2026-09-27

Claves para detectar y abordar el acoso escolar: “El bullying no es cosa de chicos”

Entre el 60 % y el 70 % de la población en Argentina ha estado involucrada en situaciones de bullying, ya sea como víctima, como hostigador, en ambos roles o como espectador.

El acoso escolar y el ciberbullying constituyen una problemática compleja y de marcada actualidad que afecta de manera integral al ámbito escolar y familiar. 

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Comprender su dinámica, identificar las señales de alerta y saber cómo intervenir desde el hogar y la escuela resulta fundamental para prevenir consecuencias graves en la salud mental de niños, niñas y adolescentes.

La psicopedagoga y profesora de Piscología del Desarrollo de la Adolescencia en de UNCO, Belén Bosch en diálogo con El Cordillerano, remarcó la importancia de definir correctamente la problemática y no confundirla con otros episodios de violencia dentro de las instituciones. “Hoy es común escuchar la palabra bullying y en muchas ocasiones no se sabe exactamente de qué trata o se confunde con otras situaciones o formas de violencia. El bullying se podría definir como una relación de abuso entre pares sostenida a lo largo del tiempo” explicó.

Para que quede encuadrado bajo esta definición, debe ser ejercido exclusivamente entre estudiantes  “si es de docentes hacia estudiantes o de estudiantes hacia docentes es otro tipo de violencia” aclaró.

No constituye acoso una agresión aislada sino esa vivencia gráfica que expresan los mismos chicos cuando sienten que alguien los «agarró de punto». Asimismo, se sostiene en una dinámica grupal donde participan hostigadores, víctimas y un grupo que funciona como espectador. Aunque la agresión física es la más evidente, la especialista aclara que “también puede ser verbal, simbólica, social. Son menos fácilmente detectables, pero generan el mismo nivel de trauma y de afectación”.

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Detectar a tiempo estas situaciones exige una mirada atenta por parte de las familias, ya que quien padece el acoso suele atravesar profundos sentimientos de culpa, vergüenza o aislamiento. “Quien sufre bullying habla como puede y cuando puede. Muchas veces quienes lo viven no lo hablan tanto porque la víctima se siente culpable, responsable o avergonzada. Piensan que ellos son el problema o que no se saben ajustar” señaló.

Cambios de comportamiento

La profesional detalló que entre los principales cambios de comportamiento que operan como señales de alerta en el hogar se encuentran los giros bruscos en el humor, pasar de la tranquilidad a la agresividad o al retraimiento, el aumento de la ansiedad, el rechazo a salir a los recreos o la pérdida de interés por interactuar con sus pares. También suelen manifestarse quejas somáticas como dolores frecuentes de panza o cabeza, la aparición del «síndrome del domingo a la tarde» para evitar ir al colegio al día siguiente, la presencia recurrente de marcas o lesiones físicas sin justificación verosímil, y variaciones drásticas en las notas escolares, ya sea por un bajón en el rendimiento o por un incremento abrupto buscando la protección de los docentes en el aula.

Esta problemática atraviesa negativamente a todos los actores involucrados, incluidos los espectadores, quienes “en muchos momentos también se sienten mal, culpables, vulnerados o temen decir algo por ser objeto de burlas”. Por otro lado, al abordar la figura de quien ejerce el maltrato,

Bosch enfatizó la necesidad de no encasillarlo únicamente desde una sanción punitiva o estigmatizante “Quien hace bullying también es una persona que está sufriendo y que está mostrando de alguna manera ese sufrimiento a través de esa acción. Seguir culpabilizando y estigmatizando no va a hacer que eso se modifique: o va a frenar un tiempo y volver a aparecer, o va a ir dirigido a otra persona”. Por ello, el abordaje requiere indagar qué hay de fondo en esa conducta para trabajar en su transformación “no se trata de justificar sino de entender, también ayudar a aceptar la responsabilidad por sus actos, para modificarlos” sostuvo.

Frente a la confirmación o sospecha de un caso de acoso escolar, la reacción del entorno familiar debe centrarse en lo emocional. “La primera sugerencia es escuchar. Escuchar sin opinar, sin juzgar, sin interrumpir, sin sermonear y sin dar indicaciones de 'lo que tenés que hacer'. Eso puede generar mayor estrés, culpa o presión. Hay que validar la emoción sin dramatizar, pero tampoco minimizar ni dejar pasar pensando que 'son cosas de chicos'. Nunca son cosas de chicos” afirmó.

Asimismo, desaconseja rotundamente que las familias intenten resolver el asunto contactando directamente a los padres del alumno agresor o incitando a responder con violencia: “No es recomendable ir a hablar directamente con la familia del hostigador porque se puede generar un acto de violencia, o escalar y empeorar la situación. Tampoco sirve depositar en el propio hijo la responsabilidad de defenderse diciendo 'andá y pegale vos también'”.

 

Por dónde comenzar

El canal institucional adecuado debe ser siempre la propia escuela. “Lo más recomendable es plantear la situación en la escuela y evaluar junto con la institución cuáles son las maneras o formas para llevarlo adelante. Ir a un aula y decir 'acá nadie más molesta a fulano' es una forma de revictimizar a la víctima. El enfoque tiene que ser integral con la familia, con la víctima, con quienes ejercen el maltrato, con los espectadores y los docentes”.

Para entablar el diálogo en casa, resulta clave evitar los interrogatorios directos y buscar momentos compartidos —como cocinar, hacer jardinería o viajar en auto— o valerse de temas de la cultura popular como disparadores generales. "A veces desde contextos más tangenciales vamos a lograr que nos hablen. Y cuando nos hablan: no interrumpimos, ni los miramos de frente si eso les genera vergüenza. Seguimos cocinando o manejando y los escuchamos mientras se expresan desde el asiento de atrás”.

Finalmente, la especialista remarcó la importancia de recurrir a acompañamiento profesional para sanar las secuelas emocionales de la víctima como también del o los agresores y buscar redes de contención en otros ámbitos sociales.

En el plano legal e institucional, recordó que el país cuenta con herramientas como la Ley Nacional de Acoso Escolar (Ley N° 26.892), la labor de organizaciones como ABA Argentina y líneas públicas gratuitas de orientación.

El acoso escolar incrementa significativamente los riesgos en la salud mental de las infancias, estando vinculado al aumento de cuadros de ansiedad, conductas autolesivas e ideas suicidas a edades cada vez más tempranas. Por ello la profesional comentó que “Cuando no sabemos qué hacer, lo mejor como familia es eso: respirar muy hondo, escuchar, contener y buscar asesoramiento profesional e institucional”.    

 

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