“El tiempo es como una anestesia del dolor”: el recuerdo del padre de Paolo Machello, 24 años después de la tragedia del cerro Ventana
Walter Machello vive a unos 1.500 kilómetros de Bariloche, pero una parte importante de su corazón está en esta ciudad. Cada vez que regresa, vuelve también a una historia que comenzó hace 24 años y que cambió para siempre la vida de su familia.
Después del acto realizado en la sede de la Universidad Nacional del Comahue, donde una vez más se recordó a las víctimas de la avalancha del cerro Ventana, Walter habló con El Cordillerano sobre lo que significa regresar cada año al lugar donde quedó una parte de su historia.
“Fueron muchos años, 24 años, donde pasaron muchísimas cosas”, contó. En ese recorrido aparecen recuerdos de Paolo desde mucho antes de la tragedia. Cuando lo acompañaba a Bariloche y lo veía correr mientras los profesores realizaban las evaluaciones correspondientes.
Después llegó el accidente. Y también, según recordó, momentos difíciles con la propia universidad. “En un momento hubo un destrato de parte de las autoridades”, señaló. Pero con el paso del tiempo también aparecieron otros vínculos que ayudaron a transitar el dolor.
Entre ellos destacó especialmente el acercamiento generado por el decano del CRUB Víctor Báez con la Escuela 329, institución que, según recordó, había acompañado a la familia en momentos muy difíciles. “Nos fue haciendo la vida un poco más fácil”, comentó.
Ese acompañamiento se transformó con los años en un vínculo que excede el recuerdo de la tragedia. Para Walter, regresar a Bariloche significa encontrarse con personas, instituciones y jóvenes que mantienen presente a Paolo y a sus compañeros. “Esto de los chicos me llena”, admitió.
“El tiempo pasa a ser una anestesia del dolor”
Cuando se le pregunta cómo trabaja el tiempo sobre una pérdida de semejante magnitud, Walter encuentra una definición sencilla y contundente: “El tiempo pasa a ser una anestesia del dolor”.
No significa que el dolor desaparezca. Hay momentos en los que vuelve con fuerza, incluso después de muchos años. Admitió que “hay días que resurge de nuevo y te preguntás: ¿y ahora qué?”. La ausencia aparece después de cada etapa cumplida, de cada cosa que se hace y de cada nuevo momento de la vida.
Walter también aprendió a mirar su propia experiencia desde una perspectiva más amplia. “Uno tiene que pensar que no es el ombligo del mundo”, sostuvo y puso como ejemplo situaciones de tragedia que atraviesan a otras familias en distintas partes del mundo y que también deben enfrentar la pérdida y la incertidumbre. “Tenés que tratar de ponerle pila a lo que queda”, resumió.
En su propia historia familiar hubo además otro golpe devastador. Cuatro años después de la tragedia del cerro Ventana, su hijo mayor murió en un accidente en una ruta.
“Hubo momentos muy duros”, reconoció. Pero aun así, insiste en la necesidad de seguir adelante y valorar los vínculos que permanecen.
Paolo, “un dulce”
Walter también aceptó hablar de Paolo, para que quienes no lo conocieron puedan acercarse, aunque sea a través de sus palabras, a la persona que fue. “Era un dulce el tipo”, dijo con una sonrisa de emoción.
Recordó además la particular relación que tenían los jóvenes que formaban aquel grupo., "tenían una mística”.
Una de las imágenes que conserva con especial nitidez ocurrió después del accidente. Walter recordó que en un momento estaba sentado y, sin darse cuenta, había alrededor suyo unos diez jóvenes.
También conserva una campera que Paolo llevaba el día de la tragedia. “Él tenía… era un dulce el tipo. No tenía dramas, tenía un montón de amigos en todos lados”, contó.
Esa red de afectos, lejos de desaparecer con los años, terminó incorporando a Walter. “Hoy me junto con todos sus amigos allá. Yo soy el heredero", expresó.
Los encuentros, los asados, los casamientos y las reuniones familiares de aquellos amigos forman parte ahora de su vida. “Se juntan y se casa uno, y son esas cosas”, contó.
Para Walter, eso también habla de lo que Paolo dejó en los demás. “Algo que había sembrado también”, reflexionó.
Y recuerda especialmente las palabras de quienes lo conocieron. Mencionó a Lalo Gallina, uno de los amigos de Paolo, quien alguna vez le dijo: “Una persona imposible de olvidar”.
Volver, una vez más
Cada año, Walter vuelve a Bariloche. Y cada año encuentra algo que lo sorprende y lo emociona. “Pienso que nada me va a sorprender más y al otro año es así”, reconoció.
El acto, el contacto con la universidad, la relación con la Escuela 329 y, sobre todo, el encuentro con quienes conocieron a Paolo y a sus compañeros hacen que el regreso tenga un significado que va más allá del homenaje. “Nos emociona cada año”, destacó.
Este año, además, Walter volvió a subir al cerro. El año anterior habían sido 24 las personas que participaron de la subida.
Y ya piensa en regresar. “Ahora a seguir y el año que viene a volver a estar”, dijo.
Porque 24 años después, volver a Bariloche significa mucho para Walter. Las emociones son descomunales. Lleva puesta la campera amarilla de Paolo. Cuando hacemos la entrevista en uno de los pasillos de la UNCo, mira fijo hacia afuera, e indica con precisión, "ahí yo lo veía correr".