Jorgelina Mazzucco, la docente de Bariloche reconocida a nivel nacional por iniciativas inspiradoras
María Jorgelina Mazzucco lleva casi tres décadas dedicadas a la docencia en Bariloche. Durante 28 años fue parte de la comunidad educativa de la Escuela de Villa Los Coihues, donde impulsó y acompañó proyectos que buscaron ampliar los límites tradicionales del aula: educación ambiental, actividades de montaña, esquí escolar, música, ciencia, deporte y múltiples experiencias construidas junto a estudiantes, familias y vecinos.
Ahora, esa trayectoria trascendió las fronteras de Río Negro. Mazzucco fue seleccionada entre 200 postulantes de todo el país para protagonizar una campaña nacional impulsada por la Fundación Varkey, que se enfoca en mejorar los estándares de educación para niños desfavorecidos, junto al medio MDZ, que distingue a cinco docentes por sus trayectorias y experiencias educativas.
Pero para ella, el reconocimiento no es individual. “Una directora o una maestra sola no puede sostener un proyecto, construir un proyecto. Ese reconocimiento es especialmente por mi trayectoria en la escuela de Los Coihues, porque yo hace un año que estoy en otra escuela y todavía estoy arrancando. Es un trabajo de mucha gente”, remarcó durante una entrevista.
Una escuela que salía de las aulas
Mazzucco entiende que aquello que fue distinguido está relacionado con una manera particular de concebir la educación, una escuela abierta a la comunidad y conectada con el ambiente que la rodea.
“Lo que yo creo que distinguieron es un proyecto de educación ambiental integral con un fuerte lazo comunitario y la posibilidad de que los y las estudiantes vivan experiencias que los marquen y puedan después usar esas experiencias para la vida”, explicó.
En Los Coihues, esa concepción fue creciendo con los años. La escuela comenzó a ser también un punto de encuentro con la naturaleza, el arte, la música, el deporte y la comunidad.
Los estudiantes podían subir a refugios de montaña, participar del esquí escolar, practicar kayak, integrar una orquesta, participar de talleres de rock, ciencia o química, andar en bicicleta, correr y formar parte de actividades que muchas veces les permitieron descubrir mundos que hasta entonces les eran desconocidos.
“Veíamos a los estudiantes que pasaron por ahí años después, ya mujeres y hombres grandes, que recuerdan la subida a los refugios, el esquí escolar, haber pasado por una orquesta escolar, los talleres de rock, los talleres de ciencia”, recordó.
Y esas experiencias, con el paso del tiempo, comenzaron a mostrar sus frutos.
Mazzucco contó que algunos de aquellos estudiantes hoy estudian música o viven de ella; otros se convirtieron en guías de montaña o instructores de esquí. Actividades que conocieron gracias a la escuela terminaron formando parte de sus vidas. “Si no hubiese sido por la escuela, no hubiesen conocido nunca esos instrumentos”, señaló.
“Todo era una oportunidad”
La docente recuerda también experiencias más sencillas, pero que terminaron formando parte de la identidad de la institución: recolectar frutas para elaborar dulces, preparar té con menta, talleres, carreras, juegos y encuentros comunitarios.
Una carrera organizada por la escuela, por ejemplo, nació a partir de una situación que preocupaba especialmente en aquel momento. La propuesta fue ofrecer a los chicos y chicas un espacio de deporte, adrenalina y encuentro. Con el tiempo, aquella iniciativa creció y terminó convocando no solamente a la comunidad educativa, sino también a vecinos de distintos puntos de Bariloche.
“Después mucha gente de afuera venía. Las mismas personas del barrio, de Bariloche, iban no solo a hacer una carrera, iban a una kermés con juegos gratis para sus hijos, iban a comerse un buen guiso de lentejas”, relató.
Para Mazzucco, ese crecimiento resume buena parte de la experiencia. Se trata de proyectos que comenzaron pequeños y fueron creciendo a partir de la participación colectiva. “Yo pienso que todo lo que empezó siendo chiquitito iba creciendo. Siempre en comunidad”, sintetizó.
La escuela como espacio de transformación
La docente también recordó situaciones vinculadas a la infraestructura y a las necesidades de la institución. En una oportunidad, ante una propuesta para instalar un jardín en uno de los sectores del patio, la comunidad educativa defendió ese espacio y buscó alternativas.
Aun con los problemas y proyectos que no llegaron a concretarse, Mazzucco rescata el balance de casi tres décadas. “Por supuesto hubo millones de problemas, cosas en el camino que no salieron bien, pero está bueno que hubo más de lo otro”, afirmó.
Un reconocimiento especial
El impacto de la distinción adquiere, para la docente, una dimensión especial por el contexto actual. “Es hermoso un reconocimiento que en este tiempo de tanta descalificación, o de pensar que un maestro se reemplaza por la tecnología, reconozcan la labor docente. La mía o la de cualquier docente. Está buenísimo y es como un mimo al alma”, expresó.
Además de Jorgelina, la iniciativa de la fundación eligió a María Laura Riveros de Mendoza, Enzo Meneguini Bernal de Chaco, Marisel Argañaraz de Santiago del Estero y Sandra Pagliaricci de Buenos Aires.
La campaña nacional llevó su rostro a pantallas ubicadas en distintos puntos del país, entre ellas las del Obelisco. La situación le provoca cierta incomodidad y hasta vergüenza. “Primero digo: ‘Ojalá no se entere nadie’. Bueno, fue imposible eso, porque está en todos lados ahora”, contó entre risas.
Pero también reconoce la emoción detrás de esas imágenes. Porque, según su propia mirada, detrás del rostro de una docente hay mucho más que una persona. Hay familias, estudiantes, compañeros de trabajo y comunidades enteras. “Tendría que estar la escuela nombrada también”, sostuvo.
Un nuevo desafío
Hace un año Mazzucco comenzó una nueva etapa en otra escuela, en Ñirihuau. El cambio supone también un desafío. Ahora hay que llevar una determinada concepción de la educación a una comunidad con otra historia y otras dinámicas.
“Estoy empezando en ese lugar, que también me da un desafío enorme”, afirmó.
Después de casi 30 años frente a distintos proyectos educativos, el reconocimiento nacional parece funcionar, para Mazzucco, menos como un punto de llegada que como una confirmación que la escuela puede ser mucho más que un lugar donde se transmiten contenidos.