Una escritora chilena dialogará con una autora de Bariloche en un encuentro imperdible
El sábado, en Bariloche, se producirá una de esas ocasiones que aquellos que disfrutan de la literatura no deberían perderse. Es cierto, los libros son para leerse y algunas personas resultan reacias a que se hable de ellos, pero cuando autores interesantes se ponen a charlar suelen producirse instantes donde consiguen transmitir la magia que anida en las obras que escriben, para, de ese modo, también transformar en mágicas las citas que se producen ante un público hambriento de arte. La factibilidad de que eso ocurra el 17 de octubre, a las 15, en la librería ubicada en el kilómetro 13.920 de la avenida Bustillo, es altísima, ya que allí convergirán la escritora local Lorena Bermejo y la chilena Nina Avellaneda, junto a la poeta Lola Halfon como guía de un diálogo donde se abordarán cuestiones vinculadas a los procesos de escritura, además de que tanto Bermejo como Avellaneda leerán fragmentos de sus obras. La barilochense, de su novela En la piel de Ioshua; la chilena, en tanto, se remitirá a La extravía, la primera de sus creaciones (lleva tres libros publicados), que data de 2015 pero ha tenido una edición reciente en la Argentina a través de la editorial Ultramar, que, justamente, también ha publicado el libro de Lorena.
Nina Avellaneda, que reside en Valdivia, aguarda con ansias la presentación en Bariloche, ciudad en la que nunca estuvo. “Me encantaría conocer algo del circuito literario”, comenta.
La cita será una buena oportunidad para conocer a Nina.
Antes de su visita, la autora chilena se presta a una conversación que tiene como objetivo conocerla un poco más...
—La extravía es un libro que publicaste en Chile en 2015 y que se ha editado recientemente en la Argentina. ¿Cómo se concretó esa edición?
—Fue una serie de casualidades, la verdad, que fuimos atendiendo. A Martín Vallejos, editor de Contramar, le recomendó mi libro un librero argentino y cuando fue a Chile preguntó por él en Valdivia. Resulta que el libro ya no estaba porque había tenido un tiraje pequeño, pero justo yo venía entrando a la librería y el librero chileno le dijo: “No tenemos el libro, pero aquí viene llegando la autora”. Luego de eso vinieron varias conversaciones y creo que el libro dialoga bien con el catálogo de Contramar. Me sorprendía, por ejemplo, con las similitudes que había entre La extravía y el libro de Lorena, En la piel de Ioshua, que, a pesar de tener tonos y procedimientos formales distintos, comparten una sensibilidad vital bien parecida, de personajes extraviados, frágiles y que no parecen repuntar.
—Precisamente, en referencia al argumento, y teniendo en cuenta también el estilo, ¿cómo describirías La extravía?
—Siempre es difícil esa pregunta, uno nunca da el ancho con la respuesta, pero tal vez podría decir que es un libro sobre la sensación de extravío, de alguien que hace del extravío un modo de vida, no por elección, sino porque no sabe hacerlo de otra manera. La protagonista es Ana Jiménez, y nos vamos enterando de su vida a través de diversos fragmentos que saltan de la infancia a la adultez, y de la madurez a la juventud. Hay mucho de amor y de desamor, de sueños y deseo, todo medio pasado por el tamiz de la poesía.
—¿Qué ha significado para vos esta obra, que ya cuenta con más de una década de vida?
—Fue mi primer libro, aunque antes había publicado una plaquette autoeditada con compañeros de la universidad, pero con La extravía recibí por primera vez atención crítica, circuló en librerías. Le tengo cariño por eso y porque es un libro que condensa, de alguna forma, el filtro con el que yo veía la realidad y vivía a los veinte años. Una forma de experimentar la realidad atravesada por el dolor, la precariedad material, el desajuste psíquico con el mundo. Ahora que lo reedité lo revisé bastante y añadí un cuento nuevo, pero intenté mantener ese espíritu inicial.
Nina, durante una lectura.
—Trabajás en una biblioteca escolar, ¿cómo definirías esa experiencia?
—Es un trabajo muy grato. Trabajo con niños y niñas, principalmente, por lo que estoy en permanente contacto con la alegría sin motivo de la infancia, con la espontaneidad, el presente eterno, y hace muy bien. Por otro lado, es un desafío, hay que ganarle terreno a cuestiones que están muy instaladas, y pasa que hasta cierta edad acercarse a la biblioteca es natural y divertido, pero pasados los once años se va haciendo cada vez más difícil sostener el interés de los adolescentes. Aun así, es un trabajo que me gusta mucho. Me gusta relacionarme con ellos en ese espacio intermedio; no es el aula, ni la calle, es la biblioteca, ese espacio que intento sea un lugar de exploración, de no comprender, de descubrimiento, de tranquilidad también, sobre todo en tiempos de mucha fragilidad en términos de salud mental. Me gusta recibirles y que sientan que allí no hay juicios, que es un espacio seguro, de cuidado.
—Vivís en Valdivia, ¿cómo es transitar la vida como escritora en ese lugar?
—Un poco como en todos lados. Intento mantener cierta distancia siempre, incluirme afuera como dice la escritora María Sonia Cristoff. Como es provincia, hay una tendencia a ser ubicado allí, como autor/a de provincia, pero la verdad es que no me gusta ubicarme en ninguna parte. Como escritora, digo; como ciudadana, es otra cosa, ahí soy más amable, pero como escritora me ubico más en el tono de la sospecha.
La escritora chilena se presentará por primera vez en Bariloche.
—¿Qué significado toma la literatura en este momento de tu vida?
—Tengo treinta y siete años, y la literatura es mi casa. Y no digo sólo la escritura, porque también lo es la lectura. Hay un modo de ver y de pensar en la literatura que me acomoda mucho. Siento que hay más verdad, más sentido en esa perspectiva abierta, de constante duda, de imaginación también.