciendo mención a alguno de los Jeep que perteneciera a Parques Nacionales.
- Claro – continúa Samuel – estaba de guardia en la garita, allá en Movilidad –, refiriéndose al edificio que está en la costanera.
- En esa época, la gente iba ahí por cualquier problema – recuerda sonriendo Raúl – Policía, Bomberos… Camilo los atendía y los derivaba.
- Golpeó las manos –, dice Samuel mirándome. – ¡El timbre de antes! –, ironizó soltando una carcajada festejada por todos.

Raúl trajo, desde algún lugar del taller, una guitarra usada, sin cuerdas. “Mirá, dicen que no tiene sonoridad el ciprés” y hace sonar su voz en la boca de la guitarra para que vibre la madera. Samuel continuó:

- Camilo vino a ver a mi viejo, que era uno de los que no querían que bajen el árbol. Parece que el intendente aprovechó la noche, cuando todos estaban distraídos –, se lamentó Samuel, abriendo los brazos. – Cuando llegaron allá, casi estaba aclarando, le estaban por dar el último “topetazo”, con esa máquina amarilla grandota que habían traído hacía poco, ¿te acordás? –, dijo mirando a su amigo.

Quedamos todos un instante en silencio, tal vez, como un responso hacia aquel árbol que, como tantas otras cosas que pertenecieron al patrimonio cultural del pueblo, han desaparecido, sin el más mínimo cuidado ni animo de preservación.

- Pero la cosa no termina ahí –, retoma el relato Samuel, con su mirada iluminada por el recuerdo. – Mi viejo se quedó con la “sangre en el ojo”, se fue a la isla, buscó un ciprés y lo tuvo un año en mi casa, hasta que alcanzó un metro, fue y lo plantó –, dijo con un gesto decidido, golpeando la mano en su pierna. – Todavía está ahí el árbol, al lado de donde estuvo el otro.

La tarde se fue yendo entre otras anécdotas, mates y algunas galletas que gentilmente acercó Ana, la esposa de Raúl quien, con algo de chochera, comentó que las había elaborada su nieta.

Pasados unos días, me acerqué a la esquina de Moreno y Beschtedt. Al costado de la escalera que desciende desde el colegio Don Bosco y la escuela 16, está la placa que recuerda el sitio donde estuvo el árbol. Observé todo alrededor y traté de imaginar aquello sin calles, casas ni edificios. Allí seguramente comenzaba el bosque, hacia el oeste. Aquel hombre llegado a Nahuel Huapi en el siglo XIX, seguramente eligió ese lugar, entre otras cosas, porque había agua; aún hoy se observa que todo aquello ha sido un humedal importante. Habrá aprovechado el respaldo que le ofrecía la loma por detrás y descansó de frente al lago, con el imponente marco de las montañas rodeándolo.

En el lugar, un poco más arriba, se observa el ciprés que plantara don Demetrio Havrylenko, a modo de resarcimiento por aquel atropello de haber dado por tierra con lo que parte de la comunidad de entonces consideraba “su” monumento, al que el progreso, como a tantas otras cosas, se llevó por delante.

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